Las trágicas pasiones de Cándida Moreno

Capítulo 1

Las trágicas pasiones de Cándida Moreno narra una historia de amor entre dos jóvenes que deben enfrentar la incomprensión e intolerancia de sus padres por pertenecer a mundos diferentes. A partir de una realidad fabulada, el autor nos adentra en un mundo sórdido, donde los personajes, con autonomía, expresan sus propios desafíos. Novela irónica, de tintes casi policíacos con un final sorpresivo.

CAPITULO 1

Ruedan los carros de manera esporádica por la avenida asfaltada; unos muchachos gritan y se escuchan los pasos apresurados de alguien, el estallido de vidrios al romperse y una risa colectiva.

Dentro de la pequeña sala iluminada por una lámpara de luz fría que cuelga del techo -las telarañas envuelven los tubos opacando aún más el ambiente; una de las cabezas de un tubo ha alcanzado una coloración negruzca-dos hombres conversan bebiendo de vez en cuando de unos vasos cuarteados.

-No me repitas esa estupidez -exige el más alto. Su ropa es de estreno reciente aunque los zapatos muestran evidencias de haber caminado mucho.

-¿Que este país es una mierda? -se pone de pie su interlocutor. Las chancletas de plástico rotas en algunos de sus bordes y el short deslavado le dan un aspecto de perdedor.

-¡Si me lo repites, me voy!

-Estoy cansando... -hay rabia en el de las chancletas-; cansado de hacer colas a toda hora para lo que sea. Desde comprar una caja de cigarros hasta comerme una hamburguesa.

De pronto, hacen silencio. En la esquina cercana se escucha el bullicio de una discusión. Las voces de varios jóvenes ofenden a un anciano que grita:

¡Partida de vagos, no sigan robando mis mangos! ¡Váyanse antes que llame a la policía! Se oyen las risas de los jóvenes y una palabra obscena que salta por encima de todas las voces.

-¡Si continúas protestando por tus mangos, te rompemos los vidrios de las otras ventanas! -lo amenazan.

-¡Atrévete! -advierte la voz del anciano. Una voz tambaleante, insegura. Los dos hombres que están en la sala paralizan la discusión.

-¿Qué tú crees si salimos?

-¡No vayan a meterse! -viene desde el fondo una mujer con la bata raída. Un niño pequeño la sigue con llanto lastimero-. Se trata del viejo loco de la esquina, que les niega los mangos a los muchachos.

Desentendiéndose del asunto, el del short envejecido por el uso llena de nuevo su vaso.

-Me siento mal -confiesa. La cara de pesadumbre no le impide alzar de nuevo el vaso y asegurar con mueca de asco-: ¡Oiga, este ron es especial!

Se entretienen unos instantes en comentarios sobre lo difícil que le ha resultado al de la camisa a cuadros hallar el ron; debió recorrer varias casas, indagar, ir aquí y volver hacia allá, rechazar una oferta por el precio excesivo, hasta que al fin encontró una botella que si bien no podía asegurarse que fuese barata, al menos demostraron guardarle algunas consideraciones como antiguo conocido.

-Desde luego, es caro -puntualizó el hombre elegante finalizando el tema y propuso-: Continuemos con lo del guión para el programa radial del próximo domingo.

Leyeron de manera mecánica unas cuartillas; el más bajo de los dos de vez en cuando cometía errores de dicción y el otro, que seguía la lectura con la mirada, corregía sin mucho interés la falta. El primero se detuvo de pronto y comentó:

-Me preocupa la situación de Pedrín.

El vestido con el pantalón de color ceniciento aprovecha la pausa para prender un fósforo y encender un cigarro. Exhala una nube de humo que el otro agita con las manos; comenta que se alegra de haber alcanzado esta época con los hijos convertidos en unos hombres que tratan de vivir a su manera sin importunarlo, excepto algunos fines de semana cuando llegan con los niños bullangueros. En esas oportunidades, a él lo llaman viejo y a la madre la acusan en broma de pretender matarlos de hambre y ríen alborozados si ellos se enojan; en tales ocasiones, esgrimía como pretexto ir a buscar algo de comer y luego de tomar bolsos y recipientes vacíos abandonaba la casa con la esperanza de comprar las mercancías sin esperar mucho tiempo.

-Lo de Pedrín es distinto -precisó el hombre del short cuando pudo interrumpir al otro. Se puso de pie para cerrar una persiana; los gritos y las risotadas de los jóvenes eran cada vez más estridentes y apenas podían conversar. Antes de sentarse de nuevo llamó en voz alta y desde el fondo la voz de su esposa le respondió sin mucho ánimo.

-Tráenos café -le ordenó a la mujer.

Lo de Pedrín era distinto según él. Toma el cigarro de su interlocutor otro entre los dedos y luego de retener el humo lo expulsa ruidosamente. Pedrín no había logrado disfrutar la vida, lo admitía; no resultaba fácil para un joven de dieciocho años adaptarse a la disciplina del Servicio Militar, rígida, plena de exigencias; no lo decía por la separación del hogar, pues desde pequeño fue muy independiente: los hijos de padres divorciados aprendían con rapidez a defenderse en cualquier medio por adverso que resultara. Devuelve el cigarro y lleva las manos al estómago, comprimiéndolo con fuerza; eructa con grosería, y acto seguido pide disculpas. Hacía unos meses los padecimientos estomacales venían robándole el sueño, cualquier comida por ligera que fuese le causaba malestar; los dolores eran frecuentes y padecía de diarreas.

Desde el fondo de la casa viene la mujer arrastrando unas chancletas fabricadas con zapatos viejos; la bata de casa raída deja asomar una piel cuarteada y poco atendida. Entrega un pequeño vaso humeante a cada uno de los hombres y ellos beben en silencio.

-Te hablaba de Pedrín -dice el hombre cuando la mujer se retira, cerciorándose sin disimulo de que ella está de nuevo dedicada a sus quehaceres.

Pedrín era un muchacho que sufría, dio a entender en un tono melodramático. Señala hacia fuera y lleva el dedo medio al oído.

-¿Oyes a esos? Tienen su misma edad; sin embargo, el mundo no les importa, todo lo contrario de la actitud que asume Pedrín.

Habló con virulencia contra los jóvenes aludidos, acusándolos de reunirse debajo del laurel para dedicarse quién sabe a qué trapacerías, fumar a escondidas de los padres y quizás hasta planificar algún atraco; a su hijo en cambio, le ordenaron subir a un camión luego de despedirlo entre discursos y música de guerra trayéndolo de regreso al cabo de unas semanas sin melena y un uniforme con el inconfundible hedor a monte.

-Allá se convertirá en un hombre de provecho -lo interrumpe el otro, pasando una mano por el pelo para corregir el peinado. Le recuerda que el tiempo apremia: deberán suprimir del guión todos los detalles señalados por el asesor como inadmisibles y entregarlo a Román bien temprano.

-Elimina esa canción -responde sin mucho interés el hombre delgado-. Parece colocada a propósito, para criticar al gobierno.

El tono no es muy convincente, pero el de la camisa a cuadros tacha con un lápiz rojo una línea.

-¿Por cuál la sustituimos? -indaga llevando el lápiz a la boca y mirando hacia un solitario cuadro colgado de la pared que representa un gallo de lidia en actitud de ataque y las alas extendidas, amenazando a un rival inexistente en la pintura.

El del short con manchas de pasta dental comenzó a abanicarse, valiéndose de los papeles que estaban leyendo. Estiró las piernas mientras enlazaba las manos detrás del cuello y obvió responder. Vuelve a mencionar a Pedrín; su madre se había convertido en poco menos que una prostituta luego de haberse divorciado de él y esto hacía sufrir a su hijo.

-De nada sirvió mi decisión de dejarles la casa que construí con tantos sacrificios y amarguras por culpa de la escasez -concluye el padre de Pedrín bajando aún más la voz y mirando hacia el fondo de la casa.

Su compañero golpea el piso suavemente y tuerce los labios, a la vez que lo mira, ladeando la cabeza. Que concluyera la historia sobre el hijo, dice algo incómodo, porque no soporta tantos rodeos; es necesario terminar el trabajo esta noche y apenas han llegado hasta la mitad.

El dueño de la casa nada responde; la boca permanece entreabierta, los ojos sin pestañear, un hilillo de saliva comienza a rodarle por la comisura de los labios. De momento, reacciona.

-No te importan mis problemas.

-Compréndeme, Pedro -dulcifica el otro la voz-. Si mañana falla de nuevo el programa, nos metemos en una guariquera con Román.

El nombre obró como un detonante para el más delgado.

-Pero es nuestro jefe -sonrió apaciguador su compañero.

Pedro menciona de nuevo sus padecimientos estomacales; desde hace más de un mes le resulta imposible comprar leche de vaca porque al precio que se la proponen no puede pagarla. Escarba con descaro dentro de la nariz y es más disimulado para concluir la acción. El está seguro que las mayores dificultades de Pedrín giran alrededor de una mujer; cuando viene de pase no quiere regresar. Ni él ni la madre son capaces de imponerse a un muchacho que como él, desde los once años anda en acampadas, competencias de ciclismo y reuniones.

-Los muchachos de hoy en día empiezan a gobernarse en cuanto les cortan el ombligo -dice resignado y se pone de pie.

Fija la vista contra el suelo; menudean por el piso colillas de cigarro y pequeñas tiras de papel que sugieren el resultado de los juegos de un niño inexperto en el uso de las tijeras. Va hacia la persiana y la abre. El aire fresco circula y ya no se oyen gritos ni palabras obscenas. Mirando hacia la calle comienza a protestar justo en el instante cuando dos vehículos pasan frente a la casa, raudos, como si uno marchara en persecución del otro.

-¿Tú sabes cuál fue mi almuerzo hoy? -indaga rabioso.

El del pantalón gris y los zapatos desgastados también se pone de pie y apoyando una mano nervuda en el hombro del otro le advierte:

-Amigo, yo no soy el culpable.

El hombre del short vuelve el rostro y lo mira fijo. Ensaya una sonrisa, aunque solamente logra una especie de mueca.

Sentados de nuevo, leen y comienzan el texto sin distraerse durante un rato. De vez en cuando tachan una palabra o un grupo de ellas y continúan adelante; al parecer no escuchan el cántico de la mujer desde un lugar más cercano a ellos ni los gemidos de un niño pequeño que clama por el padre.

De pronto, el hombre del short se levanta del sillón; su compañero, sobresaltado, corre en su ayuda, pero es rechazado con gesto poco amistoso. No es nada: uno de esos cólicos que con frecuencia debe soportar, el deseo de escupir toda la saliva que lleva dentro y las arcadas que le vienen entre espasmos y eructos.

-¿Tú sabes qué comí hoy? -indaga el dueño de la casa, ya más calmado, sin animosidad alguna. Más bien el tono le ha salido adolorido, aunque de un dolor orgulloso. La mujer de la bata raída se acerca, con el niño pequeño a horcajadas contra la cadera y en la mano libre un vaso similar a los que ellos tienen encima de una mesa.

-Felipe -comenta la mujer dirigiéndose al visitante-, me canso de decirle a Pedro: no bebas ron, y ahí tiene el resultado de no seguir mis consejos.

Pedro toma el vaso de agua que le entrega la mujer sin mirarla. Ocupa de nuevo su asiento y cuando ella se retira, murmura en tono de disgusto:

-Odia a Pedrín.

A ella nunca le ha simpatizado el muchacho, aclara. Ni cuando pequeño, cuando venía acá descalzo y en pantalones cortos desde la casa lejana, la besaba en la mejilla llamándola mamá y se ponía a su disposición para cualquier mandado. Mucho menos ahora, cuando con su manera directa de hablar protesta por el desorden de aquella casa, el cariño del padre sólo para el más pequeño y las negativas a darle dinero para ir a fiestas porque no alcanza ni para cubrir las necesidades elementales.

-Odia a Pedrín -reitera.

El muchacho ha sufrido demasiado; esos cuatro hijos de la madre más pequeños que él los ha llevado a cuestas cada vez que ella ha quedado sola, cada vez que ha largado al esposo de turno sin ceremonial alguno como hizo con él, puntualiza Pedro Garandel. Luego vinieron las dificultades en la escuela, las clases que no lograba entender, hasta que pudo salir a flote casi como quien dice sin la ayuda de nadie.

-En realidad, yo tengo bastante carga con mi propia vida.

El hombre queda en silencio unos instantes, la mirada bailando en el vacío. En el acto comienza a esgrimir justificaciones: el exceso de trabajo, el tiempo que debe emplear en actividades inútiles, las reuniones a las que debe asistir. Y mientras tanto, Pedrín había comenzado a desarrollar un cuerpo de atleta, sin que él lograra explicarse cómo.

-El ejercicio en la escuela -propuso el mismo Pedro con inseguridad. El niño un día ya no quiso salir con él cuando fue a buscarlo un domingo para ir al zoológico, tomar helados y montar en los caballitos del parque infantil; le contestó de mal talante que ya estaba muy crecido para esas boberías y lo dejó en el portal de la casa con la respuesta en la boca.

-El desarrollo -volvió a suponer Pedro. El acné había empezado a brotarle en la cara, tersa hasta ese momento, y en varias oportunidades le formuló preguntas acerca de las mujeres. Fue la época en que comenzaron las discusiones entre ellos. Llegaba aquí, preguntaba por él y si había salido manifestaba su disgusto a la vez que decía venir en busca del cinto más nuevo, de un cigarro o de diez pesos para ir al dancing light.

El padre imita a su visitante, quien se pone de pie y camina hacia la puerta de salida. También fueron los tiempos del distanciamiento entre él y Pedrín, dijo con intenciones de continuar la historia sobre el hijo. La cara somnolienta del amigo mira hacia la oscuridad que de momento se ha convertido en tinieblas. Las malas compañías, los otros muchachos que se burlaban de él porque permitía la presencia del padre mientras esperaban los ómnibus con destino a la escuela. El amigo extiende la mano sin apenas hablar; sale hasta el portal, avanzando a tropezones. Era terrible perder el cariño de un hijo de una manera tan absurda, se lamenta Pedro. A lo lejos se escucha el estrépito de unos vidrios rotos y acto seguido unos pitazos que llenan la noche.

0
0
0
s2smodern

Escribir un comentario

NOTA IMPORTANTE SOBRE EL USO DE LOS COMENTARIOS:
Por favor, recuerde que los comentarios son comentarios no un consultorio, es decir, si usted tiene algún tipo de consulta que realizar, hágalo en nuestros foros, (http://www.conexioncubana.net/foro) allí siempre hay personas dispuestas a ayudar.
Gracias.


Código de seguridad
Refescar