Las trágicas pasiones de Cándida Moreno

Capítulo 2

CAPITULO 2

Ruedan los carros de manera esporádica por la avenida asfaltada; unos muchachos gritan y se escuchan los pasos apresurados de alguien, el estallido de vidrios al romperse y una risa colectiva.

El auto se detiene frente a la casa marcada con el número dos, cercada con muros de hormigón unidos entre sí por ladrillos revestidos. El conductor del vehículo, un hombre de calvicie pronunciada aunque relativamente joven, queda unos segundos pensativo frente al timón. Cuando baja, observa un breve tiempo hacia el interior y antes de dar la espalda apaga el radio.

En la acera, se mantiene detenido, como dudoso de entrar por la verja de hierro que lo conducirá a lo largo de un pasillo de cemento hasta el amplio portal iluminado con lámparas fluorescentes circulares. Al fin echa a andar y abre el candado que mantiene unidas dos puertas de hierro más amplias, vuelve a ascender al automóvil y luego de maniobrar de manera diestra lo conduce hasta el garaje.

Después de apagar el motor sale y cierra con llave las puertas de hierro. Cruza un corto tramo de césped muy bien cuidado y camina por el pasillo de cemento.

En la sala besa en los labios a una mujer cuya silueta apenas puede advertirse por el estado de semipenumbra en la habitación; la única luz proviene de unas peceras que adornan las esquinas con sus animalitos coloreados jugueteando en el agua en busca de enemigos que tal vez nunca encontrarán. -Enciende la luz -ordena el hombre con desgano mientras se deja caer en un acolchado sillón como si fuese un fardo inservible. Suspira y comenta en voz baja-: ¡Qué difícil se me está haciendo vivir en Cuba!

-¡Cállate, Gustavo, por favor! -se alarma la mujer. La expresión no es de dulzura ya sino de temor. De pronto, hacen silencio. En la esquina cercana se escucha el bullicio de una discusión. Las voces de varios jóvenes ofenden a un anciano que grita: ¡Partida de vagos, no sigan robando mis mangos! ¡Váyanse antes de que llame a la policía! Se oyen las risas de los jóvenes y una palabra obscena que salta por encima de todas las voces.

-¡Si continúas protestando por tus mangos, te rompemos los vidrios de las otras ventanas! -lo amenazan.

-¡Atrévete! -advierte la voz del anciano. Una voz tambaleante, insegura.

El hombre y la mujer que se encuentran en la sala se ponen de pie.

-¿Qué tú crees si salimos a averiguar qué sucede? -reacciona Gustavo.

-¡No te metas! -casi ordena la mujer-. Se trata del viejo loco de la esquina y los muchachos del barrio discutiendo de nuevo por los mangos.

Pierden el interés por el asunto y se concentran en sus preocupaciones. Gustavo suspira.

-Estás cansado -afirma la mujer al accionar el conmutador de la luz. Viste un ajustado short de una tela brillante, un pullover con la inscripción Indiana justo en la zona donde los pechos sinuosos se elevan desafiantes y unos zapatos de piel artificial ocupados en toda su periferia por la marca de fábrica.

-¿Andabas fuera?

La mujer, sacudiendo con coquetería el cabello largo y perfumado, llega donde él y le acaricia la cabeza.

-¿No te das cuenta? -obliga al hombre a elevar la mirada-. Fui a casa de Pilar a darme un tinte.

El hombre se pone de pie, iracundo. Cuántas veces iba a prohibirle ir a la casa de esa mujer. Claro, así como actuaba Pilar era fácil vivir en Cuba: podía comprar los productos necesarios para su trabajo en el mercado negro porque existía gente que pagaba los exorbitantes precios impuestos por ella.

La mujer alzó los brazos. Que por favor hiciera silencio y la escuchara, no estaba en su consejo de dirección donde debía fustigar aquellos males hasta desenmascarar a quienes con la complicidad de uno o dos empleados menores introducían la mano dentro de la miel. La sonrisa de la mujer es contagiosa y el hombre comienza a perder la tensión cuando los dedos de ella terminan de desabotonarle la camisa.

-¿Y Cándida? -indaga él entre jadeo y jadeo, cerca del orgasmo.

-En el cine -contesta ella.

La botella, especie de recipiente enano y barrigón, casi está vacía. La mujer sirve licor de nuevo en las dos copas y cubre su desnudez con la sábana en un gesto de pudor tardío.

-¿Te acuerdas de cuando éramos novios?

La pregunta los conduce a una época no muy lejana; entonces comparaban la vida con un terreno sin obstáculos o un cielo siempre despejado; todo lo planificaban, desde la cantidad de hijos hasta los lugares donde pasarían cada año las vacaciones. El oficio de ambos constituía un punto de partida para los sueños, los viajes y la alegría. Y al principio era frecuente verlos salir cargados de equipajes y de ilusiones, en busca de aquello que nunca se atrevían a mencionar pero creían merecer a cambio de los años dedicados al estudio de una forma tesonera: la abundancia, las riquezas, dinero en grandes cantidades.

-¿Te acuerdas, Gustavo, de nuestra luna de miel? -pregunta ella de nuevo.

Había sido hermosa aquella etapa de sus vidas; entonces para huir de las maledicencias ajenas por las salidas frecuentes que hacían juntos por razones del propio trabajo decidieron una tarde presentarse en el bufete y plantearle al notario el deseo de contraer matrimonio. Así de sencillo resolvieron el asunto, aburridos ya de tantos convencionalismos entre sus respectivas familias.

-A los seis meses nació Cándida-recuerda la mujer sonriendo pícara y él toma las manos suyas acariciándolas con ternura.

Mientras se escucha el sonido torrencial del agua al chocar contra el piso, el hombre sentado en la cama acaba de secarse los pies con sumo cuidado; abandona la toalla de felpa rosada encima de una butaca y va hacia el tocador. Frente al espejo, luego de acariciar la barbilla oprime suavemente con ambas manos una pequeña protuberancia amarilla; acciona un conmutador y la luz blanquecina le devuelve su figura más nítida, una figura donde las arrugas y la celulitis ya se ensañan sin compasión. Toma una mota, espolvorea talco por todo el cuerpo y en el momento en que sus dedos comienzan a destapar el frasco con una inscripción jeroglífica, la mujer lo aprisiona por la espalda cruzando sus brazos al nivel del pecho velludo. Él entrecierra los ojos. Aquella fragancia que se ha regado por la habitación al parecer lo enerva, porque se vuelve lentamente y acaricia el cuerpo desnudo de su compañera buscanndo el contacto de sus húmedos labios.

El congrí humea invitador y la salsa encima de la carne es abundante; los plátanos crujen al masticarlos el hombre. La mujer, sentada a su lado, sonríe complacida.

-Cocina bien, ¿verdad? -dice ella.

Gustavo menea la cabeza en señal afirmativa y bebe unos sorbos de jugo de manzana.

-Me gusta verte así, optimista -advierte la mujer, y deplora las oportunidades en que llega malhumorado a la casa, después de salir de las reuniones habituales.

-No es cierto, Trini -niega él desconcertado, deteniendo el movimiento del cuchillo-. La causa real de mis incomodidades es Cándida.

Trinidad se extraña. La muchacha al parecer ya no recuerda el romance con el hijo del vecino, asegura, porque ha retomado la costumbre de salir en compañía de las antiguas amistades y viste las ropas de moda, esas que les hacen afirmar a algunos que si Cándida aprendiese otro idioma, podría confundirse con una extranjera debido al color de su pelo y de la piel.

-No hables sandeces -la interrumpió Gustavo-. Bien sabes que aborrezco tales superficialidades.

A él le continuaba preocupando la actitud de Cándida, siempre en silencio, reconcentrada. Ya no era expansiva como antes, no le importaba siquiera disfrutar las películas sobre orquestas y cantantes extranjeros que él traía con frecuencia.

Desde las habitaciones del fondo comienza a escucharse el sonido de las vasijas de vidrio y del agua al vaciarse los recipientes. Trinidad no opinaba como Gustavo: lo que sucedía realmente con Cándida era que empezaba a convertirse en una mujer; ahora estudiaba hasta la forma de caminar; buscaba en las revistas de moda enviadas regularmente por la hermana de Trinidad desde España la longitud de los vestidos y hacía que Hermelinda adaptara las ropas a tales exigencias; hasta la manera de maquillarse constituía para Cándida todo un acontecimiento.

Gustavo deja de masticar y mantiene suspendido en el aire el tenedor con la porción de carne que chorrea una salsa aromática de un color rojo oscuro. Ahora desde el fondo se oye cómo las vasijas metálicas derraman una música irregular.

-¿Por qué tanto ruido? -pregunta, interrumpiendo las explicaciones de Trinidad.

-Mañana le diré que te molesta -contesta ella mientras le sirve más jugo.

-Te equivocas con Cándida -disiente Gustavo, acabando de masticar la carne para beber de nueevo.

Según él, Cándida es una muchacha soñadora, ilusionada con las cualidades que le supone al hijo de ese vecino de ellos, lenguaraz e hipócrita, quien no pierde oportunidad para criticar las buenas acciones de los dirigentes gubernamentales tildándolas de actitudes arribistas. Con tal padre, además abandonado de su propia persona, acostumbrado a no afeitarse durante varios días y vistiendo ropas sucias, un hijo no podía ser sino lo que es ese vagabundo: un aspirante a perdedor.

-No podemos permitir las relaciones amorosas entre ellos -concluye autoritario Gustavo.

Las vasijas ya no chocan entre sí; ahora lo que llega desde las habitaciones del fondo es el roce de un hierro contra el piso cuyo eco se escucha amortiguado en el lugar donde se hallan el hombre y la mujer.

-Ella es demasiado orgullosa para cambiar el amor del capitán Requenas por el de un simple soldado -dice apaciguadora Trinidad y sonríe cuando Gustavo abandona un momento el cuchillo para acariciarle los dedos donde varias sortijas brillan al reflejarse contra ellas las luces de las lámparas.

Ahora se escucha cómo exprimen el agua y tintinea de nuevo el hierro.

-Es insoportable -comenta el hombre.

-¡Hermelinda! -grita Trinidad, incómoda. Le responde a lo lejos una voz cansada y ella indaga autoritaria-: ¿Podría hacer silencio mientras Gustavo come?

Aunque nadie responde la pregunta, a partir de ese instante en el interior de la casa finaliza todo tipo de ruidos. Ahora Trinidad y Gustavo conversan sin interrupciones. Quizás resulte conveniente, opina ella, aprovechar los meses de verano para enviar a Cándida la playa o a cualquier otro sitio que pudiera interesarle; también sería recomendable incluirla en alguna de las excursiones o hasta hablar con el amigo de la embajada.

-¿Te refieres a Madrazo? -la interrumpe Gustavo y acto seguido bebe la última porción de leche.

-El agregado cultural -dice ella, señalando hacia el recipiente.

-Exacto -afirma Gustavo, mientras niega con la cabeza el ofrecimiento de la esposa de servirle más leche.

Los comentarios sobre México y en particular acerca de Acapulco los hace ella en voz baja, mirando de vez en cuando hacia el fondo.

-¿No me aseguraste que Hermelinda es de confianza? -se extraña Gustavo.

-Nunca se sabe con esta gente de campo -justifica la mujer.

Cuando escuchan unos pasos renqueantes que se acercan, le dan otro giro a la conversación. Hablan sobre la necesidad de que se adopten medidas severas contra los delincuentes y abogan por educar a los jóvenes en el respeto a lo ajeno. La anciana los interrumpe señalando respetuosa hacia los platos; que si ya puede recogerlos.

-Sí, Hermelinda -contesta Trinidad volteando el busto para mirarla a los ojos, mientras las aletas de la nariz se le ensanchan y aprieta con fuerza los labios. A lo lejos se escucha el estrépito de unos vidrios rotos y acto seguido unos pitazos que llenan la noche.

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