Las trágicas pasiones de Cándida Moreno

Capítulo 3

CAPITULO 3

A lo lejos se escucha el estrépito de unos vidrios rotos y acto seguido unos pitazos que llenan la noche. Cándida introduce la llave en la cerradura y empuja con el hombro la pesada puerta. Sus padres quedan mudos y Hermelinda remeda la señal de la cruz.

Trinidad se pone de pie y la interroga. Quiénes la trajeron hasta la casa. Por qué ha venido tan tarde. Si no escuchó cómo la policía perseguía a alguien. No debía continuar saliendo en horas de la noche. Era peligroso para una muchacha de su edad, sobre todo por el tipo de ropas que vestía y las prendas.

-No me fastidies, mami -contestó la muchacha de malhumor y abandonó la habitación, dejando al padre con la intención de dirigirle la palabra.

Entró a su cuarto. Después de mirar debajo de la cama, cerró la puerta. Las luces inundaban la habitación y a pesar de eso sentía miedo. Todavía el corazón le latía apresurado, y recordaba la acción del hombre que, con la mirada de rabia, había roto la botella para amedrentar a sus atacantes. No volvería jamás a aquel lugar, ni aunque la invitara a bailar un hombre como el profesor de natación.

Se sienta en la cama y palpa las cobijas en un gesto automático. No lograba olvidar por completo a Pedrín. Había sido el más tierno de sus amores; en el momento decisivo de su vida, cuando la soledad y la incomprensión de todos la martirizaban, supo quererla sin exigir a cambio ninguna recompensa. Cierto que no fue un amor tormentoso, apasionado ni prohibido. Tampoco le enseñó nada que no conociera por experiencia propia o por las historias de sus amigas y amigos. Sin embargo, le había servido de fiel compañero, complaciente ante cada nuevo capricho suyo y sin criticarle su decisión de abandonar los estudios porque lo recibía todo de sus padres y no valía la pena aquel sacrificio de deshidratarse al sol en un trabajo ajeno por completo a sus intereses en una escuela ubicada en un campo lejano de la ciudad.

Comienza por descalzarse. Sube ambos pies a la cama y los soba enérgicamente. Los siente adoloridos no tanto por haber bailado hasta el agotamiento, sino a causa de la huida que ha emprendido momentos antes.

Pedrín no la hubiese abandonado al peligro como hizo el profesor de natación, de ello estaba segura. La habría protegido con su cuerpo, y su cabeza descansaría aún en aquel pecho de hombre que tanto ansiaba acariciar de nuevo. No puede evitar un suspiro involuntario cuando alza los brazos y de un tirón saca el pullover. Lo lanza de cualquier manera hacia una silla; la inscripción Indiana en letras fosforecentes queda bailando frente a sus ojos.

Quizás su amante el profesor tiene razón: sus padres la mantienen prisionera en un mundo ilusorio, distinto al de la calle y la mayoría de las casas. De momento, siente una rebeldía similar a la del hombre que ha visto hace poco romper una botella. Así quisiera ser ella de valiente: amenazar a sus enemigos, vencerlos con la violencia.

Respira agitada y retrocede encima de la cama; se deshace de los pantalones lanzándolos contra la silla; caen encima del pullover tapando el letrero fosforescente. Entonces frota el vientre con movimientos de una mano hacia los costados.

Tanto le sobraba el tiempo en aquella casa, que a veces sentía la carga de su inutilidad. Acostumbraba a dormir hasta bien tarde en la mañana, y el resto del día lo pasaba vagando por el jardín, pues prefería permanecer a solas con sus ensoñaciones antes que enfrentarse a la realidad del exterior donde la gente esperaba en colas interminables y algunos discutían llegando en ocasiones a las ofensas y hasta los golpes.

Tocan a la puerta. Se pone de pie con desgano y del ropero adosado contra la pared toma al azar una prenda para cubrir su desnudez. Avanza lentamente y abre.

-¿Qué quieres? -pregunta disgustada.

-Hablar contigo -le responde la madre y hace ademán de entrar.

La muchacha la mira con un ligero movimiento de cabeza de arriba abajo; se detiene unos instantes en algunos detalles de labor que aparecen en el largo vestido rosado de la madre, mientras observa la superficie suave y reluciente de la tela.

-¿Ya no te acuerdas? -indaga Trinidad-. Me lo trajo Gustavo cuando estuvo la última vez en Barcelona.

Cándida siente un huracán dentro de sus venas, y trata de contenerse. Ha perdido a Pedrín; la rebelión que él le sugería cuando no estaban besándose recostados contra una pared o desnudos en algún paraje escondido del bosque de pinos, ahora carecía de sentido. Tuvo deseos de repetirle a la madre las palabras violentas que Pedrín le gritó mientras se vestían dentro de una habitación con las paredes descascaradas y apenas iluminada por un bombillo amarillento: ¡Eres una hipócrita!

Claro está que Cándida decidió no estallar en aquel exabrupto por varias razones.

-¿Y esa cara de disgusto? -pregunta la madre abriéndose paso de manera suave pero decidida, empujándola con cariño hacia atrás; su voz ha tenido un aire de coquetería poco habitual en ella: la hija sólo se lo escucha durante las conversaciones telefónicas con el hombre que acostumbra llamarla.

Se hizo a un lado, tratando de serenarse. Añoraba a Pedrín, el único hombre que realmente la había amado sin ningún interés. Los demás trataban de obtener de ella alguna ventaja material por mínima que fuese, desde un pañuelo bordado hasta un frasco de desodorante; recordaba todavía la oportunidad en que el profesor de natación, mientras abotonaba su portañuela, le preguntó si sería muy difícil conseguir por mediación de su padre un paquete de galletas para sus niños. Perdido Pedrín, qué sentido tenía rebelarse contra sus padres.

-Vamos a conversar aunque no quieras -afirma la madre en un tono bien distinto al de la pregunta que acaba de formularle. Sentándose en una silla tapizada donde sin orden alguno descansan varias prendas íntimas de Cándida, introduce la mano en el bolsillo de la bata de noche y extrae una caja de cigarros.

La muchacha va hasta la cama, se sienta y cruza las piernas. En otras circunstancias, hubiese optado por una rebeldía abierta, negándose a escuchar a la madre. Sin embargo, había perdido la esperanza de recuperar a Pedrín para lograr entre los dos algún espacio de coincidencia donde los demás no fuesen a husmear, a introducirse en su intimidad. Ya aparecería ese espacio, acostumbraba él a asegurar mientras descansaba bocarriba en una cama de sábanas ennegrecidas por el uso o encima de un cartón contemplando las estrellas; durante los últimos meses ella había llegado a convencerse de que el ansiado lugar jamás aparecería: las personas mayores sólo consideraban importantes las preocupaciones de gente de su edad, como si los jóvenes no tuviesen también sus propios problemas.

La madre exhala el humo aromático y dulzón entreabriendo los labios y proyectándolos ligeramente hacia afuera en forma de un pequeño círculo. A la mente de Cándida comienza a llegar un recuerdo bastante lejano; entonces ella era una niña desconocedora del mundo y cree vivir de nuevo aquella especie de sueño mientras observa la forma en que la madre expulsa el humo. El padre viajaba por algún lugar, y ella creyó escuchar su voz en la sala; ya despierta por completo, acabó por salir de la niebla del sueño y descalza salió de la habitación. Percibía una especie de jadeo y la voz de su padre, iracunda o tal vez desesperada. Ella comenzó a sentir un contento sin límites: seguro le traería de su viaje algún regalo. Cuando llegó a la sala, apenas iluminada por la luz de una de las peceras, vio a un hombre de pie en el centro de la habitación y se restregó los ojos: no era su padre; tenía abundante cabellera y hasta le pareció gracioso, un muchacho rubio y muy lindo. Asustada, empezó a retroceder; regresa a aquel pasado lejano, y descubre a su madre de rodillas en la alfombra frente a él, desnudos los dos; no le cabe duda ahora que conoce bastante sobre el mundo y no se asombra con nada.

-¿No vas a fumar? -indaga Trinidad sonriente con un brazo extendido hacia adelante y Cándida regresa al presente por completo. Toma un cigarro de la caja, acciona el encendedor y aspira el humo entrecerrando los ojos.

-¿Qué te sucede? -pregunta de nuevo la madre, esta vez con cariño. Esa manera de hablar, desde la complicidad, desarma por completo a Cándida la mayor parte de las veces, acaba por vencer su rebeldía y la sitúa en el camino de arrepentirse de haber odiado a sus padres.

Cándida no puede evitar que un sentimiento de culpabilidad la embargue, y el llanto brota desbordado, incontenible. La mujer se pone de pie y con ternura acaricia los cabellos de su hija.

-¡Niña mía! -dice, y la joven siente cómo la tranquilidad comienza a invadirla a medida que las manos de la madre recorren toda su cabeza. Detiene por completo el llanto y mira hacia arriba; la hermosa mujer besa en la frente a su hija, como hacía antes, cuando enfermaba y no quería tomar las medicinas más amargas ni inyectarse.

Meses después, Cándida no habría aborrecido su actitud pusilánime si todo hubiese concluido con aquel suspiro que se le escapó involuntariamente en el instante en que Trinidad besó su frente. Pero no tenía el sostén de Pedrín y sin él la vida carecía no sólo de incentivos, sino también de sentido: qué le importaba morir si ello significaba desaparecer para siempre de un mundo donde no había encontrado el amor.

-No hables así, mi niña -dijo con dulzura Trinidad, mientras continuaba acariciándola-. Nos tienes a nosotros y este espacio que hemos labrado para ti.

Trinidad trataba de persuadirla acerca de la conveniencia de emprender un viaje; ella y Gustavo estaban disponiéndolo todo para que este verano fuese como otros a pesar de las dificultades por las que atravesaba el país. Al menos tendría garantizado un mes completo en la playa y quizás otro mes en un sitio todavía más agradable. Debía apartar de su mente aquellos sentimientos, a ningún resultado la conduciría atentar contra su vida: todos los hombres eran idénticos; de seguro, Pedrín hasta se jactaría luego de haber provocado el suicidio.

-¿Y si papá te abandonara? -inquirió la muchacha, con la intención de situar a la madre en un aprieto. Ella acababa de extraer desde un rincón de su memoria aquella escena lejana donde la madre, joven todavía y tan bella como ahora, arrodillada en la alfombra frente al muchacho rubio, mantenía los labios proyectados hacia fuera y los ojos cerrados mientras lo abrazaba por la cintura. En su interior se debatían dos sentimientos contradictorios: odiar a Trinidad por aquella escena degradante en su recuerdo de niña o perdonar a la madre por haber vivido ya esa dulce experiencia gracias al profesor de natación, tan hermoso como aquel hombre cuyo rostro trataba de rescatar en su memoria.

Trinidad comienza a alejarse; sus pies se arrastran en silencio por el piso y enciende otro cigarro. Volviéndose en dirección a la hija, despide el humo fragante y le responde:

-Tu padre y yo hemos rebasado la edad del amor pasional. Ahora nos queda una unión más sedimentada y profunda.

La muchacha la mira unos instantes pensativa. Si nunca hubiese tenido la curiosidad de levantar el teléfono de su cuarto mientras Trinidad conversaba desde la extensión ubicada en la sala con el hombre que solía llamarla durante las ausencias del padre, esas palabras le hubiesen resultado una especie de confesión sentimental por parte de la madre. No obstante, determinó continuar dentro de aquel juego, por la costumbre de sonreír ante la presencia de personas ajenas aunque por dentro la vida estuviese rompiéndosele en pedazos. Así le habían enseñado sus propios padres a proceder: los exabruptos en público sólo conducían al rechazo de los demás; debían dejarse tales momentos de perturbación para cuando se estuviera dentro de la casa con puertas y ventanas cerradas. Aun así, no resultaba recomendable dejarse vencer por la violencia: los vecinos tratarían de saber la causa de cualquier escándalo y cuando no lo lograsen la inventarían.

-Entonces, ¿ya renunciaron al sexo? -inquirió fingiendo candidez, aunque habría deseado emplear un tono corrosivo para ofenderla. Había leído una gran cantidad de libros y tratados sobre el tema y sabía que si la mujer no quedaba satisfecha con un hombre de manera reiterada, por una parte sufría desequilibrios en su sistema nervioso y por la otra buscaba sucedáneos que le calmaran el ardor. Imaginaba divertida a la madre tratando de lograr por medios artificiales el orgasmo que Gustavo, yacente junto a ella somnoliento, no era capaz de ofrecerle. También la vio de manera fugaz arrodillada en la alfombra, con los labios proyectados hacia fuera.

-No es ese el sentido de mis palabras -dijo la madre. Luego de tirar el cigarro en las baldosas brillantes y aplastarlo con la chinela forrada en terciopelo, ocupó un lugar en la cama junto a la hija.

De lo que se trataba, aclaró Trinidad, era de que ahora no sólo les importaba el sexo, sino también la estabilidad del hogar, las responsabilidades sociales, los compromisos con las amistades y sobre todo ella, la hija que tanto adoraban. En este instante, el padre esperaba en la sala despierto, pendiente del resultado de la conversación entre ellas. Comprendían que a su edad ya tenía derecho a la total independencia, pero no querían verla tomar un camino equivocado.

-¿Por ejemplo? -la interrumpe la hija y Trinidad queda con una expresión confundida.

-Por ejemplo -vacila la madre-, lo que conoces sobre las jineteras.

La hija sonríe; sonríe y quisiera descubrir su falso juego pero se contiene. Sabe que la rebelión le costaría cara: como castigo, cancelarían el paseo a la playa y el viaje tan soñado que había prometido el padre conseguir con la ayuda de Madrazo. También perdería la posibilidad de recuperar a Pedrín, pues en guerra abierta contra sus padres a ellos qué iban a importarles sus sentimientos: podrían llegar incluso a infligirle al hombre que realmente amaba algún daño valiéndose de sus influencias y amistades. Esos pensamientos siempre detenían a Cándida uando pesaba en la balanza de su mente entre hablar con franqueza y continuar fingiendo ante sus padres.

-Ay, mami -dice luego de aceptar otro cigarro que le brinda Trinidad-, bien sabes a lo que van ellas. La madre se pone de pie.

-¡Cambiemos de tema! -exclama furiosa-¡Debes conocer que me incomoda hablar de asuntos relacionados con el sexo!

La hija también se pone de pie; siente el cansancio de un día tumultuoso y sobre todo la huida del lugar donde bailaba con su antiguo profesor de natación. Le sugiere a la madre que dejen la conversación para el día siguiente y le muestra el reloj.

-Prométeme que no cometerás ninguna locura -dice la madre con incertidumbre.

La muchacha pasa un brazo por la cintura de Trinidad y la besa tiernamente en la mejilla; el gesto ha sido franco, en un intento de reconciliación consigo misma y a la vez con esta mujer que le ha demostrado adorarla en reiteradas oportunidades.

-Júrame primero que me ayudarás a recuperar a Pedrín -pone como condición Cándida.

La madre echa a andar rumbo a la puerta, llevando su brazo al hombro de la hija. Se miran a los ojos.

-Lo juro -le contesta con aire de derrota.

Miraron sorprendidas hacia fuera cuando escucharon el canto de un gallo madrugador y vieron a través de los cristales de las ventanas el surgimiento del disco del sol amarillo rojizo en el horizonte.

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