Las trágicas pasiones de Cándida Moreno

Capítulo 4

CAPITULO 4

Canta un gallo madrugador y el joven se mueve semidormido en la estrecha cama. Restriega los ojos mientras se sienta maquinalmente y la madera cruje al compás de los movimientos del torso. Levanta la cabeza y antes de empezar a mover el cuello en sentido rotatorio descubre el surgimiento del disco del sol amarillo rojizo en el horizonte.

Los demás comienzan a despertar y desde el piso superior de la litera le gritan una obscenidad, conminándolo a buscarse una mujer que le calme los ardores.

-Pídeselo a Rosina -le dice un rubio pecoso acompañando su consejo con una risa sarcástica.

En breves minutos el amplio local se convierte en un hervidero; jóvenes semidesnudos, con el cabello ralo y casi todos lampiños, salen en estampida llevando cepillos dentales en la mano o aprisionados entre los dientes. El rubio pecoso se lanza desde lo alto y luego de flexionar las piernas varias veces, llega muy cerca de su compañero; casi al oído, le pregunta:

-¿Qué has decidido, Pedrín?

El aludido detiene los movimientos rotatorios del cuello, se pone de pie de un salto y toma la toalla que cuelga de la cama.

-¡Nos coge tarde!

En la formación militar algunos murmuran y otros aprovechan los minutos que ha concedido el oficial para fumar cigarros de manera colectiva; los pasan de uno a otro, exhalan el humo y el de al lado les pide apresurarse.

-Déjame saborearlo, ¿no? -dice Pedrín incómodo al rubio pecoso y éste se repliega en su sitio, silencioso. A Pedrín le incomoda este currutaco de labios gruesos y cuerpo canijo que pretende guiarlo en todas sus acciones como si él fuese un niño.

-¡Firmes! -grita el oficial y el rubio de las pecas, que ya ha logrado tomar entre sus dedos el cigarro, lo disimula escondido en el hueco que forma la mano semicerrada.

A otra orden del militar comienzan a avanzar en fila, y cuando entran al comedor cientos de muchachos como ellos -rasurados, vistiendo uniformes emblanquecidos por el uso, que bromean en voz baja con el primero que pasa cerca de la mesa donde se hallen-manipulan jarros de aluminio humeantes y mastican una porción de pan algo endurecido.

Pedrín, el Pecoso y los dos que les siguen en la fila llegan hasta la pequeña mesa, se sientan en silencio y mastican y beben sin apenas mirarse. Pedrín sirve agua para los cuatro en los vasos que cada cual voltea bocarriba y salen en silencio bajo la mirada atenta de un muchacho tan joven como ellos que trae un brazalete de color rojo y letras blancas.

-¿Dónde está Vega? -pregunta Pedrín a uno de los jóvenes que le espera con un cigarro a medio consumir para brindarle, y el aludido señala hacia un pequeño comedor separado del que ellos acaban de abandonar.

-¿Ya decidiste hablar con el capitán? -indaga a su vez el rubio pecoso, interponiéndose entre Pedrín y el otro, un muchacho de complexión débil y tórax estrecho.

Ambos miran al rubio con evidente fastidio; Pedrín chasquea los labios y a punto de ofenderlo, de llamarlo chismoso y entrometido, decide contenerse. No le conviene un escándalo, mucho menos una discusión. Es muy importante lo que debe conversar con el capitán Vega y si éste se forma la opinión de que es un individuo conflictivo no pondrá la mínima atención a sus palabras.

El joven delgado llama aparte a Pedrín. Conversan en voz baja, aislados de los que, jaraneros, se burlan discretamente de los oficiales que pasan cerca y hasta los identifican con nombres de animales o de personajes de la televisión. No es recomendable hablar del asunto con el capitán, opina el de complexión débil. Su cuerpo contrasta con el de Pedrín, un recio hombretón, de espaldas anchas y manos como tenazas. Los demás no paran de reír, murmurar y ofenderse entre sí con groserías sin asomo alguno de violencia; el rubio pecoso está aislado de todos y su cara denota la incomodidad. El más delgado habla y Pedrín lo escucha con suma atención; entiende perfectamente su criterio: hablar con el capitán equivale a una acusación frontal; corre el riesgo de provocar la ira del coronel Martínez si Vega le traslada el asunto como de seguro hará. Pedrín sabía que el capitán no les hablaba cada tarde para hacerles perder el tiempo, sino porque era importante que ellos como jóvenes aprendieran el valor moral de la honestidad.

-El silencio en este caso es una cobardía -expuso Pedrín con firmeza.

El otro acarició sus tenues bigotes y luego rebuscó en uno y otro bolsillo, hasta encontrar al fin un cigarro manchado y que había perdido gran cantidad de picadura. Jugueteó unos instantes con él y le propuso a Pedrín que lo prendiera.

-Es una precaución -objetó el muchacho delgado-. No olvides que Carvajal es un teniente coronel.

Pedrín golpeó el suelo con unas pataditas, indignado. Su amigo no acababa de comprenderlo, a pesar de los años que llevaban juntos de un sitio hacia otro, viajando encima de camiones, manipulando un azadón, bateando la misma pelota confeccionada con trapos y papeles. No lo entendía: vivir para él no era sólo comer y respirar.

Mi amigo Augusto no acababa de entenderme: yo estaba dispuesto a desenmascarar al teniente coronel Carvajal aunque me expusiera a las represalias de sus posibles cómplices dentro del mando de la unidad militar. Sí, porque yo no era ningún estúpido y conocía este mundo lo suficiente como para saber que los carneros no desaparecían porque viniese un mago con su varita y pronunciara cuatro abracadabras. A mí me habían confiado la custodia de los corrales unas semanas antes; los mosquitos me estuvieron castigando durante varias horas y yo observé los puntos débiles de aquella guardia, cuyo responsable era precisamente Carvajal. Al día siguiente fui a su oficina, pedí permiso para entrar, lo concedió; con una expresión entre altanera y mordaz me atendió durante casi media hora sin invitarme siquiera a que me sentara. Yo estaba equivocado: los corrales resultaban inexpugnables, con un soldado era suficiente desde el puesto de guardia elegido por él para garantizar su seguridad. Podía marcharme tranquilo, ni un animal de aquellos peligraba.

-No temas -finalizó, poniéndose de pie y despidiéndome con unas palmaditas en el hombro-. La comida de ustedes está segura.

Quise salir de dudas, porque existían criterios entre la tropa. Porqué no nos servían carne con más frecuencia. Los jefes están llevándose los animales. Se sabe de un oficial que todas las semanas ofrece una fiesta a sus amistades en la casa. Comentarios antiguos, que pasaban de boca en boca, de soldado en soldado, de un año hacia otro, como una herencia corrosiva. Nosotros llegamos aquí cuando la situación era más crítica: bastaba para convencerse comparar la cantidad de comida en las bandejas dos años antes y ahora. Entonces vino la orden: hay que ampliar los corrales y fomentar la cría, labrar la tierra diariamente cuando concluyan las clases y el entrenamiento.

Augusto, el Pecoso y yo formamos un equipo a partir del momento de mi conversación con Carvajal. Cada noche, uno de nosotros trataba de no dormirse cuando el altoparlante informaba que debían apagarse los televisores y abandonar los juegos de mesa, y aprovechando la oscuridad salía a apostarse detrás de unos guasimales situados en una elevación del terreno. Desde allí era posible observar cuanto sucedía por los únicos lugares que permitían el acceso a los corrales. Ese era el sitio que yo le había propuesto a Carvajal como nuevo puesto de guardia y desde el cual unas noches antes descubrí cómo desaparecían los animales. Al día siguiente, el propio Carvajal le informaba al jefe de la unidad el asunto, culpando a los perros jíbaros, y se organizó una batida por los alrededores, hasta intrincarnos en los montes tupidos que nos rodeaban. No había perros jíbaros: eso lo sabíamos todos.

-¿Entiendes, Augusto? -le preguntó Pedrín el amigo y éste fue reticente al contestarle. No tenían todas las pruebas en las manos; resultaba creíble que entre Carvajal y su chofer hubiesen sacrificado los carneros y el cerdo; sin embargo, ¿cómo lo demostraban al jefe de la unidad militar?

-Con mi palabra -respondió con firmeza Pedrín.

El teniente llamó a formación y Augusto recogió el cigarro que no habían llegado a fumar. No lograron ponerse de acuerdo más que en un aspecto: denunciar el hecho de manera abierta podía ser peligroso, a menos que el mando decidiera abrir una investigación secreta.

-El coronel Martínez es amigo de Carvajal -concluyó Augusto mientras caminaba hacia su lugar en la formación-y no ordenará una investigación contra él.

Comenzaron a pasar los días, repetidos unos tras otros. Por la mañana bien temprano la orden de levantarse, la formación, el desayuno. La prácticas de puntería, las clases de defensa personal, el almuerzo en el comedor atestado donde los hedores del sudor mareaban. En horas de la tarde las explicaciones del capitán Vega, claras y precisas. Dentro de aquel mundo las palabras del oficial resultaban inobjetables: lo contradictorio era cuando salían de pase y hallaban las colas interminables, horas y horas para beber un simple refresco; o las muchachas que se dirigían al hotel en las afueras de la ciudad cada vez que los extranjeros llegaban para continuar hacia la playa. También los razonamientos de Vega fallaban al encontrar a alguien en una calle vendiendo jabones de una fragancia casi olvidada, cigarros o manteca.

Pedrín llegaba a su casa extenuado de las guardias, los ejercicios, las clases, el trabajo en el huerto, la vigilancia en los corrales y las demás tareas a que estaba obligado en la unidad militar. Augusto y él habían determinado apartar al Pecoso del asunto de los corrales, y entre ellos dos se turnaban para ir durante las noches hasta los guasimales, con la esperanza de que se repitiera la operación de aquella oportunidad cuando, según Pedrín, reconoció a Carvajal y su chofer mientras trasladaban los animales muertos hacia el vehículo.

En su casa, Pedrín trataba de permanecer poco tiempo. Iba a la bodega, incomodándose allí por la lentitud con que atendían los empleados. Los hermanos menores gritaban, peleándose entre sí. La madre apenas le preguntaba cómo transcurría su vida. Y cuando visitaba al padre, éste no podía atenderlo porque iba a conversar con la esposa un asunto urgente, estaba jugando con el hijo más pequeño o debía marcharse al trabajo.

Entonces apareció en su vida la muchacha más hermosa que había conocido hasta ese momento, incluso más linda que Rosina, la bella secretaria del coronel Martínez.

Pedrín queda alelado. No puede creer que le sonría a él, precisamente a él, entre tantos de ellos vestidos con el uniforme de gala. Recién terminado el acto, decide proceder sin rodeos. Le admira el conjunto de un cuerpo perfecto, una cara sin tachas y todos los detalles que convierten a esta mujer en un objeto digno de contemplar: el pelo largo, las uñas de los pies y las manos pintadas, el maquillaje distribuido sin exageración. Acercándose a ella, apoya la mano derecha en el correaje que atraviesa su pecho y adelanta la bota izquierda, en actitud de gallo conquistador, del protomacho que se siente junto a aquella hembra olorosa a un perfume jamás aspirado por él. Le embriaga aquel aroma a rosas maceradas, a lirios colmados de rocío, a jazmines. Utiliza las trampas más delicadas para hablarle, y a los pocos minutos ya ha acariciado una mano de la joven y siente cómo el miembro viril le presiona las entrepiernas.

Sucumbieron en pocos días uno al otro. Ella tenía sed de ser amada de verdad, de sentirse en poder de un hombre como aquel, el marido perfecto que siempre había soñado. Una noche salieron del cine y en lugar de marchar cada uno para el sitio habitual -él la dejaba frente a la verja de hierro que protegía su casa y después caminaba varias horas para amanecer en la unidad militar sin ser descubierto-, decidieron llegar hasta el bosque de pinos que circundaba la ciudad.

Hablaron del futuro, de lo que sucedería días después, meses después, años después. De cuánto podrían amarse cada minuto, de haber nacido en otro mundo que no hubiera estado regido por los conceptos anquilosados de los ancianos -ancianos sobre todo con cerebros de ancianos, precisaron, aunque sus cuerpos todavía anduviesen por la más tierna edad-y la forma en que podrían lograr un punto de encuentro independiente de los demás.

Él colocó una flor silvestre en el pelo de la joven y se internaron en el bosque. A la mañana siguiente, el sol los despertó y cuando se vieron sus cuerpos desnudos, dos cuerpos cincelados a la perfección, empezaron de nuevo a besarse. Tierna fue esta vez la arremetida del huracán y los gemidos de gata en celo de Cándida Moreno se escucharon a kilómetros de distancia mientras rogaba que me la des toda cielo mío y le clavaba las uñas de mujer hermosa en las espaldas.

Los sueños de encontrar un punto de coincidencia donde nadie los molestase quedaron rotos cuando el coronel Martínez lo llamó a la oficina y cuál no sería su sorpresa al ver allí a su padre. El coronel le indicó un asiento, ordenándole a Rosina servir café para todos y él pudo admirar una vez más las enormes caderas de la muchacha que ajustaban los duros pantalones del uniforme.

-Soldado Pedro Garandel -comenzó el jefe de la unidad militar, respetuoso, los ojos semicerrados. A Pedrín le parecía que el coronel en realidad imaginaba la desnudez de Rosina-: sus escapadas frecuentes son graves. Pero más grave es que usted no llegase a la guardia de anoche en los corrales, y por culpa suya otro soldado se mantuvo allí durante ocho horas. ¿Se da cuenta?

Pedrín se daba cuenta: el capitán Vega no había estado de acuerdo con remitirlo a los tribunales, a pesar de las conversaciones reiteradas que habían sostenido con él por las reincidencias, y los castigos dentro de la unidad como suspenderle días de franco.

-Es la última vez que le hablamos en este tono -concluyó el coronel Martínez, amistoso aunque enfático-. Y ponemos como testigo a su propio padre.

La angustia de Pedrín desapareció meses después, cuando una noche le concedieron un permiso especial gracias a su buen comportamiento. Llegó en pocos minutos a la ciudad, y en lugar de dirigirse a su casa fue en busca de un teléfono público. Él y Cándida habían acordado que cada vez que recibiera uno de estos permisos repentinos, la llamaría identificándose como un supuesto capitán Requenas. Esa ocasión lo atendió la madre, muy educada, tratando de abundar en algunos detalles, sugiriéndole que los visitara pues a ellos les interesaba conocer las amistades de su hija. Cándida hoy había salido con unas amigas, al cine según le había dicho.

Pedrín colgó el auricular. Ocurría por vez primera que ella no estaba en casa en espera de su llamada. Desde los inicios de sus relaciones habían renunciado a sus respectivas amistades para dedicarse todo el tiempo disponible uno al otro.

Una vaga sospecha comenzó a roerle el cerebro: el capitán Martín Requenas existía, tenía un cuerpo real y era el amante de Cándida. Durante los orgasmos, ella acostumbraba a rozar suavemente sus espaldas con las manos y entre palabras obscenas gemía: Mi Martín, mi capitán Martín Requenas.

La descubrió desde una gran distancia, pues a fuerza de tanta intimidad durante los últimos tiempos había aprendido a reconocerla entre cientos de mujeres hasta por el olor de su cuerpo. La vio acompañada de un individuo de complexión tan fuerte como la suya y pensó que resultaría un digno rival para comprobar la eficacia de las técnicas de defensa personal que le habían enseñado durante estos años en el servicio militar. Decidió comenzar con lentitud, propinándole golpes suaves aunque demoledores y finalmente lo remataría de manera instantánea, acabando con su vida de traidor allí mismo, al lado de su interlocutor Cándida Moreno.

Se acercó lentamente, sorprendiéndolos tomados de las manos. Sentía deseos de llorar, de gritarles a todos sus desventuras. No habló. Solamente estuvo mirándolos durante un rato a los ojos, y se sintió ridículo con aquel uniforme sucio frente a aquellos dos tan fragantes.

Con el paso del tiempo logró calmarse, mas no olvidarla. Trataba de retomar el curso de los acontecimientos cotidianos, acercarse de nuevo al Pecoso y a Augusto, quienes sin su impulso ya no se acordaban de la vigilancia de los corrales. El mundo se le fraccionaba, rota la división entre el soñado espacio de coincidencia para él y Cándida de manera exclusiva y el vulgar espacio cotidiano donde el teniente gritaba llamándolos a formación.

Meses después, aceptó continuar allí por un tiempo que suponía interminable porque deseaba olvidar los sueños comunes con Cándida Moreno de haber vivido ambos en una ciudad cosmopolita, donde los ancianos no los importunaran con sus criterios anquilosados sobre el mundo.

En realidad, ahora es que canta el gallo madrugador a lo lejos y Pedrín se revuelve semidormido en la estrecha cama; restriega los ojos mientras se sienta maquinalmente y los alambres del bastidor comienzan a crujir. Levanta la cabeza y descubre a Carvajal que le sonríe desde la cama vecina.

-¡Qué guardia la de anoche!, ¿eh, teniente? -le dice el teniente coronel.

La cabeza le duele. Mientras mueve el cuello en sentido rotatorio descubre el surgimiento del disco del sol amarillo rojizo en el horizonte.

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