Las trágicas pasiones de Cándida Moreno

Capítulo 5

CAPITULO 5

Al día siguiente, el cielo amaneció de un color gris plomizo y las nubes, embravecidas, se desplazaban cargadas de presagios. Pedro Garandel, al pasar junto al radio, lo conecta y continúa en busca de los zapatos mientras su esposa desde la cocina casi le grita que ya puede ir a beber el café.

El tic-tac de la estación radial comienza a martillar a intervalos exactos todo el espacio disponible en aquellos minutos en que Pedro se escuece los labios con el café e intenta de manera simultánea conseguir brillo de sus zapatos, que ya no tienen color definido. La esposa, de pie junto a él, sosteniendo en un brazo al niño y con la mano libre el biberón de leche, le habla acerca de todas las dificultades previsibles para el resto del día, desde una tos que no abandona al hijo hasta la leña húmeda acumulada en el fondo del patio que no servirá para preparar el fogón.

Un trueno retumbó en la distancia, llenando cada rincón de la casa de un bullicio interminable. Pedro calcula los minutos venideros, luego de que discuta con el asesor el controvertido guión del programa radial. A partir de ese instante, podrá dedicarse a ocupaciones menos incómodas: la entrevista con uno de los creadores de la novedosa cámara de desinfección, el encuentro con los niños del centro escolar y la visita a los pescadores para realizar un reportaje. Y desde luego, sin olvidar ocuparse de las necesidades de Pedrín.

Pedrín guardó la pluma en el bolsillo de la camisa y luego de cerrar el libro donde acababa de anotar lo sucedido en su turno de guardia, quedó un momento pensativo. Sus ojos miraban hacia un punto indefinido del horizonte, sin ver los relámpagos a lo lejos ni percatarse de la tormenta que se avecinaba. Dentro de unas horas llegaría a la ciudad y sus asuntos quedarían en orden, con la ayuda del padre, por supuesto. Por vez primera ayer, luego de la conversación con él, tuvo la certeza de que existían entre ellos ideas comunes e intereses compatibles; estaba dispuesto a ayudarlo, a buscar una solución, a tener en cuenta sus demandas de atención. No lo había tratado con apresuramiento, ni había alzado la voz, indignado. Todo lo contrario, comprendía que un joven a su edad ya estaba preparado para formar una familia, e incluso la necesitaba. Recordó su propia época de joven que ya ha abandonado la adolescencia, y dijo haber atravesado por contradicciones similares. Claro, corrían otros tiempos y las circunstancias eran distintas, pero en esencia comprobaba que la vida de los mayores iba repitiéndose en los hijos y con palabras de tolerancia hacia los errores pasados de Pedrín tuvo una conversación con él como nunca antes la había sostenido. Pedrín se puso de pie cuando entraron los otros dos oficiales. Señaló el libro de la guardia, ellos asintieron y el muchacho caminó hacia la salida. Las lloviznas comenzaban a crecer. Debía apresurarse si quería aclarar la zona oscura de sus relaciones con Cándida.

Y Cándida en ese instante acababa de despertar, cansada todavía de la huida atropellada de la noche anterior. Estuvo un rato pensativa en la cama, reflexionando acerca de la conveniencia de conversar con Pedrín. Él se lo había pedido el día anterior, pero no estaba segura de que existiese amor entre ellos en realidad. El descanso y la conversación con la madre la habían ayudado a despejar algunas dudas; qué sentido tenía aferrarse al cariño de un hombre ajeno a su mundo, que no se hallaba condiciones de vivir junto a ella en plano de igualdad. Sonrió asombrada de aquellos pensamientos, recordando una vez más a la madre y el instante en que le aseguró que entre ella y su padre ahora existía una unión sedimentada y profunda.

La muchacha desvió los ojos hacia la ventana y acto seguido se cubrió el rostro con la sábana: un relámpago acababa de resplandecer a lo lejos con su luz azulosa y a los pocos segundos el trueno se convirtió en su eco. Lentamente retiró la sábana. Era preferible mirar la vida tal cual era, sin temores absurdos ni falsas ilusiones; quizás en las pocas horas dormidas todo el amor que creyó sentir por Pedrín se había disuelto en la pesadilla reciente: él la sorprendió cargando en hombros unos monstruosos animales con dos cabezas y la acusaba de haber exterminado todas las especies que guardaban en aquellos corrales construidos en unas cavernas. Pedrín matizaba la incriminación con palabras obscenas y le suponía el apellido Carvajal.

Cándida se puso de pie, lentamente. Volvió a sentarse en la cama, sosteniendo entre las manos la cabeza adolorida. Estaba a tiempo todavía de conversar con el padre antes de encontrarse con Pedrín y hablarle francamente, como solía hacer antes de que éste apareciera en su vida vestido con un traje militar de gala, hermoso e imponente como un héroe de los filmes que ella veía encerrada en el cuarto.

Gustavo conectó el radio sin desconcentrarse de la conducción del vehículo, atendiendo cada irregularidad del terreno, cada charco, cada posible bache. Le disgustaba manejar cuando llovía y mucho más en las ocasiones que las tormentas entraban por la costa amenazando inundar las calles aledañas. Vino a su mente el compromiso contraído con Trinidad: en horas del mediodía Cándida y Pedrín se encontrarían y el padre del muchacho había manifestado la intención de ayudarlos. Debía de haber conversado con la hija con la hija antes de salir, pues llegar de improviso frente a ellos tres podría resultar ofensivo. Sin embargo, el aviso recibido no admitía demoras; perder la oportunidad que se le brindaba, a pesar de la tormenta, era quizás no volver a tenerla.

De todas maneras, piensa en el momento que aminora la velocidad, pudo haber dedicado unos minutos a Cándida. La voz del locutor anuncia la suspensión momentánea del programa e informa las condiciones meteorológicas. Acelera lentamente; el automóvil levanta una ola al pasar por uno de los charcos recién formados en la carretera mientras decide que su deber de padre es no dejar sola a Cándida con sus dificultades.

En pocos minutos la lluvia había arreciado de tal manera que resultó imposible para Pedrín recorrer los escasos metros que lo separaban de la carretera. Además, hubiera sido inútil intentarlo: los vehículos que pasaban por allí no detendrían su marcha, a casi nadie le agradaba recoger a un pasajero desconocido en esas condiciones de tormenta. Caminó hasta la pequeña oficina donde trabajaba con los mapas de entrenamiento y se entretuvo en ocupaciones nimias. Probablemente nunca quiso a Cándida Moreno y todo no fue más que el capricho pasajero de unas noches de lujuria. Registraba con calma en su memoria y descubría expresiones de ella que ahora comenzaban a parecerle sospechosas. Aludían a la pertenencia de ambos a distintos mundos, como si existiera entre los dos una barrera. Antes, esas frases habían pasado para él inadvertidas pues sólo le importaban los besos de la muchacha y sus caricias. En cambio, en ese instante le encontraba otro sentido, diferentes intenciones; quizás ella nunca había asegurado: Pertenecemos a mundos diferentes, pero él así interpretaba expresiones como: Debes prepararte para entrar a mi casa o El día de tu cumpleaños te regalaré algo que jamás has visto.

Cándida escuchaba con aparente atención el parloteo de la madre mientras Hermelinda les servía el desayuno, cuando en realidad trataba de concentrarse, de mirar hacia adentro su propia existencia, dudosa ya de sacrificar un mundo nítido y esperanzador por un hombre cuyo destino no puede prever y que al final quizás acabaría por defraudarla. Trinidad, a su lado, trataba de explicarle los riesgos que corrían las mujeres al responder a los dictados del corazón, pensando en las desdichas que había soportado al lado de Gustavo.

La muchacha la miró a los ojos procurando entenderla, en un intento más por recuperar la distancia recorrida en contra de sus padres, ofendiéndolos incluso si ellos atacaban su amor hacia Pedrín. Hermelinda acabó de colocar el agua retirándose con sus pasos cansados; sólo quedaba ahora el espacio entre la madre y la hija, abierto a las confesiones. El viento golpeó las puertas y ventanas con un zumbido amenazante.

La mesa del fondo en el restaurante de la playa se encuentra vacía, como todas las demás. Aquí pretendían encontrarse Cándida y Pedrín para esclarecer algunos lados oscuros de las relaciones que mantenían desde hacía más de un año. También estaría Pedro, porque no iba a dejar a los dos muchachos a la deriva, aunque para defenderlos tuviese que renunciar a su propio matrimonio: así de trágico se había puesto Pedro Garandel esa mañana cuando con las primeras lloviznas alcanzó la calle y silbando una canción de moda se dirigía a su trabajo protegiéndose del agua debajo de los portales.

Gustavo Moreno había decidido llegar a la mesa del fondo cuando ya ellos tres hubiesen comenzado a conversar. Contaba con la sorpresa de Cándida, el temor de Pedrín y la indignación del padre de éste. El, en cambio, sonriendo bondadoso solicitaría permiso para ocupar la silla vacía. Es más, indagaría qué deseaban beber como aperitivo.

-Bien, amigos -pensaba decirles juntando las manos con los codos puestos encima de la mesa como era su costumbre-, ya que nos hemos reunido, es hora de entendernos.

Pedro no hubiese contestado. Era demasiado astuto para dejarse envolver por las trapacerías de este señor oloroso a perfumes de mujer, vestido siempre con camisas de mangas largas aunque hiciera un calor sofocante y que en una oportunidad se había atrevido a calificar a Pedrín de vago, perseguidor de muchachas honestas y otras ofensas de las cuales era preferible ni acordarse.

-Hablemos con franqueza -repetiría Gustavo al concluir que sus palabras iniciales no causaban impresión alguna.

Pedrín sí se encontraría impresionado. Como de costumbre, el dinero en los bolsillos era escaso y le iba a resultar incómodo sentirse una especie de anfitrión en bancarrota.

La tormenta impidió el encuentro de los cuatro en el restaurante de la playa y ese día tampoco hubo comensales allí. Como otras veces en tiempo de lluvia torrencial, las olas cubrieron los arrecifes y el mar avanzó por la arena hasta chocar contra los muros del restaurante. Algunas cajas de cartón vacías se impregnaron de agua y los únicos sacos existentes en el almacén estuvieron a punto de salir navegando. Ninguno de los cuatro pudo llegar al restaurante.

Meses después se repitió una tormenta similar mientras Gustavo viajaba por Europa en asuntos de negocios. Cándida estaba sola en la casa y cuando había pasado todos los cierres de las ventanas escuchó que tocaban a la puerta. Esa Hermelinda, pensó, la vieja zoqueta: siempre olvida la llave cuando sale. Fue a abrir y al ver una figura de hombre a través de la rendija intentó cerrar de nuevo. El empujón de un brazo potente se lo impidió.

-¿Qué quieres?

Él, por toda respuesta, colocó un pie entre el marco y la puerta.

-Déjame pasar.

La muchacha presionaba la puerta hacia fuera.

-Vete.

Junto con la petición se escuchó un suspiro; la puerta fue abriéndose. El hombre avanzó sonriente.

-¿Por qué me abriste?

Cándida recorrió el cuerpo del hombre con la mirada. Levantó un brazo con un gesto involuntario y el sonido de las pulsas de oro lo excitó. Empezaron a besarse.

Días después, Pedrín estuvo conversando con Rosina durante una ausencia ocasional del coronel Martínez. Llovía y la mañana era de un color gris oscuro. La muchacha, aprisionada en los pantalones del uniforme militar, lucía apetecible. Reía constantemente con las historias de Pedrín sobre los sueños que lo atacaban con frecuencia; en uno de éstos, según él repetido noche tras noche, ella se presentaba para conducirlo hasta el cielo y al descubrir que ambos se hallaban desnudos decidían continuar hacia el infierno.

Un cuento detrás del otro, un trueno tras otro, entraron en el terreno de las confidencias. Ella no era la amante del coronel Martínez como opinaban algunos; tampoco estaba enamorada de ninguno de los hombres de allí. Una confidencia encima de la otra, un relámpago entre trueno y trueno, acabaron acariciándose las manos y cuando sus bocas empezaron a entreabrirse para marchar por otros rumbos, escucharon la voz de alerta gritada por el soldado de la guardia. Pedrín, fastidiado, recogió la camisa del suelo; nunca como esta vez le incomodaba que llegase el coronel Martínez.

Años después, Pedro Garandel caminaba despacio por las calles de la ciudad, auxiliándose con un bastón. Se detenía en las esquinas en espera de que alguien le ayudase a cruzar. No le gustaba hablar del pasado, lleno de malos recuerdos; en esas oportunidades, siempre acababa rememorando los pormenores del accidente, y enfermo de nostalgia durante unos cuantos días lloraba encerrado en su cuarto. No había vuelto a beber desde aquella oportunidad, no compartía ni un momento con sus antiguas amistades, apenas visitaba a los familiares. Era un solitario. Caminaba por las calles acompañado de su bastón y esperaba con tristeza en las esquinas.

En Barcelona, Gustavo Moreno estuvo pensando durante cuatro meses qué actitud asumir ante sus conflictos personales. No estaba seguro de que Trinidad todavía lo quisiera, si es que alguna vez lo amó, y Cándida acabaría por tomar un rumbo independiente. Contó con paciencia cada uno de los ciento veintidós días, anotando la fecha en una pequeña libreta. Cada noche libraba una nueva batalla consigo mismo, sopesando las acciones y sus consecuencias. Era como una gota de agua encima de la cabeza; gotas que se convertían en dudas, reflexiones, enigmas. Hubo oportunidades en que recordó los conflictos de Hamlet y no pudo evitar una sonrisa. En vez de disfrutar la vida, se decía en ciertos instantes, empleo el tiempo estudiando aspectos insulsos sobre el desarrollo de las relaciones mercantiles y el comportamiento de los individuos ante el trato deferente y cortés, oferto facilidades de pago y muestro fotografías en colores que hermosean la realidad.

Llegado el día ciento veintitrés, Gustavo emprendió el viaje de regreso; Trinidad y Cándida lo recibieron emocionadas; comprendió una vez más que en la distancia las pasiones se exacerban y con la soledad la imaginación acaba por convertirse en la búsqueda del eterno movimiento.

En una ciudad cosmopolita, Cándida Moreno habría esperado a Pedrín sentada en una mesa de un pequeño restaurante. Las olas chocarían contra las paredes del fondo y su rugido sería similar al de miles de fieras enjauladas. Precisamente en ese momento habría llegado Pedro Garandel acompañando a su hijo y darían inicio a una conversación amistosa. El único obstáculo sería la presencia de Gustavo, quien aparecería de improviso: Pedro lo aborrecía porque utilizaba perfumes con olor a mujer. Pedrín siempre le había temido por sus aires de grandeza y Cándida lo consideraba un cobarde.

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