Las trágicas pasiones de Cándida Moreno

Capítulo 6

CAPITULO 6

Meses después, al igual que cada día, Pedro Garandel salió apresurado de la casa, dando un portazo violento, y ya no escuchó más el llanto del niño, un llanto cotidiano: apenas los oía levantarse de la cama y buscar a tientas las chancletas, iniciaba unos gemidos cortos e intermitentes, más bien una especie de ronroneo; las veces que ellos no le prestaban atención y salían del cuarto ofendiéndose uno al otro, sobre todo en las ocasiones que olvidaban situar la aguja del reloj frente al número cinco, el ronroneo se transformaba en gemidos entreverados con hipidos y palabras incomprensibles para otros, no para los padres que ya conocían su código verbal. Y si el conflicto entre Pedro y su esposa era de tal magnitud que entre alimentar dos pollos minúsculos guardados en una jaula situada en la cocina y prender un fogón en el patio con trocitos de leña y basura reseca optaban por la segunda acción, entonces el manantial del llanto se desbordaba y no podían contenerlo sino con dos biberones de leche.

Precisamente en ese instante Pedro ha huido del bullicio que arman el niño y la madre; ella grita tanto como éste y además protesta porque debe desgastar sus pulmones soplando los pedazos de madera y el humo le penetra hasta por los ojos. Cuando inicia el ascenso de la pequeña cuesta que lo conducirá a su destino, todavía recuerda el gesto airado de la mujer en clara señal de protesta contra la bata de casa raída por cuyos agujeros asoma la piel en la que comienzan a formarse grietas.

Mientras camina sin apresuramiento, piensa en las intenciones y deseos de Pedrín. Varias bicicletas pasan casi rozándolo, le gritan que se aparte y uno del grupo lo trata de manera obscena; cuando reacciona la respuesta se le queda atravesada en la garganta. Sube a la acera y continúa inmerso en sus pensamientos, dándole vueltas al asunto, buscando una solución para las inquietudes del hijo.

Las luces en el interior de las viviendas parpadean y al apagarse por completo, comprende que tampoco hoy podrá utilizar su mesa de trabajo en la estación radial y tendrá que salir a deambular, en busca de un sitio donde elaborar el guión del próximo programa que le queda pendiente. O tal vez aproveche para ir donde Pedrín.

Al llegar a la panadería calculó la cantidad de personas que esperaban; preguntó en voz alta y al fin le respondieron sin muchos deseos desde el principio de la fila. Se mantuvo silencioso durante todo el tiempo; en la actualidad, no entablaba conversaciones en aquellos sitios, temeroso de provocar un escándalo; semanas antes, una mujer de edad avanzada contestó con violencia a un comentario suyo sobre lo fastidiado que estaba de hacer colas.

Le preocupaba la situación de Pedrín; a su edad, la vida podía detenerse en una mujer y sentir el impulso de proceder como uno de los muchachos del barrio que debajo del laurel bebían y fumaban a toda hora: la novia lo había abandonado por otro del propio grupo y la esperó una noche en una esquina solitaria armado de su rencor y del miedo al ridículo entre los demás, quienes mugían cuando él llegaba; o como uno de sus compañeros de trabajo, que luego de una discusión violenta con la esposa lo sorprendieron con una soga al cuello. No: Pedrín no era de esos. ¿Y si lo era? ¿Y si en realidad su capa exterior no era tan dura como aparentaba?

Sin salir de la duda, entregó el dinero junto con la pequeña libreta y luego de recoger el pan estuvo fracciones de segundos pensando en qué dirección quedaba su casa.

Después de desayunar, salió a toda prisa sin escuchar apenas las advertencias de la esposa sobre la conveniencia de recoger al niño en el círculo infantil más temprano que de costumbre; ella quedaba allí, en su lucha diaria contra los zapatos del hijo que no querían entrar en sus pequeños pies y murmurando ofensas contra el marido quien consideraba una estupidez dedicar el tiempo a la crianza de dos pollos tan pequeños debajo del fregadero. Ella quedaba indignada como siempre contra Pedro, quien casi no abría la boca por estar pensando en el mayor de sus hijos.

Y cuando Pedro Garandel entró al edificio donde trabajaba, apenas vio a su amigo Felipe la sonrisa se le desbordó amplia y benevolente. En presencia de todos los que habían llegado y marcaban la tarjeta en el reloj o comentaban alegres sobre las fiestas de la noche anterior, Pedro solicitó la bendición a su amigo y éste, fingiendo voz de anciano desdentado le aconsejó elegir entre dos caminos siempre el peor. Muy pronto reinó en aquel pequeño espacio la algarabía de gente despreocupada, jaranera y divertida con cuanta broma se escuchaba. Alguien rogó atención y Pedro no pudo contenerse, al menos dentro de su cerebro: le molestaba oír hablar a Román y hoy tendría que escucharlo durante casi media hora como otras veces en la habitual reunión matutina.

El resto del día apenas le alcanzó a Pedro para elaborar todos los escritos que se había propuesto y visitar a uno de los creadores de la cámara de fumigación. Cuando llegó al laboratorio, estaban esperándolo todos los que habían contribuido a construir la cámara y conversaron durante casi dos horas.

Al final de la tarde, luego de regresar a su casa con las mercancías que fue a comprar, se bañó y comió apresurado. Había determinado encontrarse frente a frente con Cándida Moreno porque estaba en juego la felicidad de Pedrín.

Días después, Gustavo se niega a creer que al automóvil fuera a fallarle el encendido. Debe recoger a los visitantes en el aeropuerto alrededor de las nueve, y apenas le quedan unos minutos para desayunar. La noche anterior ha abusado de la bebida; supuso la borrachera desde que las botellas comenzaron a circular y la cantidad excesiva terminó por derrotarlos a todos. Ahora recuerda con imprecisión cómo se acercaba a la olla hirviente y en presencia de sus vecinos retiraba la tapa para olfatear aquella mezcla de plátanos, boniatos, yucas, calabazas y huesos que él catalogaba allí, en medio de la calle, para que nadie se atreviera a desmentirlo, como manjar exquisito de los dioses paganos.

También cantó las coplas del pirata y el cofre del muerto, abrazado de uno de los vecinos tan borracho como él, las décimas que elogiaban las delicias del acto sexual y las cuartetas sobre el trato del esqueleto.

Entra a la casa resignado y le pide a Hermelinda que primero le sirva café sin azúcar; luego de tragar una pastilla y consumir el vaso de agua casi completo, comienza a masticar el bocadito. Cándida le parecía anoche una muchacha feliz; ha cambiado mucho de parecer a partir de la conversación sostenida con Trinidad la noche anterior al día de la tormenta. Ya no consideraba a Pedrín el único hombre sobre la tierra, todo lo contrario: era un individuo común y corriente, capaz de cometer actos de heroísmo o de bajezas humanas como cualquier otro.

Le ordena a Hermelinda traer otra taza de café. Si de pequeña le hubiese dedicado más tiempo a Cándida nunca habría estado a punto de perderla para siempre. Porque, para él, de ella casarse con alguien ajeno al círculo de intereses en el cual se movían, quedaría convertida en otra persona. No podía aceptar que su hija estuviese obligada a trabajar para subsistir.

Después de intentar comunicarse con su secretaria por teléfono sin lograrlo, abre la verja de hierro más pequeña y comienza a caminar por la acera. A lo lejos el mar ruge violento y él recuerda la mañana de la última tormenta que azotó la ciudad. Lentamente, marcha a lo largo de la avenida sombreada por laureles. Una brisa agradable choca contra su cuerpo, pero él apenas la percibe. Avanza sin deseos y al llegar al cruce de ambas calles alguien le grita desde un automóvil.

-¿Qué te pasó? -pregunta asombrado el hombre que va al timón-. Jamás te había visto a pie.

-Amanecí roto -contesta Gustavo. Su voz es de fastidio; interroga al otro con la mirada y es como si pudieran entenderse sin hablar.

-Sube -le dice el hombre.

Gustavo sonríe. Una sonrisa de agradecimiento.

El resto de la mañana transcurre para él entre frases protocolares, conversaciones por mediación de un traductor y brindis de cocteles. Los cumplidos no se escatiman dentro de la oficina de Gustavo, una espaciosa sala con una mesa redonda y varias sillas acolchadas a su alrededor. Como agradable fondo de aquella especie de recepción, se escuchan las canciones de un trío profesional y el entrechocar de las copas. Un ligero mareo sacude la cabeza de Gustavo, mareo bien distinto al de la noche anterior, cuando en una oportunidad creyó estar bebiendo alcohol de precalentar fogones. Aquí es distinto: las expresiones son cultas y comedidas y conducen a un objetivo tangible para él: viajar de nuevo al extranjero. Avanzada la tarde, mientras con los ojos semicerrados descansa en una cómoda silla frente a su amplio buró, vuelve a pensar en Cándida. Y en Trinidad. Últimamente encuentra esquiva a la esposa, su comportamiento resulta poco habitual. No en la cama desde luego, cuando carcomidos por la lujuria avanzan uno contra el otro con claras intenciones de devorarse hasta el último resquicio de cordura. Más bien sucede en los momentos que pudieran dedicar a la conversación franca y abierta sobre temas íntimos, personales. Por supuesto, no sospecha la existencia de otro hombre en la vida de su esposa, eso jamás: Trinidad es demasiado pura y honesta como para traicionarlo. Pero no le caben dudas que algún conflicto la roe por dentro y no quiere confesárselo, quizás con el objetivo de no perturbarlo ahora que al fin el viaje suyo a Noruega es casi una realidad.

Se pone de pie, enérgico. Mira el reloj y pide a la secretaria que marque un número telefónico. Espera unos instantes y escucha la señal de ocupado repetirse una y otra vez. Sacude la cabeza contrariado; cuán difícil resulta hablar con Pedrín.

Oprime de nuevo el botón del intercomunicador y le ordena a la secretaria que venga a organizar la oficina. Cuando entra la muchacha, una hermosa joven ataviada con bisuterías de artística elaboración y olorosa a perfumes exóticos, la mira con codicia.

-Cuando termine, avise a Remberto que me recoja -dice. Acaba de tomar una decisión: irá a conversar personalmente con Pedrín.

Años después, llegaría a saberse que la intención de Pedrín no era discutir con Carvajal, ni entrar en conflictos con él. Simplemente, esclarecer algunas dudas y equívocos surgidos por culpa de Augusto, a quien siempre tuvo por amigo. Era difícil para él criticar de esa manera a alguien al cual se sentía unido más que por los años, por las alegrías y vicisitudes experimentadas en común. Pero le hablaba con franqueza, Carvajal: jamás he dudado de su integridad como revolucionario.

Pedrín se irguió, respetuoso. Estaban los dos solos en la oficina, nadie podía escucharlos pues finalizado el almuerzo casi todos iban a la habitación del fondo a dormir y las mujeres salían hacia la casa aledaña donde descansaban. Por lo tanto, hablemos con franqueza, exigió Carvajal. Los detalles ofrecidos por Augusto se le parecían demasiado a los recuerdos que guardaba en su memoria desde hacía años, y no veía la necesidad que tendría éste de mentirle.

-Envidia, Carvajal -razonó Pedrín, preocupado. Nunca faltaba un contratiempo en la vida. Estaba a punto de lograr sus propósitos y surgía el inconveniente de la desconfianza por parte de Carvajal. Sin su apoyo, resultaba prácticamente imposible triunfar en sus aspiraciones personales. Y no es que le importase para sí mismo, sino porque necesitaba demostrarle a Cándida su valor por encima del de cualquier otro de sus actuales pretendientes.

Carvajal se colocó debajo del ventilador con el objetivo de secarse el sudor que le corría desde la frente hacia las papadas. Agitó ambos brazos.

-Yo no tolero burlas de ningún tipo contra mí.

Pedrín estuvo a punto de echarse a reír, de confesarle que efectivamente Augusto tenía razón: entre los dos habían dibujado el muñeco panzudo que apareció en el mural con las leyendas obscenas y la clara alusión al robo de animales en los corrales; sin embargo, le dio un manotazo a la idea.

-Usted me conoce desde hace años -trató de convencerlo Pedrín con su mejor carta de triunfo: la seriedad de carácter que todos le suponían.

El otro quedó en silencio unos instantes y Pedrín trataba de no mirarlo; temía explotar en una risotada y confesar que el domingo anterior en el cumpleaños del hijo de Augusto alguien había sugerido buscar una foto de Carvajal y colocarla en el lugar de la cabeza del burro. Eran bromas que utilizaban en la unidad militar con cualquiera, aun en su presencia, pero que Carvajal hubiese tomado como una grave injuria contra la autoridad representada por su persona.

El hombre grueso acaba de desabotonarse la camisa y avanza hacia una de las camas, más calmado. Ha estado a punto de sonreír.

-Olvidemos esa vaina, muchacho.

Luego de quitarse la camisa, el teniente coronel se sienta en la cama comenzando a desacordonarse los zapatos.

-Me has convencido, teniente Garandel. Mereces que proponga tu ascenso al grado de capitán.

Pedrín suspira aliviado. Ahora tiene la certeza de que podrá reconquistar el amor de Cándida Moreno. Ella tendrá que admitir su triunfo cuando lo vea con los mismos grados que Martín Requenas.

Cándida Moreno tiene la sensación de estar caminando encima de la nieve; siente temor de que la ventisca se repita. Jamás pensó verse vencida por la distancia, el cansancio y el aburrimiento. Al llegar a la esquina escucha una música que la llena de nostalgia; se trata de un enamorado a quien el destino le roba su amor, porque destruye a la amada en un accidente. Jamás pensó que la distancia fuese tan demoledora como para aniquilar sus ilusiones en unos segundos. Entretenida en tales pensamientos no advirtió cómo transcurrieron las horas, los días, los meses y los años. Quedó convertida en una anciana y con el báculo no sólo ahuyentaba a los perros que pretendían morderla, sino también llamaba la atención de la gente para que la ayudase a cruzar la calle. A nadie le importaba, ninguno preguntó si tenía que pasar hacia el otro lado. Los niños empezaron a confundirla, y cuando desde una nube le gritaron que se apartara, creyó descubrir la añorada voz de Pedrín.

Entonces recuperó las ilusiones y con éstas la juventud. Pero de todas maneras la gente continuó pasando por su lado sin importarle los sufrimientos de ella. Le indignaba haber abandonado las comodidades de su habitación, los servicios de Hermelinda, el amor enfermizo de la madre y las preocupaciones del padre, para venir hasta aquí, donde la nieve nunca se derretía, al espacio de coincidencia sin ancianos ni sus ideas anquilosadas, en busca de Pedrín, y que él estuviese casado con la secretaria del coronel Martínez.

Al menos le quedaban las ilusiones, porque la juventud no podía detenerla indefinidamente. Y volvió a llorar, como cuando era niña y deseaba un juguete. Entonces despierta con los ojos anegados de lágrimas y comprende que no se ha movido de su cama.

Sin necesidad de recurrir a subterfugios, Gustavo Moreno logró conversar con Pedrín. La carretera estaba solitaria ese domingo en la mañana, y de casualidad coincidieron. Pedrín vestía un traje deslavado, casi blanco, y el cansancio se reflejaba en su rostro cuando detuvo los pasos en medio de la carretera y le hizo señas al automóvil. El chofer frenó unos metros delante y él correteó el breve espacio, eufórico. Primera vez en los siete meses de hallarse en esta zona que un vehículo particular lo recogía.

-Porque no todas las personas en el mundo son iguales -alegó Gustavo mientras extraía una cajetilla de cigarros y le brindaba a Pedrín. Asombrado por la marca, éste aceptó, pero se abstuvo de manifestar estupor. La de hoy sería una historia digna para contársela a Augusto: lo recogían en un automóvil cuyos asientos estaban forrados con auténtica piel de conejo, oloroso a perfume del más caro, y encima de ello le obsequiaban un cigarro extranjero.

En un momento de su conversación durante el trayecto, Gustavo calificó a los jóvenes actuales de irresponsables y Pedrín se opuso a ese concepto: los jóvenes constituían una generación y en cualquier época de una forma o de otra representarían al futuro contra el pasado: yendo a la guerra para luchar por la libertad o raptando doncellas con el objetivo de romper convencionalismos. Gustavo movió la cabeza, admirado. Sonrió ligeramente pensando a la vez que este muchacho no era ningún estúpido; era de esos individuos a los que podía ayudarse a escalar el primer peldaño de la vida, con la seguridad de que al final conquistarían solos el mundo.

-¿A qué piensas dedicarte cuando termines el servicio militar? -indagó.

Pedrín no anduvo con vacilaciones para contestar.

-Continuaré estudiando -dijo.

Se propuso no perder de vista a este joven. Tendría una edad similar a la de su hija, y como ella ansiaba aprender todo lo nuevo. Adivinaba en la mirada suya la resolución del vencedor.

Siguieron conversando, ajenos a las circunstancias que estaban poniéndolos en contacto, porque Pedro Garandel en aquel mismo instante entraba al instituto preuniversitario dentro de un vehículo preparado para transmitir programas a distancia, y cientos de muchachos uniformados lo rodearon. Los estudiantes no parecían cansados a pesar de que además de las clases en horas de la mañana, por la tarde habían desyerbado con las manos unos extensos campos sembrados.

El chofer concluyó las maniobras y todas las gargantas corearon consignas y lemas alegres, de un optimismo indiscutible. Una muchacha rubia, de ojos hermosos y a quien el uniforme no le restaba belleza como a algunas otras de las que por allí venían a curiosear y a pedir canciones de moda, llegó donde Pedro. Sin preámbulos, le preguntó:

-¿Es aburrido su oficio?

La pregunta lo sorprendió. Había aprendido a conocer a las personas, su trasfondo humano, de acuerdo a las respuestas que ofrecieran durante las entrevistas. Se jactaba entre sus compañeros de haber descubierto a un ladrón diez años antes que el individuo pensara cometer el delito: cuando lo entrevistó para uno de sus programas, siendo entonces un trabajador sin cargo alguno, encontró que sus palabras resultaban falsas; diez años más tarde, como director del mismo lugar, fue encausado en condición de autor de un desfalco de incalculable envergadura. Sin embargo, conocer a las personas por las preguntas que formulasen no era oficio de periodista; no obstante, sabía que aquella muchacha no sólo era atractiva y aventajaba a sus restantes compañeras por la profundidad del pensamiento, sino además que el deseo sexual estaba consumiéndola y acabaría por encontrar a un tonto que se enamorase de ella perdidamente.

-¿Cómo te llamas? -atinó a preguntar Pedro, cuando ya iba a sucumbir contestando la interrogante de la muchacha.

-Cándida Moreno -dijo ella indiferente y empezó a alejarse.

0
0
0
s2sdefault

Escribir un comentario

NOTA IMPORTANTE SOBRE EL USO DE LOS COMENTARIOS:
Por favor, recuerde que los comentarios son comentarios no un consultorio, es decir, si usted tiene algún tipo de consulta que realizar, hágalo en nuestros foros, (http://www.conexioncubana.net/foro) allí siempre hay personas dispuestas a ayudar.
Gracias.


Código de seguridad
Refescar