Las trágicas pasiones de Cándida Moreno

Capítulo 7

CAPITULO 7

Meses después, la vida no transcurrió como todos los días para Pedrín Garandel. Mientras el camión en que iba devoraba los kilómetros, su mente marchaba hacia atrás, cuando era tanta la oscuridad que de sólo pensarla, aterraba.

Una tras otra, horas de lluvia mantenían a Pedrín con el cerebro ocupado en pensamientos distantes de sus preocupaciones privadas. Entre él y Carvajal tenían la responsabilidad de organizar el traslado de los animales desde los corrales hacia un lugar seguro, controlar el cumplimiento del relevo de la guardia, velar porque los soldados durmiesen al menos seis horas para evitar su agotamiento y sobre todo mantener la disciplina. Conocía a fondo a sus subordinados gracias al trato franco y camaraderil que empleaba con ellos y sabía que aunque casi todos eran prácticamente imberbes, si se les hablaba desde el lado humano podían evitarse castigos que a la postre los convertirían en unos rebeldes. Impidió la sustracción de unas aves que los soldados pretendían consumir a escondidas, les prohibió beber ron mientras estuviesen trabajando y evitó una riña tumultuaria originada por una discusión sin sentido.

El teniente coronel Carvajal lo dejaba hacer, confiado en las habilidades de Pedrín para tratar a los muchachos, como éste los llamaba; enfundado en la gruesa capa de lona, arrellanado en el asiento del jeep que conducía el propio Pedrín, lo miraba complacido desplegar su actividad. Profieriendo un grito allí donde resultara necesario, llamando a solas al promotor de algún conflicto y hablándole en voz baja o acercándose a los morosos que detenían el trabajo.

Cesaron las lluvias de improviso y un sol grande manchado de líneas púrpuras y reflejos multicolores apareció en el horizonte en compañía del cielo diáfano y tranquilo. El agua corría por las acequias naturales, yendo a desembocar en arroyuelos tributarios del río mayor, encrespado e impetuoso. Desde una elevación Pedrín, con los brazos cruzados detrás de la cintura, comentaba con Carvajal las pérdidas ocurridas en los corrales. Muy pronto empezaron a derivar la conversación hacia asuntos más íntimos y le habló con franqueza al teniente coronel: consideraba urgente ausentarse unos días a pesar de la situación de desastre existente en la unidad militar.

En la ciudad aún predominaba el olor a tierra húmeda cuando Pedrín bajó del camión. Echó a andar con pasos lentos y pesados, no tanto por el cansancio sino para evitar el crujir de las botas que, todavía empapadas en agua, al rozar con la piel producían un ruido incómodo. Llegó a su casa y encontró a los hermanos dispuestos a la algarabía, arrebatándose juguetes inservibles, acabados de levantar y semidesnudos todavía. La madre, desde la cocina, le comentó con desgano que se le hacía tarde para el trabajo y se alegraba que él hubiese llegado.

-Así conversas un rato con tus hermanos -concluyó la madre su parloteo y escuchó la caída de un líquido en una vasija metálica.

Mientras tanto Pedrín trata de concentrarse en los detalles que no debe olvidar pero los niños saltan de un lado hacia otro gritando mientras lanzan los deshechos juguetes contra el piso. El pañuelo, Dios mío, dónde lo pusieron; mamá con su maldita costumbre de esconderlo todo, desde los orinales hasta los litros de leche; aquí tampoco, ni en esta caja de cartón, ¡maldita sea!

-¡Cállense ya! -les grita a los hermanos.

Después de encontrar el pañuelo, debía pensar en el pulido de los zapatos; ya no había tiempo para ir donde el limpiabotas. Los niños salieron a corretear al patio mientras un perro manso los saludaba con ladridos de alegría y él al fin pudo concentrarse unos instantes. Estos malditos zapatos, con más cuarteaduras en las suelas que un terreno reseco; y el agujero en la puntera nunca se lo había notado, qué le vamos a hacer; esconderé este zapato detrás de una pierna.

Cuando la madre vino desde la cocina con una taza de café humeante que puso en las manos de Pedrín, se quejó de todas las dificultades por las que decía estar atravesando.

-¿Dónde tú vas tan bien vestido? -preguntó de improviso, como dándose cuenta de que Pedrín no la estaba escuchando.

Él observó sus zapatos tratando de verse a sí mismo y comprobar si efectivamente era elegante la indumentaria. Movió los hombros hacia arriba y contestó:

-A encontrarme con mi novia. Ella no podía creerlo. Pedrín apenas les dedicaba unos minutos; se sentía triste en aquella soledad.

-¡Muchachos! -gritó, mirando en dirección al patio y los cuatro chiquillos corrieron hacia ella, prendiéndose de su vestido alborozados.

Pedrín sale, aprovechando que su madre está entretenida con los niños. Me siento ridículo con esta ropa tan deslavada y sobre todo, con señales de no haberme pertenecido cuando fue nueva; jamás me había sucedido que las manos me sudaran, ni cuando fui a disparar por vez primera y temía que el fusil rebotase y me matara.

Camina despacio por la calle, absorto en sus ideas, sin advertir que muchos lo miran al pasar, pues mueve los labios y gesticula constantemente. Déjame volver a revisar el dinero; tres, cuatro, cinco y por acá, un menudo.

Cruza una esquina y siente que el aire marino le refresca el cuerpo. Si pudiera entenderse con el padre. Papá es muy obsesivo: eso no te conviene, no te juntes con los del barrio, no te acuestes con las mujeres que van a los hoteles en busca de extranjeros; siempre con un no en la boca, como si le preocupara tanto mi vida.

Al rato, pasa por la zona donde el olor a marismas le hace sentir asco; varios obreros trabajan en una construcción de muchas plantas y él se detiene un momento, pensando en lo confortable que resultaría la luna de miel en un hotel como este.

Cuando Pedrín llega al restaurante de la playa, siente cómo su corazón late apresurado al ir ascendiendo la escalinata que lo conducirá a la puerta de cristales. Meses atrás, la entrevista que pudo haber sostenido en la mesa del fondo con Cándida Moreno en presencia de Pedro Garandel se vio frustrada por una tormenta similar a la que acababa de azotar la región. La brisa del mar lo despeina y se arregla el cabello antes de llegar donde el capitán del restaurante, vestido con un traje oscuro y elegante, le cierra el paso con su cuerpo.

-¿Qué desea? -le pregunta con una especie de fastidio en la voz-. ¿Usted no sabe que desde ayer todo lo que se consuma aquí hay que pagarlo con divisas?

Pedrín advierte que la rabia comienza a ganarlo pero se contiene. No es conveniente para la salud ni para la opinión que se forman de uno los demás protestar continuamente. Viene a su memoria como un recuerdo fugaz aquel conflicto con el que es hoy su protector. El teniente coronel Carvajal lo había tratado indiferente cuando siendo él un soldado fue a recomendar un punto de guardia más efectivo durante la vigilancia de los corrales y a partir de ese momento se convirtió en un rebelde. Protestaba por los frijoles duros o muy blandos, por la suciedad de los baños, por los horarios nocturnos de guardia tan continuados que le correspondían, por la cantidad de terreno a desyerbar. Pensando en aquellos días que logró salvar convenciéndose de que mientras él luchaba porque no se perdieran los animales que servían para alimentar a sus compañeros, ellos no se cansaban de incomodarlo con sus críticas y apodos, decidió hablarle al del traje en tono comedido.

-Estoy invitado por la hija de Gustavo Moreno. Me espera en la mesa del fondo.

La mención del apellido surte el efecto esperado, porque el hombre del traje suaviza la expresión y hasta se permite una broma que Pedrín finge no escuchar. En otras circunstancias le hubiese virado la nariz de un puñetazo a este barril con piernas.

Empuja la puerta y en la mesa del fondo descubre a la muchacha que lo saluda sonriente imitando con la mano el vuelo de un pájaro. Ya huele su perfume de jazmines y de rosas; imagina que dentro de pocas horas volverá a ser dueño de su hermosura y esta vez se propone que sea para siempre.

Años después, la vida no había transcurrido para Cándida Moreno como ella la había soñado. Ya su padre no viajaba a París ni a Estocolmo y sobrevivía como empleado subalterno en uno de los hoteles construidos en la playa por un convenio con la Canadian and Caribbean Corporation, y Trinidad había acabado por perder la hermosura de su cuerpo.

Aquella tarde de un final de año, Gustavo había venido a buscar a su hija porque le inquietaba que viviese allí, en dos habitaciones a medio construir y con el piso rugoso. Ella fue hacia la cuna donde lloraba el niño y antes de cargarlo en brazos estiró las cobijas.

-Me avergüenza verte en la situación en que vives, en medio de las más crueles vicisitudes. Y todo por seguir a un hombre que no te merece en ningún plano.

Cándida caminó hasta la pequeña mesa donde en una desordenada mezcolanza se unían alimentos sin cocinar y vasijas, algunas con huellas de tizne o de grasa.

-También me entristece -continuó el padre, melancólico-. Sobre todo, cuando alguno de mis antiguos compañeros de la empresa que dirigí se encuentra conmigo. Y para ofenderme, me insinúa haberte visto. Así nada más: que te ha visto.

Él imaginaba el resto de la escena: su única hija, antes tan atractiva, ahora condenada a empujar solitaria el coche con el niño dentro, cargada de bolsos o esperando en una cola interminable a que le correspondiese el turno para comprar una mercancía que podía agotarse de inmediato.

Ella prendió el pequeño reverbero haciendo equilibrio para no estropear al niño; colocó una coladera en el borde de un pequeño jarro agregando leche de otro más grande.

-¡Me da rabia! -exclamó Gustavo Moreno golpeando con un puño cerrado la palma de la otra mano.

Mientras ese individuo al que llamaba su marido, Pedrín Garandel, andaba caminando quién sabe por cuáles derroteros, despierto toda la noche al lado de un teléfono en la unidad militar o cazando jovencitas tiernas, su hija aquí desvelada, pensando en él o atendiendo al niño que había aparecido en el mundo con la marca del sufrimiento en la frente.

Cándida hizo un esfuerzo para no contestar de manera ofensiva las virulentas palabras del padre. Sopló la llama azulosa y ocupó una silla desequilibrada junto al padre, quien se volvió para contemplar con ternura al nieto que, ávido, bebía la leche. Ella iba meditando en silencio lo que decía ahora el padre, mientras observaba que todo su pelo había acabado por encanecer. Admitía que no fue por falta de consejo que había cometido el error de unirse a un hombre que pensaba más en las obligaciones con los de la calle que en los deberes para con la familia; tanto él como Trinidad habían tratado de persuadirla, de convencerla que no podría ser feliz al lado de una persona cuyos intereses no estaban en correspondencia con los suyos.

-¿Puedes cargar al niño, papá? -rogó Cándida aprovechando unos instantes de silencio de Gustavo.

Mientras el abuelo jugaba con el niño haciéndole carantoñas y simulando lanzarlo al aire divirtiéndose con sus risotadas de contento, ella aprovechó para enjuagar el biberón y fregar algunas vasijas cuyas paredes tenían costras de alimentos endurecidos.

-Ahora escúchame a mí, papá -se acercó la muchacha secándose las manos con el delantal.

Gustavo dejó de lanzar al niño, sobresaltado con el tono de tragedia con que había hablado su hija. Colocó al pequeño a horcajadas en una pierna y comenzó a moverla de arriba abajo suavemente.

No resultaba tan fácil como él pensaba abandonar a aquel hombre que se había convertido en su obsesión; más que amarlo, lo idolatraba. Quería a Pedrín por encima de todo, no iba a ocultárselo; tan grande era la felicidad que sentía al hallarse en compañía suya, que si por recuperarlo para ella sola tuviese que entregarle su alma al diablo, no vacilaría.

La muchacha llevó el delantal a los ojos y el padre hizo ademán de ponerse en pie pero se detuvo cuando el nieto rompió a llorar; entonces continuó moviendo la pierna.

No le importaba aquella estrechez en que vivía, ni haberse visto obligada a trabajar para contribuir al sostén de la casa, pues por cierto el alquiler que pagaban era abusivo a pesar de que aquellas habitaciones pertenecían al mejor amigo de su suegro; tampoco le dolía verse envuelta en el torbellino diario de un ómnibus que la mayor parte de las veces no se detenía donde ella esperaba, las tareas aburridas y agotadoras en la oficina, el regreso apresurado en horas de la tarde con la incertidumbre siempre de qué cocinar y la recogida del niño para cumplir las obligaciones domésticas antes de ir a la cama y al día siguiente recomenzar el agotador ciclo de la vida, como si fuese una oveja que llevan al matadero.

Gustavo detuvo las mecidas del somnoliento niño yendo a colocarlo suavemente en la cuna. Fue acercándose con pasos cansados a la hija, tomó una de sus manos y le acarició el pelo como hacía cuando era pequeña.

-Lo único que me duele, papá, es haber descubierto la traición.

-Cálmate niña mía, no llores -dijo el padre.

Le indignaba el descaro de Pedrín cuando los encontró juntos al presentarle a la tal Rosina como su secretaria. Había sentido rabia en ese instante y olvidando todas las reglas de convivencia que le habían enseñado ellos desde niña los escupió en la cara a los dos.

El padre la acariciaba sin dejar de rogarle que no continuara llorando. Ella recostó la cabeza en su hombro mientras sollozaba y se quejaba con palabras que destilaban amargura. Haber dedicado sus mejores años a Pedrín, para que ahora todo viniese a terminar de una manera tan absurda y triste; quisiera pensar que se trata de una pesadilla o de un error suyo: nunca existió el momento en que venía emocionada por haber conseguido un buen regalo para Pedrín por el día de su cumpleaños y lo vio detener el jeep en la intersección. La mujer que lo acompañaba y lo besó cuando se bajaba era hermosa, quizás más hermosa que ella.

-Calla, por favor, hija mía -le dice el padre colocando dos dedos en la boca de Cándida. Ella levanta la cabeza y sopla la nariz con el delantal-. Entonces, ¿te vas conmigo?

Cándida Moreno lo mira a los ojos. Siente deseos de abandonar aquel capricho de reconquistar el amor de un hombre que intuye no pertenece a su mundo; al menos, al que le aseguraban sus padres cuando era una jovencita que un día existirá. Sin embargo, cree haber nacido para sufrir por las trágicas pasiones que la acompañan desde siempre.

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