Luis Amador

Opalos de miel

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Con esta visita son tres veces en una año.. no se cansa.. me arrastra donde quiere.. al que Dios no le da un hijo el diablo le da una sobrina.. caminaré casi tres horas.. De nuevo disfrutaré del conjunto de vidas provenientes de varios lugares del mundo.. no viene mal un poco de ejercicio.. mi mesa de ingeniería civil entumece los músculos.. por estas anchas aceras dejare vagar la soledad amorosa que garantiza mi libertad.. es suficiente la compañía de mi cariñosa sobrinita.. me entretienen las personas y animales desarrollando las actividades del zoológico.. se contemplan unos a otros.. los racionales evidencian interés en los animales, que a su vez, displicentes y aburridos, ignoran la procesión humana frente a sus jaulas.. menos mal que lloviznó y la humedad refrescó el tórrido ambiente.. después se aclaró el cielo.. pero todavía minúsculas gotitas de agua, arrastradas por la briza y heridas por el sol, se descomponen en colores.. la naturaleza, hasta de lo primitivo, crea belleza inigualable..

- ¡Vamos tío camina!. Dijo mi sobrina de ocho años, estirando mi camisa y sacandome del abstracto soliloquio mental.

Debajo de un gran árbol, entre sugestivas fotos de anuncios, vendían helados. El kiosko atrajo la atención de Oty como si hubiera descubierto la pirámide de Keob.

- Quiero de chocolate, en un cono. Se refería al envase comestible.

También soy adicto a los helados, pedí de vainilla, en vaso de cartón y cucharita. Un hombre de 36 años parece ridículo lamiendo helado.. aunque tiene su encanto. Pagué y al dar la vuelta tropecé con algo suave y acojinado. Demoré menos en pedir perdón, que en reponerme del golpe de vista que afectó mi cerebro. Un rostro deslumbrante, con tenue y exquisita sonrisa, me disculpó.

- ¡ Vamos tío!. Hoy estas lento.

Esta vez no me sacó de la abstracción, sino me liberó de la mirada, que como rayo láser, derritió el mundo circundante. Me alejé con el helado en la mano izquierda y en la otra, la cucharita apuntando hacia arriba. Debo haber parecido un zombi, o un retardado. Sin poder evitarlo miré hacia atrás. La estampa de la dama, en pantalón vaquero apresado por ancho cinturón definía su cintura, camisa blanca a media manga y mocasines de cuero negro, la indumentaria me permitió admirar su figura. Bella silueta de armónicas curvas para una mujer de 29 a 32 años. Nos detuvimos frente a las jirafas, recordé a mi vecina. Es alta, muy delgada, "prolongada de gaznate", ojos grandes y para colmo usa pestañas postizas tipo trampolín.

- ¿ Por que tienen el cuello tan largo?.

-Para que le llegue hasta la cabeza,. Respondí con el chiste gastado, evitando entrar en cuestiones de mutación vertebral para alcanzar alimentos altos.

- ¡Ah nooo!. Son chismosas, ese pescuezo estirado es para hablar arriba y no las oigan.

- Ven zoóloga chiflada, metámonos en la próxima garita, esta lloviznando de nuevo.

La dama que me dejó lelo en la heladería, junto a su acompañante, una niña de unos diez años se nos adelantaron. Arreció la lluvia. Volvimos a mirarnos. De nuevo me sentí fulminado por los ojos de tigresa. Hice una leve inclinación al estilo japones, especie de saludo o justificación, por observarla con insistencia. Bajó la mirada, me pareció que caía la noche en plena tarde. No tengo idea del tiempo que transcurrió. Oí a las niñas hablar ingles, pero mi cerebro no procesó nada. Discretamente la estudié como si por primera vez viera una mujer. Quise comenzar una conversación aunque fuera tonta, estaba mudo, incapaz de articular palabra. Me volvió a mirar, o quizá pasó su vista para examinar el exterior.

- Tía ya escampó, falta mucho todavía...

- Ok continuemos. Su voz dulce y bien modulada se sumó a la conmoción que me afectaba.

Colocó ambas manos en los hombros de la niña conduciendola hacia la acera. No portaba anillo de compromiso, solo un delgado aro de oro, que hacía juego con las argollitas de sus aretes. Su atuendo delicadamente femenino, creaba un balance encantador. Resaltaba su personalidad, seria y elegante, con la simplicidad de pequeños adornos.

Nunca he despreciado la naturaleza, pero aquella tarde me defraudo, hubiera querido un aguacero torrencial, propio de Miami en verano, pero la lluvia fugaz se llevó consigo la impresión sensorial mas fuerte que he recibido. Permanecí atolondrado. Finalmente cedí a la fuerza que Oty ejercía halandome la mano. Seguí el rumbo que ellas tomaron. No pensaba alcanzarlas, se detenían a curiosear, yo también, solo deseaba admirarla mientras caminaba, suave, felina, desenvuelta.

El impacto emocional que me embargaba lo conocí quince años antes, mi primer amor, por segunda vez me sentí golpeado de la misma forma, irresistible y de improviso.

La laguna de los hipopótamos retrasó su avance. Nos aproximamos. Oty se maravilló con las bocazas de los artiodáctilos y sus grandes colmillos. Por mi parte, recapitulé sobre la familia del homos sapiens, donde es muy difícil encontrar el espécimen perfecto, la persona que nos mantiene en vilo, embruja y seduce.

Continuaba contemplandola, permanecía imantado. Por unos segundos nos miramos directamente. La expresión de su rostro fue neutral, quizá pretendió darme la posibilidad de acercarme, o lo contrario, poner una barrera a mi insistencia visual.

Seguimos fisgoneando hasta la estación del micro tren, que nos conduciría de regreso a la entrada del parque. Durante el trayecto, en ocasiones aparentemente casuales, intercambiamos ojeadas.

Descendimos del tren, e ingresamos al cúmulo de personas que deambulaban en la recepción del zoológico. Antes de penetrar a la muchedumbre, se despidió con amplia sonrisa. Me petrificó.

En fracciones de segundos se vino abajo la promesa que me había hecho años atrás, no involucrarme con mujer que pudiera ir mas alla de lo físico, quería continuar soltero, gozando mi libertad, a veces mal usada, pero de grandes satisfacciones. Me decidí al acercamiento, pero desapareció inexplicablemente.

La cama es consultora para debatir sentimientos. Di vueltas y mas vueltas, hasta que fragüé la resolución de encontrarla dentro de los millones de habitantes del condado Miami Dade. Aspiraba a que no fuera turista. Pensé poner anuncios en los periódicos, abandoné la idea, pocas mujeres leen la prensa. Pasar un mensaje pagado por la radio, tendría escasas posibilidades que escuchara específicamente esa estación en horario determinado. Las ideas explotaban como burbujas. Amanecía cuando maduré un plan capaz de llegar a ella. Muy caro y poco convencional, pero efectivo.

En terreno privado junto al Palmetto, autopista que atraviesa la ciudad, renté un espacio donde situé un cartelón de cinco metros por tres de alto, el rotulo publicaba: Desconocida dama y sobrina invito tomar helado en zoológico próximo domingo. Sin confiar en el cartel contraté dos horas diarias de avioneta por el resto de la semana, que arrastraría una pancarta con el mismo mensaje sobrevolando la ciudad.

Pronto los efectos se hicieron sentir, mujeres intrigadas pero sensibles, llamaron a estaciones de radio y TV. refiriendose a la fascinante pancarta de la avioneta y el cartel a orillas del Palmetto. Comentaron el romanticismo implícito y exhortaron, a quienes pudieran estar relacionados con la dama desconocida, le comunicaran el mensaje para que se presentara a la cita.

Hoy se cumplen trece años de mi gestión por encontrarla, estoy recordando el nacimiento de un amor imperecedero. Aquí, a mi lado, un bello rostro con sus opalos color miel, lee y sonríe.

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