Luis Amador

Celda 20

Hasta las cosas inanimadas, en circunstancias especiales, cobran personalidad. Eramos 11 en total. Cuatro paredes, el techo, el piso, la puerta, la ventana, mi soledad, el silencio y yo. Cada quien cumpliendo su tarea. Los 6 menos activos existían inmóviles, paredes, techo y piso, pero.. poseían manchas e imperfecciones es sus superficies. Parecerá absurdo, sin embargo la vista sin otra actividad se estacionaba en esas irregularidades para conjugar figuras como se ven en las nubes. La puerta, tapiada con una plancha de hierro, recordaba que mas alla de su oxidada presencia existía vida. La abrían tres veces al día para que su majestad la "alimentación", ridícula y enclenque entrara a visitarme. La ventana arropada por persianas de concreto sobrepuestas en forma de v, le quedaba lugar para pasar suspiros de oxigeno y ecos de claridad. El silencio, la soledad y yo, formábamos una trilogía indisoluble.

Mi impresión cuando "caí" en la celda 20 fue de aislamiento, quizá hasta me alegré, no estoy seguro de esto, la sonrisa andaba de luto. Los sonidos del pasillo llegaban difusos y monótonos, siempre lo mismo, rodar de cadenas y cierres de candados.

El piso era áspero, recién fundido, conservaba las rayas del escobillón usado para alisar el cemento fresco. Desnudo como un huevo, dormí 210 días hasta tupir con las secreciones del cuerpo la huraña superficie del suelo. El olvidado toilet turco, un hueco conectado a la cañería, comía poco, cada tres o cuatro días por mi dieta forzosa.

Grandes contrastes de temperatura regían las 72 horas diarias (allí el tiempo es muy largo). Agüica se llama la prisión. Enclavada en una zona por donde entra directamente un torrente de aire en las noches y de día sufre, muchas veces, de ausencia de brisa. De 10 A.M. hasta las 5 P.M. el calor se adueñaba del ambiente, después llegaba el frío. Un frío húmedo que calaba los huesos. Mi cuerpo totalmente desnudo sufría los cambios. Mis nalguitas parecían tapas de limón exprimido, y en la piel que tocaba el suelo me salieron una especie de postillas negras por estar siempre en contacto con el cemento. Por las noches me abrazaba a las rodillas que parecían nudos de caña de bambú. Me enroscaba para mantener el poco calor generado por mi cuerpo enclenque. Si llovía era día de fiesta, se equilibraba la temperatura y por unas horas dormía como perro sin dueño.

El agua llegaba sin avisar, una vez en la mañana y otra en la tarde por aproximadamente tres minutos,. El tubo descargaba directamente sobre el hueco del toilet. Me sentía como Ponce de León. En esa fuente de juventud cargaba el agua en el único utensilio que disponía, un jarro de aluminio. Me apresuraba a tragar al menos dos jarros de agua como si fuera medicina, para mantenerme hidratado y cargaba un tercero para el resto del día. En la noche repetía el ritual como si fuera camello.

Es cierto que tengo sangre gallega, sin embargo no es justificación que por tal origen me conservaran sin bañar durante dos meses. Cuando me sacaron a bañar incluyeron un jabón amarillo de lavar ropa. Inicialmente el jabón patinaba sobre mi piel sin hacer espuma, parecía un chino encuero resbalando en un tobogán. Debo haber tenido peste a chivo rancio. Seguro los guardias que abrían la celda se quejaron. Yo, poco a poco, me hice inmune a los olores que ofenden la nariz.

A la celda me llevaron en hombros, por supuesto no por admiración, sino porque iba amarrado de pies y manos al estilo cerdo en vísperas de Navidad. Simplemente me dejaron caer, entonces comprendí lo que sufre un saco de papas. Delicadamente de tres patadas me pusieron bocabajo, soltaron las ligaduras. Se despidieron con amabilidad, par de patadas mas. Me estiré como acordeón desvencijado, las costillas dolían, las piernas dolían, todo dolía, no existía una posición que no fuera motivo de dolor.

Afuera la noche imponía modesta oscuridad, pero dentro de la celda era negro absoluto, los ojos daban pintas blancas, se fermentaba la vista, o quizá fuera el hambre, un hambre donde las tripas se reunían para hacerse compañía y darse consuelo.

Con dificultad me puse de pie. Afortunadamente en aquella época era soltero, de lo contrario me hubiera roto un cuerno del cabezazo que le di al techo. El constructor debe haber sido un enano. A tacto recorrí las dimensiones de mi nueva mansión. De pronto comprendí que no estaba solo con mi soledad, también sin hacer ruido llegó el silencio para hacerme establecerse junto ami.

El meollo de las circunstancias que me llevaron a la celda 20, radicaba en varias diferencias de criterios con los carceleros del ministerio del interior. Querían que me vistiera de azul, o sea el uniforme de los presos comunes, yo era preso político. Aspiraban a que me parara en atención al estilo militar delante de ellos, yo era civil. Pretendían una conducta igual a la de los rehabilitados, yo no aceptaba el plan de rehabilitación. En fin muchas medidas para hacer desaparecer el presidio político al fundirlo con los presos comunes.

Al cumplirse siete meses de "dolce vita" recibí una visita non grata. Me dieron una pateadura con pata dura, gané dos hernias discales, el muslo derecho de lo mas bello morado tipo berenjena, un golpe en la cabeza con candado chino amarrado a la punta de una cadena, que me hizo soñar en pequinés, quedé inconsciente. Desperté en el vestíbulo de la dirección del penal, amarrado y vestido de azul. Veía por la cuenca del ojo izquierdo próximo a la nariz, el otro ojo no podía abrirlo, me lo hincharon como las cuentas del estado comunista. La nariz partida y chorreando sangre, también inflada. De allí me sacaron cubierto con una lona, como si fuera un fardo de tabaco. Fui transferido a la sede de seguridad del estado (g-2) provincial.

Un mes mas tarde me llevaron de regreso a donde me habían sacado. Recibí un uniforme amarillo, el que estábamos acostumbrados a usar. Una semana después fui trasladado con un grupo de prisioneros de igual posición que yo, a la cárcel de Boniato en la provincia de Oriente.

Este relato contiene giros semi cómicos para hacerlo menos trágico, escribirlo en serio sería pasar parte de las penas a quien lo lea. No es ficción, es extrictamente parte de mis 10 años en las prisiones de Castro.

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