Santería

Del ocultamiento y otras artes

Desde épocas remotas los habitantes del caimán caribeño hemos tenido que echar mano al enmascaramiento, al ocultamiento, para sobrevivir. Y los historiadores crean demasiada confusión con términos que ocultan la verdad que se esconde tras cada fenómeno histórico.

Por ejemplo, el ocultamiento más sonado en la Isla fue cuando los negros esclavos tuvieron que identificar sus deidades africanas con los dioses de los blancos y armar el arroz con mango ese que los sesudos intelectuales e historiadores eufemísticamente llaman: sincretismo.

Y se vanaglorian de ello, de esa parte de la historia. Cuando es una verdadera vergüenza que los pobres negros después de matarse trabajando para los blancos no pudieran rendir tributo a sus dioses de ébano. Entonces Santa Bárbara se transfiguró en Changó, la Caridad del Cobre en Ochún y así cada dios negro adoptó un sucedáneo blanco.

Pero el máximo acmé del sincretismo- que no es otra cosa que una forma de ocultamiento- no fue durante la colonia, no fue durante la república, fue, ha sido y será, durante la dictadura de Fidel Castro. Me explico:

Después que el gobierno revolucionario fusiló, masacró, encarceló y desterró a cuanto sacerdote o cura encontró en su camino, vino una época de silencio religioso. Y tomaré como referente a mi familia. Mi padre era gallego y un católico practicante. De esos que iban a misa los domingos y cumplía a rajatabla los preceptos del evangelio. Pues bien, cuando comenzaron a exterminar a todo cristo en Cuba, mi padre pasó sus creencias a la clandestinidad, no tanto por él que ya era un viejo y no esperaba mucho más de lo que la vida le había deparado hasta el momento ( realmente, muy poco), como por nosotros, sus hijos. Tres varones que debían insertarse en el sistema, perecer, o largarse del país. Sólo tres opciones. Como no teníamos vocación de suicidas, ni familiares en el extranjero que nos reclamaran, decidimos optar por quedarnos en Cuba y mi padre echarnos una mano dejando de asistir a la iglesia y ocultando cualquier folleto evangelizante, relicario, estampa religiosa o Biblia que tuviéramos en casa.

Así fue como el Corazón de Jesús pasó al último cuarto y en su lugar se colgó un paisaje de la Sierra Maestra. En un rincón de esa última habitación mi madre también ponía lo suyo, su fuerte era el espiritismo: Alan Kardec y su tropa: Madame Blavatsky y Alesteir Crowley con aquello de: "Haz lo que quieras". En ese rincón sincrético se colocaban vasos de agua, crucifijos, flores blancas, caracoles, piedras "sagradas" y para colmo de males, ella consultaba y se reunía con un par de vecinas medio videntes y se comunicaban con los muertos. Se tomaban de las manos y hacían sus rezos e invocaciones. Todo en la más absoluta clandestinidad. Era necesario. A la más mínima sospecha por parte de las organizaciones de masa ( CDR, FMC) de que en mi casa se conectaban con el más allá, a mis hermanos los expulsarían de sus respectivas escuelas vocacionales y a mi me troncharían la vida entera, al igual que les sucedería a ellos.

Todo iba bien. Los escasos vecinos que nos trataban sabían del catolicismo de mi padre y del espiritismo de mi madre, pero jamás nos denunciaron. La cosa se puso feísima cuando a mi hermano el mayor le dio por hacerse Testigo de Jehová y propagar la palabra de Dios, aún estando en la vocacional. Mira que mi padre le rogó una y mil veces que abandonara esa religión, o al menos que hiciera como ellos, sus padres, que fuera cauteloso, discreto. Pero de todos es sabido que un testigo de Jehová condenado a la mudez, es como condenar un ministro al ostracismo más radical. Mi hermano no se callaba, al contrario, se envalentonó, la religión le dio una fuerza interior muy grande y dejó de saludar la bandera y una vez padeció anemia y no dejó que le pusieran sangre.. Y habló de Cristo y del paraíso y del cataclismo que se avecinaba para el mundo. En la casa no lo soportábamos mucho porque cogió aquello con demasiado ímpetu.

Mi otro hermano, el del medio, porque yo soy el menor de los tres, se decantó por la santería,¡cómo le gustaba eso, Cristo! ¡Fanático! Se volvió fanático. Era asmático y el padrino le dijo que tenía que hacerse el santo para curarse. Otra tragedia en la familia. Comenzó por comprar los guerreros, carísimos. Todo lo colocaba en la última habitación de la casa, en el rincón opuesto al de mi madre. Cada cual tenía su esquina para lo suyo, menos yo; que aún era un niño y no terminaba por decidirme, no sabía cual era mi camino en la vida. Lógico, en la escuela me enseñaban una cosa, mi padre me hablaba de otra, mi madre de una bien distinta y mi hermano, el mayor, pregonaba en mis oídos la palabra de Dios y me aleccionaba sobre el próximo fin de nuestros días.

El santero, mi otro hermano, el del medio, era el más seguro de todos. Sus guerreros, que un dinero grande le habían costado, le orientaban y protegían. Mientras, yo, era una veleta al viento de los tiempos.

En mi fuero interno tenía un sincretismo diabólico, confundía las imágenes de las deidades y Jesús había bajado de la Sierra y Changó era la culpable de que no pusieran el agua- confusiones infantiles, por aquello de que es la dueña del rayo, del trueno y la lluvia-; y Jehová vendría con un fusil para liquidarnos a todos en masa. Y me tomaba el agua de los vasos de mi madre para que los muertos pasaran a través de mi, y así con todo...

Por último, un primo que vivía en el Vedado y que venía de vez en cuando de visita a nuestra casa comenzó a conspirar en contra del gobierno. Trabajaba de camarero en el hotel Capri y lo mismo se apeaba con unas octavillas contrarrevolucionarias ocultas bajo la camisa del uniforme, para luego lanzarlas a la calle desde el último piso del hotel, que con unos filetes envueltos en una bandera cubana. Otro tipo de sincretismo: la unión de la comida con los símbolos patrios. Los cubanos en eso del sincretismo y el ocultamiento tenemos el número.

Este primo mío puso dos o tres petardos en el parque Central, cerca de la estatua del Apóstol. Tuvo ese mérito. No mató a nadie, pero asustó a unos cuantos que a esas horas tan avanzadas de la noche, que fue cuando los colocó, hacían sus necesidades fisiológicas a la sombra encubridora de la nocturnidad. Luego cayó preso y cuando salió de la cárcel se fue de Cuba, a Estados Unidos y desde el monstruo nos enviaba cartas, que le ayudaban mucho a hacer más soportable la lejanía del exilio, a él, pero que a nosotros terminaron por jodernos la vida, ¡Eran cartas del enemigo, del extranjero! Nuestros poderes camaleónicos no posibilitaron que las cartas pasaran desapercibidas para los controles de las organizaciones de masas de la cuadra y ese fue el tiro de gracia para el sincretismo religioso que se practicaba en nuestra en nuestro núcleo familiar a ultranza del gobierno.

Un buen día, sin previo aviso, mediando la década del setenta, la policía rodeó la cuadra y registraron casa por casa. Ese fue el fin de todo nuestro sincretismo. Cargaron con todo: crucifijos, Biblias, cuadros, caracoles, guerreros, estampas, relicarios...¡No dejaron nada!

Aquello no impidió que mis padres y mis hermanos continuaran creyendo cada cual en lo suyo ( clandestinamente) y que yo continuara con ese arroz con mango que aún perdura dentro de mi cabeza. Hasta que Castro comprendió- "oportunamente" u "oportunísticamente" ( el neologismo va por mi)- de que la mezcla de razas, religiones, creencias y preferencias sexuales es la sal de nuestra tierra y que en la unión está la fuerza. Por eso, actualmente, mi suegra tiene un hijo que se decanta por los hombres, cree en Changó y pertenece al Partido Comunista de Cuba, ¡Eso sí es sincretismo a lo cubano! Ah, se me olvidaba, y es trabajador social, ¿ ¡qué les parece!?

Martes, 18 de Abril del 2006

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