Santería

La religión de Ocha

La Santería Cubana

La religión de Ocha o Regla Lucumí (Yoruba) es la religión cubana por excelencia. La llevaron consigo los africanos, de etnia predominantemente Yoruba, que convertidos en esclavos, llegaron a la isla y en la actualidad es la más practicada por la población sin distinción de colores. Dentro y fuera de Cuba es más conocida con el nombre de "Santería".

El sincretismo que se ha producido entre ambas religiones, Católica y de Ocha, atañe a la imagen externa de las deidades lucumíes, que se han asimilado a los santos católicos. Así Oshun es representado como Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, Changó como Santa Bárbara, Babalú Ayé como San Lázaro, etc. y a ciertos ritos como la misa. Asimismo las oraciones cristianas se incorporan al "corpus" de oraciones lucumíes .

Sin embargo se mantiene intacta la propia religión africana, celosamente custodiada por sus adeptos que han conservado como lengua ritual la de sus antepasados y que se transmiten al mismo tiempo que un curioso lenguaje, que se corresponde con el castellano que hablaron los africanos recién llegados a la isla.

La base sobre la que se asienta, es la creencia en un mundo lleno de espíritus que se manifiestan, bien a su antojo, o bien porque se les convoca y a los que se puede utilizar en provecho propio. Los complejos procedimientos para hacerlo y los rituales que rodean la vida del adepto lucumí no son materia de este artículo, pero como se podrá comprender fácilmente, los actos que se llevan a cabo cuando muere un individuo, son de una gran importancia ya que a partir de ese momento hará su ingreso en ese mundo que para ellos es más real que la propia vida cotidiana.

En el momento inmediatamente posterior a la muerte, el espíritu no sabe qué es lo que ha sucedido, se encuentra confundido y tiende a permanecer en su propia casa que es el lugar que reconoce. En muchos casos sale con el cortejo fúnebre y se instala al pie de su tumba, donde se queda custodiando sus propios restos.

Los espíritus necesitan que se les provea de alimentos y atenciones, por esta razón el culto a los muertos es un culto familiar ya que, si el pariente fallecido no es atendido debidamente, acudirá a reclamar a sus deudos lo que necesita. Estos, por su parte, procurarán que no tenga necesidad de hacerlo cocinándole sus platos preferidos pero sin sal, porque los muertos no pueden probarla.

Una vez preparada su comida, se le ofrecerá en las inmediaciones del hogar. Teniendo en cuenta que las almas de los muertos no pueden comer en la casa, se depositará en el baño y si la casa tiene patio, en él y cuanto más lejos de la vivienda mejor. Pero sin duda, el sitio más indicado es el hueco que se forma entre las raíces de la ceiba. En su pie se hará un trazo en la tierra sobre el que se depositará la comida en un plato nuevo; acompañándola de agua, bebida (si era del agrado del difunto), café y tabaco. Al encender cuatro velas y llamarle, él acude auxiliado por la santa que vive en cada ceiba con este propósito.

La costumbre de acudir a la ceiba a celebrar rituales procede de una antiquísima tradición que dice que "al principio de mundo los cadáveres no se enterraban, se llevaban al monte y se depositaban al pie de la ceiba". Y es que este es el árbol sagrado por excelencia. Su poder y su fuerza vitales son tan fuertes que hasta los elementos los reconocen y respetan: no le abate ni le desgaja el huracán más fiero y el rayo no le fulmina. Por eso es conocido como "el árbol de la Virgen María", o "del Poder de Dios", o "el árbol del misterio".

En el campo se festejaba la muerte de los niños y al parecer, quedan todavía vestigios de ello. Durante el velatorio los acompañantes cantaban y bailaban alrededor del féretro, acompañándose con golpes acompasados que daban en la caja. El velatorio se prolongaba hasta que no se podía soportar el hedor del cadáver en descomposición.

Los velatorios de los niños que eran parientes de rumberos o de gentes de comparsa de Carnaval, eran especialmente festivos. Al niño se le vestía con el traje y los colores del grupo y cuando llegaban los compañeros de otro grupo, le cambiaban la ropa poniéndole los colores de los recién llegados y así se hacía con todos los grupos que iban a verle, con lo cual el cadáver pasaba el velatorio cambiando de atuendo.

La muerte de un iyalocha (1), santero o babalocha (2) requiere una serie de rituales específicos que comienzan con el Itutu. Este ritual es dirigido por un babalawo (3) de cierta edad y a él acuden en torno al cuerpo del fallecido, los ahijados y los familiares más allegados.

En primer lugar se coloca en el suelo bajo la cabeza del difunto una vasija que no sea transparente, llena de agua. Se canta a los 16 Orishas (4), al suyo propio, a Oyá la dueña del cementerio y al Santo principal, al Padre del fallecido. A continuación se convoca al Orisha del difunto y a los otros que obtuvo en su vida y se les pregunta si se quieren ir con él o si alguno se quiere quedar y con qué persona concreta. En el caso de que decidan irse con él, se romperán en ese momento los objetos que son atributo suyo y que guardaba su dueño y se tiran donde haya dispuesto el propio Orisha, al mar, al monte, a la basura o en cualquier otro lugar.

Se informa a los ahijados y a la familia de las recomendaciones que ha dejado el difunto y finalmente se toma la vasija y se rompe en el exterior. Seguidamente se procede a acompañarle al cementerio.

Cuando han transcurrido nueve días de enterrado, se reúnen de nuevo y con un toque de tambor, dan comienzo a los sacrificios de aves y animales. Después llevarán a cabo una misa espiritual en un centro espiritista y terminarán con una misa con responso en la Iglesia católica.

En cada aniversario del fallecimiento se realiza una misa espiritual y otra católica con responso.

La misa espiritual se celebra para invocar al espíritu por medio de mediums que tratarán de conocer su voluntad y cumplirla. Si se halla turbado le auxiliarán y si está apegado a la tierra le ayudarán a elevarse. Para ello se dispone una mesa cubierta de tela blanca sobre la que colocan jarrones con flores, que atraen a los espíritus; velas; frascos de perfume; aguardiente; tabaco y la bóveda espiritual.

Sin embargo la celebración de esta misa espiritual es algo novedoso. Hasta hace muy poco y todavía hay gente que así sigue haciéndolo, se les ofrecía solamente misa católica y en su casa los parientes se encargaban de ponerle platos con su comida preferida siguiendo las prescripciones mencionadas anteriormente.

En el caso de que el difunto tuviera "una gran mayoría de edad en Ocha", lo que significa que se ha dedicado al ejercicio de la santería durante muchos años, se le celebran Las Honras. Esta ceremonia se lleva a cabo una vez que ha transcurrido un cierto número de años del fallecimiento.

Ahijados y familia se reúnen ante una mesa en la que se ha dispuesto todo tipo de carnes (pollo, cerdo, vaca...), arroz, frijoles de varias clases, dulces, bebidas, aguardiente y tabaco, sobre un mantel blanco. Es requisito indispensable que la vajilla y demás utensilios que se utilicen sean nuevos.

Los tambores Batá se colocan en el sitio determinado y los tamborileros ocupan su puesto. El redoble señala el comienzo del banquete que discurrirá entre los recuerdos del difunto y las bromas y risas propias de un encuentro entre amigos. Al acabar se coge el mantel por las cuatro puntas y al mismo tiempo que comienzan a sonar los tambores, se hace un atado con todo lo que hay dentro. El paquete así obtenido se arroja en el lugar que se determinó antes de iniciarse la ceremonia.

En un principio la música que se toca es fúnebre, pero comienzan a llegar santeros y allegados y todo el mundo baila y comienza la fiesta en la que los Orishas bajan y montan a los presentes para dar recomendaciones y consejos. Concluyendo así los rituales en honor del santero muerto.

El 2 de Noviembre, día de difuntos, se ofrece a todas las ánimas del purgatorio, un plato de maíz desgranado y un vaso de agua. En otro plato de esmalte o en una lata llena de aceite de comer, se les enciende durante nueve días, nueve mechas de algodón y nueve cabos de vela que hayan servido en funerales.

Fuente: EMSF - Octubre de 2004

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