Santería

Orishas y ofrendas

Siempre ha sido muy supersticioso y creyente. En Cuba lo fue y acá en España todas esas creencias han tomado fuerza. Cuando salió del país se trajo todos los santos. No sé cómo hizo para lograr sacar del país todas aquellas imágenes. Creo que sobornó a unos cuantos aduaneros y policías para lograrlo. Adalberto Núñez, alias “El Nagüe” aterrizó un soleado día del mes de enero, hace unos tres años, en el aeropuerto de Barajas y lo acompañaba una retahíla de santicos, casi un ejército. Se trajo a todo el mundo, al menos, los que componían su corte protectora: Babalú Ayé, Changó, Ogun, Ochún, y muchos otros. Casi todos en yeso, muy bien envueltos en trozos de periódicos. Fragmentos de discursos, zafras inacabadas, planes quinquenales y fotos de Fidel, envolvían aquellas figuritas. La policía del aeropuerto madrileño lo tuvo retenido medio día, a su llegada, y a cada santo se le hizo una radiografía. Para detectar drogas. Creo que es la única vez en la vida de la santería cubana que sus santos cogen tantas radiaciones. Aquellas inocentes figuritas cogieron más radiaciones gamma que los japoneses de Hiroshima y Nagasaki. Pero era necesario para descartar que contuvieran algo más que no fuera mitología afrocubana. Cuando se convencieron, los polis, de que no había nada en ellas, se las devolvieron sanas y salvas.

El Nagüe andará por los cincuenta años de edad. Es un mulato de pelo lacio, alto, corpulento, pero que se mantiene atlético. No es que vaya a gimnasios, eso no es para él. Es que el trabajo en la construcción lo mantiene en forma. Es albañil. Un buen albañil. Vivió un tiempo en Madrid, creo que dos años. Y después se vino para Tenerife. El Nagüe fue paciente mío en Cuba y continúa siéndolo aquí. Para todo me consulta. Tiene fe en mí, pero primero consulta con lo “suyo”. Hace poco le salió un grano en el culo. Bueno, no en el mismo culo, sino en una nalga, la derecha, y me llamó al móvil para comunicármelo. Le recomendé unas pomaditas y fuera. El no quedó del todo convencido, tiró los caracoles, y coincidió que los santos le aconsejaron lo mismo. Y yo para joderlo le pregunto si ya Babalú Ayé se aprendió el Vademécum español de los medicamentos. Siempre me dice que con esas cosas no se bromea, no se jode.

El Nagüe es divorciado. Para venirse a España se casó con una inválida de ochenta años. Una española que fue a Cuba en viaje de turismo y que él conoció porque resulta que la vieja quería que la “registraran”, o sea, que le miraran cómo andaba el presente y el porvenir. Un porvenir corto, no muy largo. Es inválida, pero no comemierda y sabe que en esta dimensión no le queda por mucho por rodar. Digo rodar por lo del carrito de ruedas, sino diría andar. No he equivocado los verbos. Pues bueno, un día un paciente, un sobrino de ella, al que fue a visitar, me la llevó a la consulta. A mi trampita sumergida. Quería que le mirara la tensión y dos o tres cositas más. Yo los complací y me obsequiaron cincuenta dólares. Ahí, casi en la puertecita, que da a la superficie, el sobrino me plantea que si conozco a un buen Babalawo. Que lo necesitaba para su tía. Que últimamente las cosas no le iban bien y eso. En ese momento no supe que responderle, pero le dije que si me enteraba de alguno, le avisaría. Momentos después, en el interior del “búnker”, mi enfermera me alumbró.

-- ¡Coño, que se la llevan al Nagüe, el mulato de la esquina! El buenote ese.

-- Ese tipo no es santero. Tiene muchas imágenes y eso, pero lo de él es pura afición. No es profesional--repliqué.

--¡Ah, no jodas! Deja que el pobre negro se busque algo. Tú solito te buscaste cincuenta faítos. Deja que los demás vivan--me respondió.

--Está bien. ¡Por mí! Ahora mismo, cuando salga, paso por casa del sobrino y le paso la dirección del Nagüe. Pero antes le doy un toque al mulatón para que se ponga pa las cosas--y salí de la consulta.

Ahí comenzó nuestra amistad. El hombre me ha agradecido toda la vida la aquella ayudita. Le alumbré el camino.

La minusválida se encariñó con Adalberto. El hombrín la registró muy bien. En el barrio tenía fama de poseer una pinga enorme y gruesa. Había pasado por la piedra a medio Lawton. Se singaba cualquier cosa. No tenía escrúpulos. También tenía fama de zoofílico y bestiálico. Ya sé que son neologismos, pero me importa un bledo. Hay cosas que el idioma español no puede definir. Al menos, para mi gusto en particular. Cuando digo zoofílico y bestiálico era porque se templaba cualquier ser viviente. Hasta una mata de plátano, que tenía en el patio de su casa, cogía lo suyo de vez en cuando. El mulato excitado no creía ni en su madre. Bueno, creo que nunca se templó a su madre. De eso no tengo pruebas, pero si se copuló a la anciana ibérica. Doña Esmeralda. Cogió pinga hasta por los ojos. Era y es un hombre metafórico. Su verga era hiperbólica y la educada, cortés y parkinsoniana damita se enamoró de Adalberto. Fue un largo romance. Las cosas no fueron tan rápidas. No.

Él le tiró los caracoles y le dijo unas cuantas verdades. Acertó en muchas cosas de su vida. Ella había sido esposa de un militar y él le habló de un pasado lleno de vicisitudes al lado de ese hombre. Siempre de un lugar para otro dentro de la geografía española. Un año en Galicia, dos en el país Vasco, y así se fueron los años. La vida transcurrió muy rápido, él la dejó con un pisito, una pensión desahogada y una cuenta honorable en el banco. No tuvieron hijos. En realidad ella no conoció nunca el amor al lado de aquel individuo que nunca paraba en casa y que un día murió de un infarto muy lejos de su hogar. Hacían más de veinte años de su muerte y ella no lo sintió mucho. Guardó el luto reglamentario y el tiempo pasó, borrando las escasas huellas que pudo haber dejado en su vida el militar. Treinta años casada para nada. Pero así es la vida y no se le puede dar muchas vueltas.

Comenzó a cartearse con su cuñada que vivía en Cuba. La mujer de un hermano suyo. Y un día decidió venir a conocerla, a ella y a un sobrino. El único, hijo de este hermano, que hacía más de diez años había muerto.

La aventura de cruzar el Atlántico en su estado fue una locura. Según su parecer. Hacía dos años que debido a una caída en una escalera había sufrido un aplastamiento vertebral. A nivel de la columna lumbar y no odia andar. Fue entonces que su sobrino la embulló para que fuera a Cuba, los conocería a ellos y de paso la veía un buen neurólogo. En un hospital que hay para eso y que es de rehabilitación neurológica. La vieja no tenía muchas esperanzas con respecto a su curación, pero se entusiasmó y se lanzó a la aventura.

No resolvió ni cojones con respecto a su columna. No tenía arreglo, pero conoció a Adalberto y este le dio un nuevo impulso a su vida. Al menos el que necesitaba. Prueba de ello es, que abandonó el tratamiento antidepresivo que llevaba en España. Un enorme botiquín que trasladó a Cuba con su equipaje de mano fue sustituido por otro enorme “botiquín”, pero esta vez de carne, lleno de leche. De leche humana.

El negro la trabajó bien. Delicadamente dilató cada orificio de su cuerpo y la poseyó en las disímiles posiciones. Nunca la desgarró. Era un experto. La trataba como a una pequeña plantita. La regaba y la abonaba con su enorme regadera y ella lo agradecía. El sobrino era algo desviado porque gustaba de presenciar aquellas orgías y disfrutaba de ellas. Era un hombre sesentón y amante del buen “chorizo”. Se le hacía la boca agua observando aquel enorme animal penetrando sin treguas en el orificio anal perfectamente dilatado de su tía. Todo lo he sabido a través del propio autor de los hechos que aquí se narran. El tal Adalberto, alias “El Nagüe”, pero pensándolo mejor, la viejita era un poco pervertida.

Para no hacer este relato tan extenso cabe comentarles que después de un buen trabajo espiritual y material la anciana se casó con el adivinador y se lo trajo para España. Él no la defraudó y la atendió hasta el fin de sus días. Al morir ella, que vivía en Madrid, es que decide vender el piso y venirse para Tenerife. No soportaba un año más el duro invierno madrileño. Además acá en las islas, la nostalgia por Cuba es más llevadera. Será el clima.

Actualmente ha extremado sus creencias, sus precauciones. Lo han echado de tres trabajos y él lo achaca a un “trabajito” que le hizo una negra nigeriana con la que estuvo hace unos meses. Yo pienso diferente y se lo he hecho saber. Deja de beber tanto y ponte para las cosas. Lo tuyo no es nada exterior, tiene que ver con tú manera de ser, de beber.

Hace unos días, el domingo pasado me lo encontré en el mercadillo. Llevaba una bolsa de saco con flores, cocos, y otras cosas que no recuerdo.

--Me he gastado un dineral-- me comentó.

--¿En qué? ¿En esa mierda que llevas ahí?--le respondí.

--¡No, qué va! Lo gordo lo tengo en casa.

--¿Lo gordo?--pregunté.

--Sí, si, lo gordo. Lo más caro.

--¿Y qué es eso tan caro?

--Un carnero. ¡Grande, Grandísimo! --y abrió los ojos y los brazos desmesuradamente--Voy a meter pa curralo fuerte. Etá bueno ya, el jefe me tiene hasta los cojones. Le voy a partir las patas a ese singaó. Lo único que necesito es una palma real. ¿Sabes dónde hay alguna?

--¿Palma real, aquí en Tenerife? Ni idea compadre.

--Bueno ya encontraré alguna porque la ofrenda es pa Changó.

--Cambia de santo, dedícasela a Yemayá, creo que es la del mar, ¿no? Es más fácil.

--¡Ah, no cojas esto pa tus cosas! ¡Más respeto chico!

Lo dejé casi con la palabra en la boca y me largué. Lo suyo era demasiado. Yo tengo mis creencias, pero no llego al fanatismo de este hombre. Era capaz de irse a Cuba y buscarse una palma por allá.

Ayer, por la tarde, cuando salía del Centro de Salud sonó el móvil. Era él. Me comentó que quería verme inmediatamente. Le dije que pasara por casa.

Después de tomarnos unas cervezas y jugar un poco con mis hijos, salimos al balcón. Un pequeño balcón que da a la avenida principal.

--¿Sabes que poco faltó para buscarme un lío con la policía?-- me dice.

--¡No jodas! ¿Por qué?--le pregunto.

--Muchacho, la otra noche anduve medio Santa Cruz buscando una palma real, y ni cojones. Pues deposité el carnero debajo de una matica, en la rambla General Franco. Allí lo dejé. Bueno, quise dejarlo, pero no me dejaron. Cuando iba camino de abordar el coche que había dejado unas cuadras antes, me detuvo la policía. ¡Qué susto tan grande! Me preguntaron si aquello era mío y tuve que admitirlo. Me pusieron una multa por ensuciar la vía pública. No hubo manera de que me comprendieran. No podía meter de nuevo al carnero degollado en mi coche porque eso sería llevarme de nuevo todo lo oscuro para atrás. Pero tuve que hacerlo. Ahora estoy en un callejón sin salida. ¿Qué hago? Dime tú, ¿qué hago? Ahora los santos me piden que me haga la limpieza con un caballo, pero ¿dónde lo dejoooooo? ¡DIMEEEEEEEE, NO TE QUEDES CALLADOOOOO!!!!

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