Santería

Un tambor a Obbatalá

Los africanos, cuando llegaron a la isla, trajeron con ellos sus costumbre y creencias. Celebraban las ceremonias y rituales dedicados a sus deidades, en los patios de los amos.

Las ofrendas de frutas, sacrificios de animales y toques de tambores se realizaban bajo el resplandor de la luna, la luz de las velas y las antorchas. Esta tradición ha prevalecido hasta la actualidad.

Ana Luisa vive en el municipio capitalino Guanabacoa y practica con devoción la religión yoruba. Ella necesitaba ofrecer un tambor a Obbatalá, santo mayor y padre de todos los orishas.

Esa mañana preparó en su pequeña y maltrecha casa de madera un rincón para las soperas de los santos. Vistió las paredes de madera agujereada con cortinas viejas de distintos colores. Las soperas las tapó según los colores que corresponden a cada santo.

La de Obbatalá la tapó con un paño blanco. Era la que encabezaba el trono. Delante de todas las soperas había diversidad de dulces para repartir a los invitados, después del tambor.

Cayó la tarde, llegaron los tamboreros. Poco después, los presentes danzaban al compás de tambor. El santero que estaba destinado para bajar a Obbatalá era el más próximo a los tambores. Después de un rato entró en el trance esperado por todos.

Saludó y fue directo hacia donde se encontraba Ana Luisa. Ella lo esperaba con impaciencia. Eran pasadas las seis de la tarde. Todo marchaba bien cuando el fluido eléctrico se cortó.

Los invitados, a medida que oscurecía, no quitaban la vista de la puerta. El bajo puntal de la casa y el techo de zinc recalentado, hacían insoportable el calor.

Desaparecido el último resplandor de la tarde, las velas se remontaron a siglos atrás. Obbatalá, montado en su caballo, seguía danzando y prediciendo el futuro de los que se acercaban a él. La fiesta a la luz de las velas terminó a las nueve de la noche. A esa hora, Obbatalá se despidió sin el toque de los tambores. Los tamboreros apenas podían ver en la oscuridad.

Ana Luisa no tendrá comida al próximo día. Todo lo gastó en la fiesta dedicada a su Santo. Obbatalá se lo merecía. Le aseguró que se iría pronto del país. Más pronto de lo que ella pensaba.

Ana Luisa pasará hambre y su casa ruinosa quizás acabe de derrumbarse, pero Obbatalá tuvo su tambor. Eso es lo que importa. Ana Luisa está feliz por las predicciones. ¿Para qué preocuparse por su hogar si Obbatalá le aseguró que pronto viajará? Un poco de privaciones más no la matarán. Pueden seguir los apagones, que su luz está segura. Obbatalá no le puede fallar.

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