Santería

Frente a Yemayá

“ … cuando viste en la arena tan sólo un par de pisadas, eran las mías. Fue exactamente ahí que te lleve en mis brazos”.
- Gracias Luciene.

Me hubiera gustado sentarme en la orilla, frente a ti y preguntarte ¿hacia dónde vamos?. Escuchar las ráfagas de un viento que traes como sustituto de los malos humos y de la ensordecedora timidez que azota mi corazón. Poder reclamarte incluso que no era este el lugar en el que quería nacer o decirte que habiendo nacido no tenías que consentirme tanto tiempo fuera del mar. Me hubiera gustado que mirando alrededor señalaras con tu sonrisa aprobadora a los que merecían ser escuchados por mis oídos y que con tus altas olas barrieras de la arena las palabras que quedaron marcadas en mi interior para alisarme, nuevamente, manteniéndome imperturbable, inherente a todo sin sentido y sin razón. Me hubiera gustado…

Sin embargo, te coloco donde puedo, (en un rincón) y salgo para celebrar que tu día es mío o que ambas seguimos manteniendo esa relación que nos une desde este Madrid sin mar, pensando que hubiera sido maravilloso asomarme a aquella azotea para divisar la bahía en la que sigues siendo tan intensa. Miro tu fotografía y tapo mi cuerpo con un solo dedo, que yo exista o no es lo menos importante, estas tú y por ende todos los demás, los visibles e invisibles, los que luchan por ser reconocidos y los que quieren pasar desapercibidos, los grandes y los pequeños, los perdedores y los triunfadores, los deambulantes seres humanos que tanto queremos hacernos notar. Incluso, en alguna ocasión, me hubiera gustado que en uno de esos ataques intempestuosos hubieras acabado con una tempestad que arrasará con las falsas oraciones y adoraciones de los mentirosos, con las falsas promesas de los que nunca prometieron de verdad y con los que haciendo oídos sordos se dejaron atronar y hubiera deseado que todo comenzará con la palabra cero en la que sólo existieras tú, Yemaya.

Me hubiera gustado poder esperar el amanecer en compañía de aquel amigo que me llevo hasta el río a recoger una piedra para mi nuevo camino, o encender una fogata junto a mis hermanas de Ochún y mis personificados guerreros para leer alguna brillante frase de los escritores que se dejan la piel en las letras y en los sueños, para escuchar una melodía de los que componen con el alma o para contemplar un cuadro de los que sueñan entre pinceles, o simplemente observar como todos se dejaban envolver entre tus aguas para limpiarse (también) de tanto vaivén que trae este camino, dormirme arropada bajo el hechizo de un cielo lleno de estrellas mientras una maraca anuncia que justo en la otra esquina se abre la nueva vereda y soñar que traerás una brisa con olores de sal, para después levantar desnuda y pasear libre por un sendero nuevo, llena de ti y de todos, sin excluir a ninguno de “mis amantes muertos” con el vientre hinchado mirando tus horizontes.

Pero el tiempo, ese implacable verdugo, deja que mi deseo no tenga que ver con mi realidad, el tiempo que tan lento se anuncia y tan rápido se aparece abre mis ojos para brindarme una postal diferente en la que el humo, las fabricas, los coches, las carreras, los trajines, las luchas, las subidas, las bajadas y los vértigos me lanzan de nuevo al suelo, amarrando mis pies que no son de escamas, como una sirena cojeante, enredada en la red y cazada por las prisas.

Si alguien hubiera liberado la mercancía de la primera pesca en la que yo estaba para dejarme seguir nadando, aunque fuera en contra de la corriente que marcan las pautas inventadas, podría haber recuperado mi cola y con ella las ganas de acercarme, de vez en cuando, en alguna noche de luna llena a las faldas de tu orilla, justo en ese preciso momento en el que el fuego parece apagarse para soplar las pocas cenizas calientes que quedarán.

Raquel Ortiz (Pancrasia)

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