Santería

El sospechoso cuchillo de Olokkun

La ceremonia sería a las doce del mediodía, en Centro Habana. La madrina le había avisado con antelación. Gerardo Youniel Ávila Perdomo era el encargado de sacrificar los animales para Olokkun.

Se preparó desde bien temprano. Se bañó con flores blancas, cascarilla y perfume; se limpió con un pase de hierbas, vencedor y "yo puedo más que tu". Vistió sus mejores galas blancas, se puso los collares y guardó el cuchillo y un paño en una jaba de nylon. El cuchillo era pequeño, adecuado para patos y gallinas. A Olokkun sólo se le sacrifican aves.

Luego rezó ante el altar. Antes de salir, frotó sus manos con un puñado de polvo de aché de Orula y lo lanzó sobre su hombro izquierdo sin mirar atrás.

Pasó por la Catedral. Todavía era temprano. Decidió que entraría en la iglesia. No pudo llegar.

Un centenar de metros antes, un policía le salió al paso y le pidió su identificación. Gerardo, previendo males peores, le mostró lo que llevaba en la bolsa y le explicó para lo que era. También le comentó que cada oriaté (santero) debía tener su propio cuchillo. Es un requisito de su religión.

El agente, sin escuchar, lo esposó. Lo condujo tres cuadras hasta el punto de control. Allí verificó por la planta si Gerardo tenía antecedentes penales. El resultado fue negativo. Entonces pidió que le enviaran un carro patrullero. Cuando llegó el carro lo montaron a empujones.

Mientras esperaba su traslado a la unidad, Gerardo escuchó al policía que lo arrestó comentar con sus colegas que había pedido la baja del Partido porque "eso era una mierda".

A Gerardo lo llevaron a la estación de policía de la calle Dragones, la más próxima al lugar donde lo detuvieron. Permaneció allí, en espera de una decisión, durante más de dos horas. Tuvo suerte. Supone que el oficial de la carpeta era creyente. Después que se fueron los policías que lo trajeron, lo miró comprensivo, le devolvió su cuchillo y le dijo que se podía marchar.

Gerardo llegó tarde a la ceremonia. La madrina y sus hermanos lo estaban esperando con impaciencia para el sacrificio. Se puso el delantal, empuñó el cuchillo y degolló una paloma para Elegguá, para que abra los caminos. La ceremonia sería un éxito. Gerardo lo depuró todo.

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