Santería

Petit

Andrés Facundo del Cristo de los Dolores (Petit) fue un habanero de pura cepa. Nació en Guanabacoa en la primera mitad del siglo XIX. Aunque era mestizo y humilde fue ayudado y aprendió a leer y escribir. Fue tanto su interés por el conocimiento que llegó a ser terciario de la Orden de San Francisco.

En su primera juventud viajó a Haití. No resulta difícil inferir que aprendió de primera mano los secretos del vudú. Luego de su regreso a Cuba, volvió a zarpar hacia Europa. Se conectó con el conocimiento místico ancestral y con los seguidores de Alain Kardec. Armado con estos elementos se dio a la tarea de unificar el conocimiento místico en una ética unida de blancos y negros. Fue precursor de una cubanidad amplia y sin exclusiones por motivos de raza o fortuna.

Sobre la vida pública y los hechos más sobresalientes de la vida extraordinaria de Andrés Petit, dos mujeres han escrito con toda la seriedad y la profundidad del mundo. Se trata de Lydia Cabrera y Natalia Bolívar. La primera de ellas murió en el exilio al que marchó en los primeros años de la dictadura de Fidel Castro. La segunda fue protegida por sus orichas y consiguió realizar una meritoria labor, aun bajo las condiciones totalitarias existentes en la Isla.

Según refiere la historia seria que cuentan Cabrera y Bolívar, Petit era indiobón -jefe máximo- de Isué de Bakoko en la sociedad secreta Abakuá. También fue Padre (Tata) Nkisi en la regla Palo Mayombe. Sintetizó las normas del Palo en la regla Kimbiza y la mayombería (Congo-Angola) con la santería y el espiritismo.

Creó la regla Santo Cristo del Buen Viaje, que combina atributos de Palo-Mayombe con los católico-cristianos y elementos del espiritismo de Kardec y de la Alta Magia Iniciática Europea. Esto fue alrededor de 1860.

Su mayor logro a escala sociológica fue la fundación a principios del siglo XX de la primera rama de la fraternidad Abakuá para blancos. El juego se nombró Akanarán Efo Muñón Ekobio Mukabará. Petit defendió la ética fraternal y el honor de esa proscrita y satanizada fraternidad.

Pero quizás la dimensión real de este hombre esté dada en la que le ha conferido la leyenda y la tradición oral. Es ésta la esfera donde Petit brilla con luz propia. Mucho más que en los datos específicos que recoge la historia.

Petit es una leyenda viviente para el mundo de los Abakuá, pero lo es también para otras sociedades fraternales cubanas. Lo es para la respetable masonería, entre otras. Caballeros de La Luz, masones, odd fellows, rosacruces y babalaos le rinden tributo. No es para menos.

Su leyenda dice que fue un hombre agraciado. Que actuó de gurú para importantes sacarócratas criollos y españoles. Se le criticó porque poseyó esclavos y se dice que hasta disfrutó derecho de mampara con algún encumbrado capitán general de la colonia. Pero, a pesar de esto, su corazón de cubano jamás traicionó su tierra.

Simpatizó y colaboró con los patriotas en la guerra independentista. Pero no dejó de disfrutar la vida con estilo, en grande y por todo lo alto. Su vida tuvo de todo, escándalos de alcoba, duelos a primera hora y algún que otro trajín conspirativo.

La tradición oral afirma que aunque fue hombre de muchos hijos habidos fuera del sacramento matrimonial, no abandonó a ninguno. Era otra forma de honrar la ética Abakuá. No le fueron ajenos el aplauso o la ingratitud de los hombres.

Este cubano fuera de serie exclamó al momento de morir: "¡Qué malos son los hombres!". Sus restos reposan en el cementerio viejo de Guanabacoa, en La Habana.

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