Santería

La madrina

La primera vez que la vi con un santo montado yo era muy chamaco, me asusté mucho al verla tirada en el piso y revolcada en sus espasmódicas convulsiones. Había adquirido una voz varonil y cada palabra era expulsada con un poco de espuma por la boca. Algunos de los presentes trabajaban duro para controlarla, no fueron suficientes dos hombres y requirieron la ayuda de otra pareja. Nunca comprendí aquel raro lenguaje acompañado de bocanadas de humo y ese rocío general de una colonia barata que venía en un pomito estrecho y alto. Una vieja tenía un sistema de regadío en sus manos y alcanzaba a cada uno de los presentes, hasta uno de mis ojos llegó una gota de aquel horrible perfume que usaban para espantar algo. No pude entonces contener lágrimas involuntarias, tal vez por los efectos del alcohol, quizás por el miedo sentido al ver a mi madrina postrada en el suelo y luchando contra cuatro hombres, su rostro totalmente desfigurado y con voz de macho, yo no comprendía nada.

Aquellas sesiones eran muy frecuentes, tanto, que una de las asistentes le tumbó el marido a mi madrina, y eso que se llamaban hermanas, al menos oía esa palabra cuando conversaban entre ellas. Mi primo y yo nunca pudimos adaptarnos a esos espectáculos que debieron haber sido exclusivos para personas mayores. Lo comentaríamos con esa candidez propia de la infancia, mientras gastábamos parte del día cazando lagartijas en el patio de su casa.

Mi madrina vivía en esa cuchilla existente frente a la antigua Casa de Socorros de Mantilla, formada por la amplia calzada de Managua y otra callecita de tierra. Por aquella callecita y al lado de una carpintería tenía su casa. Era de madera machihembrada y de bonito aunque sencillo diseño, estaba pintada de un verde oscuro y casi nueva. No tengo idea de cómo la adquirió, porque era de su propiedad, pero bueno, mi padrino tenía un puesto de trabajo algo envidiable en la compañía de teléfonos. En su patio pasaba muchas horas del día junto a mi primo y su perrita llamada "Mirringa".

Mi primo Enrique era todo un personaje, tan chiquito como su perra e igual de pendejo, su miedo se acercaba al pánico cuando yo cazaba alguna lagartija, poco importaba su tamaño. Recuerdo que un día le prendí una en el hocico de Mirringa y él salió disparado por todo el patio junto a su perra. Gracias a Dios que antes de la separación de mis padrinos, se dieron cuenta que en su hijito se incubaba una Magdalena y lo llevaron al médico. Fue sometido a un tratamiento hormonal y bien pronto se sintió el cambio, comenzó a crecer, su voz dio un giro radical y aunque era infantil adquirió tonalidades masculinas. De aquel enano amanerado que lloraba por cualquier bobería en el patio, se engendró un monstruo. Llegó a superar los seis pies de estatura y se convirtió en un delincuente, poco duraba en cada trabajo por donde pasara y era especialista en la destrucción de cualquier cosa que cayera en sus manos, aún así era buena gente.

Creo que aquella fue la primera bronca que vi en mi vida, la de mi madrina y su "hermanita" de religión. Nunca la había visto tan violenta, y mi miedo alcanzó dimensiones extraordinarias cuando la vi con un cuchillo en la mano corriendo tras de aquella mujer. Las palabrotas que vomitaba eran terribles, creo que puta era la más barata de todas ellas, pero de nada sirvió, mi padrino se fue tras el culo de aquella hermana y todo se jodió. Desapareció para siempre aquel patio cargado de platanillos, mariposas, marpacíficos, rosas, azucenas, y lo más precioso para nosotros, el pequeño zoológico de lagartijas, camaleones, salamandras y alguna que otra araña.

Mi padrino era un tipo bien bajo de estatura y flaco de tez algo oscura, bien trigueño y de barba muy tupida. Aún hoy no me explico como podía luchar en la cama con mi madrina, una mujer que triplicaba su peso y casi la mitad de su estatura. Era vicioso a fumar tabacos, siempre lo podías encontrar en el portal con uno de ellos en la mano aunque estuviera apagado. Tenía una virtud muy grande que aún después de muerto admiro mucho, era un ejemplar padre, el tipo que gastaba muchas horas con su hijo y complació todos sus gustos hasta que fuera un tarajayudo, porque recuerdo que ya siendo un hombre, mi primo pasaba siempre por su casa en busca de alguna mascada. Luego tuvo dos hijos más con aquella mujer que se lo robó a mi madrina, se parecían mucho a mi primo Enrique, eran bien cortos de estatura como su padre y desconozco si los sometieran a tratamientos de hormonas. Ahora pienso que aquello lo hicieron con mi primo por su despunte de pájaro y no por el talle, porque era absurdo aspirar a un hijo grande cuando el padre era casi un enano.

Pero aquellas no eran las únicas sesiones de espiritismo o santería, era algo como un deporte que ellos practicaban en ese tiempo de la bolita y la charada. Allí mismo y cruzando la calzada de Managua justo en la esquina de la Casa de Socorros, bajábamos por una callecita y asistíamos a las sesiones en casa de un tal Gonzalo. El mismo cuento de casa de mi madrina, la gente tirada por el piso diciendo barbaridades, casi siempre eran las mujeres las que entraban en trance y los hombres para controlarlas. Humo de tabaco ambientaba la sala, rocío con agua de Florida, voces de machos adquiridas, y luego, cuando se recuperaban, todo quedaba como si no hubiera pasado nada. Vi cosas extrañas en esas sesiones aptas para todas las edades de aquellos tiempos, como por ejemplo, cuando se invocaba la presencia de algún muerto y éste aparecía en el cuerpo de la persona en trance, entonces se establecía un breve diálogo entre el familiar y el muerto presente. Casi siempre era víctima de aquella puta gotica de ese horrible perfume, no me explicaba el capricho o puntería, porque siempre me adivinaban en un ojo y lloraba de la ardentía.

Allí estábamos rodeados de hermanos y hermanas, bueno, no yo, que era un chamaco y de los pocos que asistían a esas reuniones casi diarias. Esa misma rumba le costó el marido a mi madre, una hermanita le tumbó el marido y desde entonces me quedé sin padre, pero con una diferencia muy grande en el caso de mi primo Enrique, mi viejo se enamoró tanto que se olvidó dejar detrás a cuatro hijos, allí mismo comenzó mi vida de gitano.

La casa de mi madrina fue vendida con mucho dolor para nosotros, después de allí vivieron en el pasaje Sacarías de Regla, casi frente a ellos vivía mi abuela. Nunca más oí hablar de santería o espiritismo, creo que pasaron muchos años, bien fundadas razones tuvieron mi madre y madrina para desconfiar de unos santos tan cabrones que les robaran sus maridos. Ambas casas eran de mampostería y algo amplias, luego, con el correr de los años, he tratado de explicarme esa facilidad que tenía mi madrina para vivir bien. Ella fue la que mejor vivió de todas sus hermanas y hermano, pero lo asombroso es que nunca le conocí vínculo laboral alguno, y tampoco practicaba ese negocio viejo del cuerpo, porque ni eso poseía, era gordita y cilíndrica, solo podía presumir de sus ojos encantadores que nadie sabe de donde salieron verdes claro, porque en mi familia todos eran trigueños, y con esto no quiero poner en tela de juicio la pureza de mi abuela, la mujer más santa que he conocido en mi vida, eso si, algo sumisa con mi abuelo, un verdadero Tirano.

Parece que los hombres siempre se sintieron atraídos por aquellos bellos ojos, porque de verdad, nunca le faltó marido y todos con buenos empleos, aunque para serles sincero, todos les duraban lo mismo que un merengue en la puerta de un colegio, solo el último logró sobrevivir muchos años, hasta que estando aquí afuera me enteré que murió. No puedo recordar ni el nombre, ni el rostro de ninguno de ellos, ni tampoco la cuenta.

De Regla se mudaron para la calle Subirana casi esquina a Clavel, no sé cómo rayos se la arreglaba para vivir junto a mis abuelos, porque en este nuevo barrio los apartamentos daban pared con pared. Allí llegaron a vivir dos de sus nuevas conquistas, ya nosotros éramos grandecitos y yo entré al Servicio Militar Obligatorio. Mi primo Enrique despuntaba como gigante y era una esponja para recoger todo lo malo del barrio, ya era un pequeño delincuentito. Su padre lo iba a buscar todos los fines de semana y le pasaba sagradamente la pensión a su hijo. Sus visitas a casa de mi madrina eran muy civilizadas y varias veces lo encontré sentado en animada charla con el marido de turno. Yo seguí con mi vida errante, pero ahora recorriendo parte del mundo, pues a los 17 años entré en la marina.

En esta nueva vida adquirida por mí, el tiempo libre en cada regreso era empleado entre fiestas y mujeres, así eran los marinos de entonces y yo aprendí muy pronto las clases. La familia quedaba atrás y los veía en ocasiones casuales, fiestas o velorios eran las más comunes. Tampoco mi familia fue muy unida y el grado de descomposición se incrementó a partir del 59, cada uno agarró su rumbo, unos por "revolucionarios", otros por desafectos, y el resto luchando por sobrevivir, así pasaron los años y no me enteré de que mi madrina y abuela habían permutado luego del fallecimiento de mi abuelo.

-Hace poco que estuvo tu madrina por aquí.- Me dijo mi esposa cuando regresé de mi viaje cuando la guerra de Angola. Ya teníamos un niño de unos tres años y la última vez que la había visto fue en mi boda.

-¡Eh! ¿Y ese milagro? ¿Qué bicho la picó?- Le pregunté algo sorprendido.

-Dice que como tenía que realizar una visita al barrio le pidió la dirección a tu madre.-

-¿Y vino sola?-

-No, la acompañaba su marido.-

-¿El mismo?-

-Si, parece que se han acoplado muy bien.-

-Debe ser bueno el hombre, porque ya llevan varios años juntos, creo que es el que más le ha durado.-

-A mí me parece buena gente.-

-Si, yo creo que si, y es también muy decente y trabajador. Después de todo no se puede ocultar que es dichosa.-

-Dice que cuando se enteró que saliste para la guerra te hizo una misa, y me dio dos o tres cosas para que las tuviera en la casa.-

-¿Una misa? Que raro, ella hace muchos años que no practicaba nada.-

-Tal vez es el marido quien la metió en eso.-

-No lo creas, cuando mi primo era pequeño ella le metía a la burumba.- Tuve entonces que hacerle la historia del tabaco para que me comprendiera.

-Yo boté todo a la basura, ya sabes que no creo en eso.-

-Pero aunque no creas, eso ella no lo hizo para mal.-

-Lo sé, pero no me entra.-

-¿Le preguntaste por Enrique?-

-Si, dice que está de jefe de una brigada que amuebla las secundarias que se construyen en el campo.-

-¿De jefe? Así debe estar acabando.- No pude contener la risa.

-Dice que le va bien y que está tranquilo.-

-No creo que te hayas tragado el cuento, tú sabes que ese es hijo del mismo diablo.-

-Bueno, solo te repito lo que me dijo, ella quedó en avisarle cuando estuvieras de regreso.-

Mi abuela vivía ahora con otra de mis tías a solo dos cuadras del parque Fábrica en Luyanó, muy cerca de nosotros. Se había desprendido de esos lazos que la ataban al férreo gobierno de mi madrina, o quizás aquella se quiso desprender de la vieja que comenzaba a presentar síntomas de esclerosis, me inclino por esta última versión, pues a partir de ese momento la vieja se convertiría en una sobrecarga hasta el momento de su muerte. Mi madre la trajo a casa por largas temporadas, tiempo en el cual la vieja regresaba a su etapa infantil. Nos produjo muchos dolores de cabeza, escondía el "pan" nuestro de cada día entre la ropa del escaparate y aquello trajo como consecuencias una invasión en masa de cucarachas. Ella decía que yo era su hermano y nunca la contradije, me divertía aquella idea de ser hermano de mi abuela. Se ofendía mucho cuando alguien le decía que había estado enamorada del pelotero Fomental, no sé el origen de esa historia, pero sus reacciones eran casi violentas y tenía momentos donde demostraba recobrar la lucidez mental. Era sumamente extraño, pero esas cada vez más escasas oportunidades en las que se encontraba mentalmente con nosotros, fueron provocadas por la defensa de su fidelidad hacia mi abuelo, luego regresaba a ese mundo fantástico e infantil. Después de casarme y vivir por un tiempo en casa de mi madre, mi abuela llegaba hasta nuestro cuarto muchas madrugadas y nos levantaba la sábana, realizada su inspección, algunas veces le daba por orinar detrás del escaparate. Uno de esos viajes largos que di por el mundo ella falleció, descansó en paz y nos dejó descansar a nosotros también. El recuerdo más grato que guardo de ella lo es, el exquisito café con leche que preparaba. Lo hacía con leche condensada y nunca en la vida he vuelto a probar uno similar, siempre fue una excelente cocinera.

Las relaciones con mi madrina tuvieron cierta cercanía a partir de aquel viaje hasta Angola, en realidad no era con ella, más bien llegaba hasta su casa en busca del delincuente de mi primo. Vivía ahora y hasta su muerte en un pequeño apartamento ubicado en la calle Aramburu y San José, el edificio se encontraba a solo unos metros de El Colmao. No me gustaba aquel sitio para vivir, el barrio era de esos calientes de La Habana, creo que es Cayo Hueso. Pero no era el barrio a lo que siempre le hacía rechazo, en definitiva, no dejaba de ser divertido y pintoresco como todos los de La Habana, sucio y bullanguero, chusma y promiscuo, indecente y divertido, con ese desfile constante de sayas cortas, lycras ajustadas al detalle de los vellos, y tetas prisioneras de unas pulgadas de tela. Hembras y machos de lascivas miradas y palabras provocadoras, uno nunca se aburre en esos barrios aunque la vida en la isla fuera monótona. Mi rechazo siempre fue a la entrada de aquel edificio.

Era lúgubre, oscuro y húmedo como la muerte, o como la vida misma cuando se retrocede en el tiempo, porque allí nada cambia en apariencias, todo se deteriora y el impacto que se recibe es el de retroceder siempre. No sé quién demonios impuso aquella moda de pintar bien oscura las paredes desde una altura de metro y medio o dos hasta el piso, así podías encontrar los pasillos de miles de edificios en la capital. Los más refinados sustituían esa pintura por cerámica, pero igual de colores oscuros con el propósito de esconder la mugre, pienso. Por encima de esa amplia banda oscura se elevaba otra pintura más clara, pero no dejaba de ser oscura también para recintos sin ventanas al exterior, luego, para rematar y darle un aspecto de sala de tortura, colgaban en el techo un simple bombillo de pocos watts que ofrecía una iluminación muy pobre e imponía esa ruda tristeza siempre impuesta y que hoy brincan dos siglos. El paso de los años le supo dar un toque más tenebroso con la ausencia de pinturas frescas, agua, detergente y la indiferencia de sus vecinos. Esas entradas tienen que ser similares a las del infierno mismo, muchas veces premiadas con olor a orine, telarañas centenarias y alambres metálicos cubriendo como guardianes los bombillos. Si el puntal del edificio era alto se convertía en mucho más tenebroso, ese no era el caso del que habitara mi madrina hasta su muerte, era de puntal bajo, pero con todos los condimentos mencionados.

Su apartamento era pequeño, el necesario para vivir una o dos personas, razón por la cual mi primo dormía en la sala y no pudieran repetirse las aventuras de la infancia, no había cama pa'tanta gente. La sala comedor era bastante reducida para su doble función, en la cocina no cabían dos personas paradas al mismo tiempo, lo cual justificaba la presencia del refrigerador fuera de ella, que sumado al espacio consumido por la mesa, el aparador, la mesita del televisor Admiral, un sobreviviente de bombillos que supo resistir con valentía diecisiete años de bloqueo y régimen comunista, más el espacio consumido por el sofá y un sillón, dejaban muy poco espacio para caminar libremente. El cuarto era bastante amplio, pero como carecía de closet, el escaparate, la cómoda y la cama, dejaban muy poco espacio libre, y éste, había sido ocupado por una invasión de santos que vivían con mucha comodidad en un enorme altar, una especie de edificio donde cada uno de ellos tenían su apartamento, pero con la sola diferencia de que preferían comer al exterior, como hace la gente en el verano aquí en Montreal. Su baño era bastante amplio, casi la mitad del espacio dedicado a la sala y por lo que pude apreciar, hasta allí no llegaron sus santos, solo una red de tendederas lo atravesaba perpendicularmente a la entrada, donde muchas veces vi los blumers de mi madrina, tan grandes, que parecían velámenes de yates, acompañados de los ridículos calzoncillos matapasiones de mi último padrino.

El único contacto con el mundo exterior de aquel reducido apartamento, lo eran sus ventanas que daban a una especie de cajón de ventilación interior. La ventana de la sala quedaba paralela a la del baño, de allí la grata facilidad que nos ofrecía para hurgar en el interior del baño de la vecina del piso inferior, cuando ella dejara con suma frecuencia la ventana abierta a la hora de bañarse. No tenían desquite sin embargo los del piso superior, si trataran de agarrarle un filo a mi madrina solo captarían la imagen de una ballena. La ventana del cuarto daba directamente al cuarto de otro vecino, pero por mucho que tratáramos de pescar algo, teníamos que conformarnos con algún gemido escapado y con buen eco dentro de aquel cajón, o del conocido ruido producido por viejos bastidores héroes de miles campañas. La cocina tenía una pequeña ventanita que daba al edificio vecino, pero por allí no se pescaba nada.

Muchas fueron las veces que pasaba por mi primo para escaparnos hasta El Polinesio, otras veces hacíamos nuestras tertulias en El Conejito, esos eran nuestros sitios preferidos, aunque siempre estábamos presentes donde existiera un tiro de cerveza. ¿Cómo se enteraba? Eso yo no lo sé, facultades que tienen los bandidos en el sociolismo. Como era jefe de una brigada, mi primo andaba motorizado, no fueron pocas las oportunidades que se llagara por mí hasta el Mariel con el camión del trabajo, ese era nuestro carro particular, no había nada mejor que andar así, y mucho más placentero cuando no tienes que pagar la gasolina. ¡Ah! Les hablo de horarios de trabajo. Tenía muchas amigas que manejaban taxis, la mayoría de ellas tortilleras y cuando montábamos con algún pollo había que estar con las orejas paradas, eran descaradas y comenzaban a dispararle a la jeva delante de ti. Varias veces me invitó a uno de sus bacanales en casas alquiladas de la playa.

-Mi tía, ¿por qué esa mujer salió del cuarto cubriéndose la jeta?-

-No vayas a comentar nada, el lío es que esa mujer es militante del partido.-

-No sé cómo carajo se puede vivir con tanto misterio.-

-Ya sabes como son las cosas, ella es buena gente, es mi ahijada.-

Me gustaba ir a casa de mi madrina los días de Sal Lázaro y Santa Bárbara, allí fui viendo que la familia iba creciendo con el paso del tiempo. Buenas jevas, muchas viejas, bastante bebida y comida, siempre nos empatábamos con algo, bueno, todo quedaba en familia, para eso éramos sus ahijados.

-Mi tía, ¿quién es ese pollo, para qué viene a consultarte?-

-No vayas a comentar nada, el marido le pegó los tarros y quiere algo para que lo amarre.-

-Como come mierda, porque con lo buena que está se puede buscar otro macho.-

-Ya sabes como son las cosas, ella es buena gente, es mi ahijada.-

Solo un día se encabronó conmigo, no sé si era San Lázaro o Santa Bárbara, pero aquel día mi primo me subió con tremenda borrachera, y se los juro, no fue culpa mía. La casa estaba repleta de ahijados como yo, de todos colores y edades, muchas más jevas que machos, pero solo a mí se me ocurrió llegar borracho. Nos abrimos paso con dificultad por el escaso espacio disponible para llegar al cuarto, mi primo me sentó al lado del altar y me dijo que fuera comiendo y así lo hice, siempre he creído en esa disposición de ellos en compartir con nosotros, y no puedo negarles que había tremenda oferta de comida. Parece que una de las ahijadas le avisó a mi madrina, ella llegó enseguida y lo más decente que me dijo fue cagarse en mi madre. No me pasé tantos días sin ir por allá, los borrachos pierden la vergüenza.

-Mi tía, ¿quién es ese tipo que salió con tanto misterio?-

-No vayas a comentar nada, quiere que le prepare una wemba contra el secretario del partido en su trabajo.-

-Como come mierda, ¿por qué no le da un trancazo?, ¿tú crees que funcione esto?-

-Ya sabes como son las cosas, tal vez si, tal vez no, pero el tipo es mi ahijado.-

Las cosas le fueron viento en popa, no es simple deducción, cada vez que tenía un filo yo pasaba por allí a pegarle la gorra, y no es cuento, porque eso no se podía hacer ni en las mejores familias. ¿Comer? Lo que se dice comer tres veces al día, eso hace tiempo que se olvidó, pero allí estaba mi madrina con el refrigerador repleto, y a veces nos prestaba dinero con tal de no vernos. Tuvo que marchar muy bien la cosa, o mi madrina poseer poderes sobrenaturales, porque para consultarse con ella había que sacar un rendez-vous con bastante días de antelación, y cuando se complicaban las cosas desarmaban la cama para trabajar con espacio. Tan bien marcharon que mi último padrino se buscó un certificado médico que le imposibilitó trabajar por el resto de sus días, y les repito, el refrigerador siempre andaba repleto.

Llego ese día vestido con uniforme de oficial de la marina, entré a la casa sin tocar y me encontré a tres personas sentadas en el sofá, dos eran mujeres y el otro un tipo vestido con uniforme de la marina también, yo lo conocía de vista solamente. En sus manos tenía un ramo de claveles blancos y se asustó mucho al verme, mi primo no había llegado y mi madrina andaba ocupada en una consulta. Me senté en el sillón sin pedirle permiso a nadie y comencé a balancearme, a cada rato cruzábamos la mirada y lo notaba más nervioso.

-Compañero, ¿usted es de la pesca?- Preguntó el tipo al verme con uniforme de poliéster, aún en la mercante se usaba el de caqui gris, porque erróneamente le llamábamos así a esa tela de algodón.

-No, yo soy de la mercante como tú.-

-¿Y vienes a ver a la madrina?-

-Si, vengo con mucha frecuencia por aquí.-

-Yo también me consulto a cada rato para ver si salgo de la mala racha. ¡Vaya! Para que me haga una limpieza.-

-Yo no, yo no vengo a consultarme con ella.- El tipo me observó algo sorprendido.

-De todas maneras hay que tener cuidado, tú sabes que por cualquier chivatazo nos pueden echar a la calle.-

-Para serte franco, nada de eso me preocupa, yo creo que el que se tiene que cuidar eres tú.-

-Fue solo un consejo, tú sabes que esta gente no tragan a los que practican..-

-Mijo, ya te dije que nada de eso me preocupa, yo no practico nada, ella es mi madrina, pero no de religión, me bautizó cuando yo era un chama en la parroquia de Guanabacoa, ella es hermana de mi madre.- No le di tiempo a terminar de hablar y preferí sacarlo de sus dudas, las dos muchachas oían con mucha atención aquel diálogo.

-Te voy a pedir de favor que..-

-¡Olvídalo! Ya sabes como son las cosas, para eso eres su ahijado.- Después que falleció mi madrina, mi primo Enrique sacó a su padrastro de la casa, nunca dejó de ser un monstruo.

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