Sanidad

Crónica de un médico cubano

Recuerdo que el doctor Jorge Sigler, quien fuera mi profesor en el Cardiocentro William Soler- nos enviaban allí, por grupos, a los médicos de familia, a reciclarnos-, vivía por Centro Habana, en un cuartico con barbacoa, en una callejuela infecta. Este médico era joven todavía, en esa época, mediados de la década de los años noventa del siglo pasado. Tenía un montón de títulos pendiendo de las endebles paredes de su casita: Doctor Honoris Causa de no sé qué universidad, especialista de segundo grado en Cardiología, master en esto, en lo otro. No los cansaré. En resumen, el hombre era una eminencia. Era quién dirigía, y personalmente realizaba las intervenciones quirúrgicas más importantes a corazón abierto de los recién nacidos con cardiopatías congénitas. Los que no podía esperar por el compromiso que constituía la enfermedad en cuestión para la vida del bebé. Allí aterrizaban niños de todas las provincias de Cuba, hasta del extranjero. Había visitado varios países, asistido a diversos congresos, importantes. Y siempre se le veía, después de la hora del almuerzo, tiempo muerto en las salas, buscando literatura en la biblioteca, actualizándose.

De físico discreto, afilado, magro en carnes, caminaba como dando saltitos. A sus espaldas le pusimos un mote: “El Monito” Nunca se enteró y si lo hizo, no se dio por enterado. Era un hombre muy callado, correcto, discreto, enemigo de la chanza. Evitaba las bromas. Creo que más bien era un tipo tímido, inseguro en las relaciones humanas. Es mi impresión.

Bueno, un día visitó el Cardiocentro una delegación sueca. El rubio grandote que la presidía al ver al profesor se le acercó y efusivamente, obviando todo protocolo, le abrazó. Nosotros observábamos, al margen. Yo pensé que si aquel médico nórdico, que en su país debía ser una eminencia, y que hasta el momento no se había manifestado con tanta efusividad con otro médico del lugar, se expresaba de esa manera con nuestro maestro debía ser porque tenía a Sigler en una alta estima. Por experiencias anteriores sabía que un acto de esta calidad sólo es posible cuando media empatía, afectuosidad y admiración. Y así pareció ser. La visita a través del centro discurrió por los cauces habituales: se le mostraban a los visitantes, nuestros últimos “ adelantos” científicos en materia de cardiología, los pacientes operados, su evolución, su expediente clínico. Vi que el sueco se manejaba bien con el castellano y departía con el profesor; también con otros médicos de la comitiva, no muy amplia, unos diez galenos, aproximadamente. Nosotros, los alumnos, médicos de familia en tránsito, nos manteníamos a la saga, escuchando.

La visita en cuestión fue aburrida ( por la cotidianeidad del hecho, en un mes se recibían muchas como ésas), y sino es por lo que ocurrió a continuación, durante el transcurso de la tarde, y que el propio Sigler comentó al día siguiente a la hora del almuerzo, en el hospital, violentando su arraigada costumbre de mantenerlo todo en el más absoluto anonimato, no tendría razón de que yo les contara nada. No valdría la pena.

Resulta que la delegación se retiró del centro hospitalario en un autobús, en el mismo que la habían traído. Confortable, refrigerado, sabroso. El sueco, creo que su nombre era Johansen, iba sentado en el primer asiento, arrellanado, toda su humanidad tranquila, descansaba en ese sitio, cuando percibe a través del cristal de la ventanilla la figura del profesor como un quijote encima de su caballo, pero en este caso, no era un caballo sino una bicicleta, una Forever. Asombrado, porque no daba crédito a lo que veían sus ojos, decidió mandar a detener el vehículo, justo a la salida del parqueo, al lado de la bici de Sigler. El sueco se apeó del autobús:

- ¿ Qué hacer en ese trasto, profesor?

Sigler, sorprendido in fraganti, temeroso, seguramente, de que le estuvieran observando desde una de las ventanas del hospital, respondió:

- Ná, esto lo hago de vez en cuando , para hacer un poco de ejercicio. Y sabe lo bueno que es para mantenerse en forma. Mire cómo estoy, ni una gotica de grasa en el cuerpo Hoy tengo el carro roto y aproveché para ejercitarme....

Poco convincente sonaron sus palabras al sueco, que lo obligó, a regañadientes, a que subiera el ciclo al autobús, en contra de la negativa del chofer a meter aquel tareco en el pasillito estrecho de la guagüita.

No fue fácil. El sueco por un extremo del ciclo tiraba para su lado y el cubano por otro para el suyo. Venció la fuerza nórdica. Johansen hizo desviarse de la ruta al bus y dejaron al cardiólogo frente a su casa. Pero primero hubo que sortear algunos baches, y juegos de béisbol improvisados en medio de la calle. El sueco no contento con haberlo llevado hasta su casa, le ayudó a bajar el ciclo y fue la mujer de Sigler quien abrió la puerta de la casa, desgreñada, en bata de casa:

- Buenas tardes, señora-saludó Johansen.

- Buenas- respondió ella, cortésmente, luego dirigiéndose al marido, le espetó- Jorgito desde esta mañana quitaron la luz, no han puesto el agua y hay que cargarla de la cisterna de Toribio porque en la de nosotros no queda ni un poquito. Ah, y olvídate del pudín de tu madre por el cumpleaños, dice Eustaquio el carnicero que se echaron los huevos de esta quincena. ¡No vienen hasta final de mes!

La mujer parecía una poseída. Él le hacía señas para que se contuviera, pero ella sin control y alterada no se detenía.

- Parece que hay problemas graves, doctor- dijo el sueco.

Sigler desarmado ante la evidencia no aguantó más, se sentó en el contén con la cabeza entre las manos. En silencio. Desde la guagua el resto de los extranjeros lo observaban, el sueco fue y se sentó a su lado, le pasó un brazo velludo por sobre los hombros:

- Yo comprender. Vamos para mercado. Tu necesitar una factura grande de cosas. Yo comprender. Si, comprender- repetía sin cesar.

Mandó al autobús a que se marchara, él llegaría más tarde al hotel, por su medios, en un taxi. Antes iría con su admirado amigo y mal pagado médico cubano a un lugar donde le vendieran: “ ¡MUCHO COSAS! ¡MUCHO COSAS!” repetía sin cesar en su español comprensible. Irascible, encabronado. Las carencias no entienden de fronteras, ni de idiomas.

0
0
0
s2sdefault

Escribir un comentario

NOTA IMPORTANTE SOBRE EL USO DE LOS COMENTARIOS:
Por favor, recuerde que los comentarios son comentarios no un consultorio, es decir, si usted tiene algún tipo de consulta que realizar, hágalo en nuestros foros, (http://www.conexioncubana.net/foro) allí siempre hay personas dispuestas a ayudar.
Gracias.


Código de seguridad
Refescar