Sanidad

Trabuco

El marido de Yolanda estaba muy desmejorado: con mal color, flaco, y sin ganas de hacer nada. Se pasaba todo el día sentado en el portal de la bodega de la esquina. No era muy viejo. Tendría unos sesenta años, pero aparentaba diez más. Estaba hecho polvo. Era una calavera andante

--Yolanda muévete con Trabuco que se te va a romper en la casa. Llévatelo para el hospital, que lo ingresen y le hagan un chaqueo completo—le dije a la mujer un día en la consulta.

--Está descojonaó. Pero no quiere ingresar. Le tiene pánico a los hospitales.

Un día le dio un mareo en medio del portal de la bodega, cuando se iba a levantar y ya no tuvo opción. Me lo trajeron a la consulta cargado entre dos viejos que esperaban en la cola su pan diario.

Le tomé la tensión. La tenía por los suelos. Estaba pálido, sudoroso y aprovechamos y en un carro de un vecino lo mandé a ingresar a la Covadonga. Yo me fui con él. Me dio pena que el hombre fuera solo con el chofer porque la mujer no estaba en casa. Tenía una pinchita de vendedora de maní por el Parque Central y no regresaba hasta después de las cuatro de la tarde. Hice lo posible porque no lo tuvieran mucho tiempo esperando en el cuerpo de guardia. Fue imposible.

En el estrecho pasillo que da acceso a Urgencias estuvimos más de tres horas. Nos pasaban por delante las camillas con moribundos, con heridos de balas, de machetes, con sueros, con sondas. Unos gritaban, otros callaban. Era el caos.

Nos colocaron tras un parabán. Trabuco me miraba suplicante.

--¿Cuándo me vendrá a ver un médico?

--No se preocupe, compadre. Yo hablé con el jefe de la guardia y cuando esto afloje un poco, le hacen los análisis y le mandan para la sala.

Trabuco era bebedor y fumador, inveterado. Yo había intentado que el hombre dejara ambos vicios, pero ni modo. Era un jubilado de una fábrica de hacer tibores, de aquellos esmaltados, muy bonitos. Cuando cayó el campo socialista quebró la fábrica. Intentaron utilizarla para manufacturar los fusiles de las MTT, pero el asunto no cuajó. Unos fusiles esmaltados no son ideales para tiempo de guerra. Bueno, no me hagan caso, yo sólo les cuento lo que me decía mi amigo Trabuco y no sé, pensándolo mejor ahora, si era un asunto real o ideas de una mente trastornada: delirios.

Después de cuatro horas observando trasiegos de camillas, mutilados, y accidentados, nos dieron paso. Un estudiante de cuarto año comenzó a hacerle el ingreso al hombre. Era un jovenzuelo de veinte o veintidós años, gordo, blanco y pecoso.

Cuando casi tenía concluida la historia clínica me llamó aparte.

--Hace falta una donación de sangre. Sino no lo ingresan. Es la normativa—me dijo.

--No me hagas esto, yo soy su médico de familia. Esa gente no tienen ni donde caerse muertos. No tienen hijos,. Son él y la mujer, nada más.

--Es que la exigen.

Pensé. Tenía que ganar tiempo.

--Pon ahí que la traen mañana. Ya inventaré en el barrio. Hay un tipo que vende las donaciones.

--Fíjate, me dan setenta y dos horas, tres días. Trata de resolver, sino me metes en tremendo lío—me dijo.

--No te preocupes. Yo la resuelvo.

Salí tarde del hospital. Me fui caminado por toda la calzada del Cerro. A esa hora ni pensar en coger una guagua. Cuando llegué a la esquina de Tejas pude sumarme a un colgajo multirracial que transportaba una ruta 68 calle abajo, en dirección a Agua Dulce.

Esa noche, mientras me comía un poco de arroz con frijoles y un trozo de yuca, me visitó Yolanda, la mujer de Trabuco, venía desgreñada, nerviosa y con peste a humo, de tostar maní.

La mandé a pasar. Mi mujer le preparó un buchito de café y después de comentar las trivialidades del día fue al grano.

---Docto, no tengo de dónde sacar la donación que me piden por el ingreso en el hospital. Ni familia tengo. Todos se han muerto o se han ido del país ¡¡¡Ayúdame coño!!!

Rompió a llorar. Me levanté y le palmeé la espalda. Le di ánimos.

---Yolanda, yo resuelvo esa situación.

Salimos al balcón. Ella se fumó un cigarro, mientras conversaba con mi mujer de lo que se puede hablar en Cuba: el precio de la libra de frijoles, del de la ristra de ajos, de lo malo que se había puesto el negocio de la venta de los maníes, de la policía y sus redadas. En fin, de nuestras pequeñas y grandes miserias de cada día.

Al otro día, justo cuando iba camino del consultorio en mi bicicleta me salió Yolanda al paso. Estaba como loca, gesticulaba, gritaba:

--¡¡¡SE MURIÓ DOCTO!!!

--¿¡QUIÉN SE MURIÓ, COJONES!?

--¡¡¡TRABUCO!!!Anoche, le dio un paro.

--¡¡¡VAMOS PARA EL HOSPITAL!!!¡Súbete en la parrilla, dale!

Llegamos a la Covadonga y entramos por la puerta de atrás que acababan de abrir para que los trabajadores del hospital llegaran al tarjetero más rápido.

No estaba en la sala. Ya lo habían llevado para Anatomía Patológica. Un pabellón apartado. Oscuro, maloliente y de paredes grises, desconchadas.

Dejé a Yolanda bajo unos árboles, sentada en una piedra, y pasé al pabellón. Estaba de guardia el doctor Mercado que me había impartido clases cuando ejercí como alumno ayudante de esa especialidad durante la carrera.

---Hay que hacerle la autopsia a este paciente, ¿ ya lo sabes, no? ¿Habrás preparado a la mujer?

---No he preparado a nadie, ni lo voy a hacer. Profe, esa mujer está pasando un mal momento. Primero la trabaron con la donación de sangre del tipo y ahora la autopsia ¿Cómo coño le voy a explicar a esa mujer que le van a picotear al marido a estas alturas?

--Tú sabes que la autopsia es necesaria para la investigación.

--Ya lo sé, pero esta no. Un curda que se murió de un infarto no va a servir de mucho. Pasa de esa autopsia y dale bandera blanca para que la mujer entierre mañana a su marido y siga escapando con su maní en el Parque Central.

El profesor no cedía. Que si los planes de autopsia estaban por los suelos. Que si el departamento no cumpliría los planes previstos. Que si el mes estaba flojo, que si esto, que si lo otro. Me tuvo sentado en una oficinita al final del departamento dándome tremenda trova. Que le iba a desgraciar el sobre cumplimiento y el no cumplimiento. Y yo dando mis razones. Bueno, hasta que cedió y aceptó de mala gana que no le hicieran la autopsia a Trabuco.

No le conté nada a Yolanda. ¿Para qué? Ya tenía bastante disgusto para darle uno más.

Al otro día no asistí al trabajo y enterramos a Trabuco en una sepultura colectiva. Sin nombre. Le dieron a la mujer una tarjeta con un número para que en dos años reclamara los huesos.

A la entrada del hospital le solicitaron sangre, a la salida una autopsia. Por culpa de Trabuco no se cumplió el plan del mes.

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