Sanidad

Puta miseria

Seguía matando el tiempo en aquél sótano que tenía como consulta. No había mucho que hacer por los demás. Curar una herida, cuando había con qué, poner una vacuna contra el tétanos, poner un DIU ( dispositivo intrauterino), rellenar papeles: fichas familiares, historias clínicas. Inventar. Todo se inventaba. Exigían números y yo inventaba cifras. Me las sacaba de la manga. Era bueno en eso, me quitaba a los sesudos inspectores del policlínico con eso

Había degenerado--- no al punto de un colega que hacía las pruebas citológias seriadas, o sea, agarraba a una mujer y del cuello uterino le tomaba cincuenta muestras, cincuenta láminas de extendido celular, y así cumplía el plan mensual--, no había llegado a ese extremo, pero si me importaba un pepino todo. Estaba harto.

Salía con la bicicleta a hacer vistas de terreno ( a domicilio) y almorzaba aquí o allá. Donde me invitaran. Tenía amigos en todas partes de mi población. Creo que no tenía enemigos y no es que fuera muy amistoso, no, lo que ocurría es que mi indiferencia y apatía eran mal interpretadas. Los otros pensaban que estab de acuerdo con ellos, pero en el fondo me importaba un bledo que fulanito se hubiera metido en una bodega a robar, que mengano vendiera carne de res de manera ilegal. Yo no era policía y lo último que fuera en este mundo es policía. No tengo nada en contra del que se busca el sustento vestido con un traje de esos, pero a mi no me van los uniformes de nada. No me gustan los uniformes. Los detesto.

Me gusta ir a mi aire, por la vida, inadvertido. Escribir y contar cosas. Eso es lo que en el fondo me gusta. Lo demás es morralla, inventos de los otros para esclavizarte y dogmatizarte. Yo, muy dentro de mi, porque no soy muy valiente, mandaba todo a la mierda y me llevaba bien con la del comité y con el que vendía hierba al por mayor. A mí qué. Que cada cual escapara cómo pudiera.

Yo escapaba también a mi modo: comía, hacía el amor con algunas de mis pacientes ( de mutuo acuerdo), nada de violaciones y echaba mi siestecista en algunas casa del vecindario que atendía. Iba matando la jugada. Sobreviviendo.

Una casa que visitaba muy a menudo era la Orlando. Su hermana, América, y yo; habíamos tenido una aventurita sin mayores consecuencias. Ella estaba tremendamente buena. Alta, sólida, de caderas anchas. Era bailarina. Vivían en una covacha cerca de la línea del tren. La de Lawton.

América y su hermano eran muy pobres. Pobres en exceso. Ella bailaba por vocación y no sacaba mucho. Era un grupo local sin acceso a la moneda dura Los padres se habían marchado en el 94, cuando la crisis de los balseros y no mantenían comunicación. Los abandonaron. América tenía 19 años en el año que relato, 1998 y Orlando dos menos, 17 años.

La casa era de madera y se inclinaba hacia un lado. Con huecos parcheados con láminas de zinc. Cocinaban en el patio con leña.

América era hermosa, dicharachera, putona, satona, y hablar con ella me embriagaba. Parece un poco cursi utilizar ese término, pero eso me producía hablar con ella, embriaguez. Usaba unas licras muy apretadas. Tenía varias, pero la que más me gustaba era una roja, brillosa. La usaba con un baja y chupa rosado. Los senos puntiagudos querían romper la tela. Pugnaban por salir. No usaba ajustadores y los pezones se transparentaban. Con su areola oscura, redonda como una peseta de cuarenta centavos. En el medio, justo en el centro, el pezón como un proyectil. Listo para dispararse.

Orlando era flaco y bajito. Enclenque. Tocaba la guitarra en un grupo de rock. Era roquero. Algunas veces fui al local donde tocaban. Un viejo almacén donde se amontonaban carros del ejército, tanques listos para convertirse en chatarra, y obuses sin posibilidad de explosionar. Inactivos. Esto estaba a la salida de Víbora Park. A mitad de la cuesta que asciende la ruta 68 cuando va abandonar ese reparto. Allí entre unos pinos bajos estaba oculto ese sitio y ellos, sin permiso de nadie tomaban por asalto los fines de semana. Pertenecía a una unidad militar que por esa época trabajaba a media máquina.

El resto del tiempo estaba en el trapicheo. Vendía marihuana, arroz, frijoles, cigarros, cualquier cosa. Algunas veces le daba medicamentos y se buscaba unos pesos. Era bueno haciendo negocios. Pero pasaba largos períodos medio deprimido. Se tiraba en un canapé del último cuartucho de la casa, el que tenía los huecos en el techo y ahí se quedaba mirando al cielo. Con la mirada perdida, fija en las nubes que pasaban veloces y no le daba respuesta a ninguno de sus acuciantes problemas de escasez de perspectivas. Un día vino América hasta la consulta, me esperó afuera.

--Jose, vete por casa. Veo a Orlando bastante jodío. Habla con él. Conmigo no quiere hablar nada.

Entré al consultorio, agarré la bicicleta y salí a la calle. --Súbete. Vamos para allá.

Llegamos y había tremenda humareda. Ella había dejado puesto unos frijoles ablandando en la cocina del patio.

Orlando estada tirado en su camastro. Cuando me vio me saludó con un leve gesto. Una mueca de su boca. Con indiferencia.

---¿ Qué pasa compadre?

---Nada--me contestó.

Se dio la vuelta en la cama. Me dio la espalda. Me senté a su lado.

--Estás jodido. Tú siempre has sido flaco, pero te veo completamente descojonaó.

Se dio la vuelta. Me miró. Oí trajinar a la hermana en el patio. Seguro que me quedaba a almorzar con ellos. América hacía buenos frijoles negros.

--- Tengo SIDA.--me respondió. Sin yo preguntarle.

--¿SIDA? ¿Cómo cogiste esa mierda compadre? ¿Tú eres marión o qué?

--No soy marión. No sólo los maricones cogen SIDA--me respondió lacónicamente.

--Perdona, ya lo sé. Perdóname. Soy un tipo sin prejuicios, pero como son ellos los que más lo cogen por eso te dije eso. Retiro lo dicho, ¿ lo cogiste con una jeva?

--Tampoco.

--Entonces, ¿ cómo?

--Nos lo inyectamos un grupo, casi todos los que pertenecemos a la banda. Menos el baterista, todos nos metimos un jeringuillazo, fue cuando vistamos en Los Cocos a Eduardo. Hace casi un año.

--¡¡COMPADRE, USTED ESTÁ LOCO!!

--Loco no. Hambre, docto. Tenemos hambre. El grupo no avanza. El rock se muere en este país y yo no puedo ver a mi hermana matarse en un grupo de baile y sin progresar tampoco. Los viejos e piraron PA el norte y no sabemos de ellos, siempre fueron desapegados, pero esto es el colmo. Me estoy muriendo, pero ahora cuando me ingresen en el sanatorio, ¿por qué tú me vas al levar PA llá, no verdá? Voy a resolver jama PA ella y PA mi y algo que se me pegue PA tus chamas. Te lo juro.

Seguía el cacharreo en el patio. No tenía hambre, sólo un nudo en la boca del estómago. Todo me pareció más miserable, más mezquino.

Me levanté de la cama y avancé hacia la puerta del cuarto, aparté el trapo que tenían colgado como cortina.

---¿Qué le pasa, te lo dijo?--me atajó América en medio del pasillo, rumbo a la puerta de la calle.

----No le pasa nada. Está deprimido. Después hablo contigo.

Y me largué.

Orlando murió a los tres meses de aquella conversación. Sólo, en el sanatorio del Rincón. Resolvió algo de comida para él y su hermana mientras duró su ingreso y tuvo fuerzas para robar comida del hospital. Su hermana vive actualmente en España y cuento su historia contando con su aprobación.

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