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Domingo, y guardia de 24 horas en el policlínico

En ocasiones, hablando con colegas españoles, les he comentado que en Cuba los médicos, además del mal salario que perciben, se ven obligados a realizar guardias sin cobrar nada a cambio. Un absurdo total. Cuando solicitas marcharte del país te dan mil vueltas porque según el gobierno revolucionario ellos tienen derechos sobre ti por haber realizado gratuitamente la carrera. Una gran mentira, una más. Y es que no miento, cualquier médico cubano es un fiel testigo de este insólito hecho. ¿Y si te niegas? Te expulsan del trabajo, te colocan la etiqueta de conflictivo y ya puedes imaginar lo que viene detrás. Pero hay algo más, en Cuba se pasa trabajo para trabajar. Parece una redundancia, pero no lo es. He aquí un nuevo relato, muy personal.

Tengo un día por delante metido en el policlínico. Guardia, y de gratis. Sin cobrar un kilo prieto. Una semanal, cuatro ó cinco al mes.

Llegué empapado en sudor. Ya salí cabrón de casa porque cuando me levanté no había ni un poco de infusión de caña santa. El café no lo menciono. Eso es para privilegiados. Yo soy una mierda de Médico de Familia. ¡Ah, perdón, un baluarte!

Cuando bajaba en la bicicleta como un bólido por la Calzada de Diez de Octubre, sentí la goma de atrás medio falta de aire. ¿Medio? Estaba ponchada. Tuve que apearme en el semáforo de Santa Catalina y Diez de Octubre, e ir caminando.

Hace dos o tres días me siento más cansado que lo acostumbrado. Estoy muy mal papeado. Mido uno con ochenta y estoy pesando 60 kilogramos. Muy poco. Según las tablas de peso y talla estoy rozando la desnutrición. No creo que sea para tanto, pero estoy flojo. No tengo aspecto de médico, sino de cadáver. ¿Y quién no lo tiene en este país? Aquí se envejece muy rápido. El sol, la miseria, las preocupaciones, la falta de expectativas, es todo. Si fuera una sola cosa, te concentrabas, y la resolvías. Pero no. Es como en una novela de aventuras cuando un buque está haciendo aguas, tapas allí un hueco, pero ya hay otro por allá. Es para volverse loco. Hay mucha gente hablando solos por la calle, con piojos, con úlceras en la piel, barbudos, con la mirada perdida.

Hasta yo hablo solo. El CVP del policlínico se dio cuenta.

--¿Qué pasa médico, hablando solo?-- Me lanzó una mirada cargada de ironía.

-¡No, estaba hablando con Dios!- Le respondí.

--Ja, ja, ja, ja. esa es buena. Dale un recado de mi parte.

--¿Cuál?

--El que tú sabes. Lo que todos sabemos.

--No me cojas para tus cosas.

--Ja, ja, ja, ja

Y siguió riéndose como un estúpido. Pero en el fondo era un infeliz.

Até bien la bicicleta a un tubo medio oxidado que estaba en un rincón de la consulta. No confiaba en dejarla en el parqueo. Me refresqué delante de una ventana abierta. Cuando estuve listo para comenzar la consulta me coloqué detrás de la vieja mesa.

Quien no haya dado nunca una consulta médica en Cuba no puede imaginarse con cuantos obstáculos tropiezas desde el inicio. Allí no hay ordenadores (Computadoras), no hay bolígrafos, no hay papel, no hay recetas, no hay medicinas. No es un problema político. No señor. Es la realidad.

Cuando me senté empecé a sacar de la mochila que llevaba conmigo unas hojas de papel que una paciente que trabaja en la papelera de Puentes Grandes, me había regalado. Un favor que no tendría con que pagarle.

No usaba bolígrafo para escribir, sino una vieja Paker 51. Era de mi padre. La rellenaba con una tinta azul de metileno) que me hacía una empleada de la farmacia cercana. La que está frente al Alameda. Buena mujer. ¡Qué Dios la tenga en la gloria! Murió hace dos años de cáncer.

Después de inspirar, espirar, meditar y cagarme en la madre que me parió comenzaron a pasarme pacientes. Fuera había una cola enorme. Desde mi puesto podía verlos: afligidos, compungidos, descojonados. Pura calamidad.

--¿Cómo te llamas?-Pregunté al primero que se sentó frente a mi. Era un viejo como de setenta años, de mirada apagada, párpados caídos.

--Erasmo Rodríguez Pérez.--Me respondió con una voz que se dispersaba en la densa atmósfera de la habitación, pues hacía mucho calor y no había ventilador.

--¿Edad?

--Setenta y cuatro años.

--¿Qué te sientes?--Fue inquisitiva mi pregunta.

--Me duele el pecho. Mire doctor, es aquí, en el centro. Como si me estuvieran aplastando con un pisón. --Se señalaba el centro del tórax con el puño cerrado.

--¿Desde cuándo te duele?-Pregunté.

--Hace cosa de media hora. Estaba en la cuadra chapeando con la gente del comité, y me sentí mareado, después sentí el dolor este que no se alivia.

--¿Y qué tú haces tan viejo y tan mal comido cortando hierba? Deja eso para la gente joven.

--Doctor, es que esos nacen cansados. No quieren hacer nada, sino damos un paso al frente los más viejos quien lo va a dar.--Me respondió.

--Bueno deja eso. ¿Fumas?--Sospechaba que tenía una insuficiencia coronaria.

--Hace poco lo dejé, pero fumé mucho, mucho. Yo soy retirado de las FAR, y usted sabe, el ejército no es fácil, mucha tensión.--Estaba como disculpándose.

--Está bien. Vamos a hacerte un electro. ¡CASANDRAAAAA!--Llamé a la enfermera, a gritos, porque esa cabrona se metía en los lugares más impensados.

Apareció por una puerta lateral.

--¡Ay chico no grites tanto, estoy aquí!

--Oye hazle un electro a este paciente, y cuando esté listo llámame.

--Bien.

El viejo se levantó con esfuerzo, sudaba a mares.

--No viejo, usted no puede caminar, así como se encuentra. Acuéstese en esa camilla.

Le señalé una vieja camilla, muy deteriorada. Le faltaban las ruedas para poder desplazarla rodando. Tuvimos que arrastrarla entre dos. Yo y otro paciente de la cola que me ayudó.

El siguiente era un hombre joven. Tendría unos treinta años. De pelo muy negro y pelado bajito, estilo militar. Era alto y de complexión atlética.

Después de tomarle los datos, y preguntarle el motivo de consulta me lo dijo muy bajito. Cuando habló apenas movió los labios.

--Oigo voces.

--¿Voces?--Pregunté.

--Si médico, son voces, y dicen cosas malas.--Miraba hacia los lados como si temiera que alguien lo oyera.

--¿Y qué te dicen esas voces?-- Inquirí.

--Por favor doctor nadie puede enterase de esto, tiene que jurármelo--Los ojos querían salírsele de las órbitas. Me asió el brazo derecho, con fuerza. El tipo estaba aterrorizado.

--Lo que un paciente dice a un médico es secreto profesional, es como decirlo a un cura. Una confesión--Intenté tranquilizarlo. Pensé: ¿Esquizofrenia?

--Creo en usted. Me inspira confianza--Vaciló unos instantes, entonces lanzó una ráfaga verbal--Las voces me dicen: ¡FIDEL ES UN HIJO DE PUTA!

Me tomé unos segundos. Lo miré directo a los ojos. ¿Enfermo ó provocador? Una voz, ¿Voz? Sí una voz interior me recomendaba a mí prudencia, tranquilidad. Eran tiempos de "definiciones", y una mala jugada de mi parte me podía mandar a la cárcel. Un sudor frío me recorrió la espalda. Dejé la pluma sobre la mesa, me froté las manos, y no quité mi vista del individuo. Siempre mirándole a los ojos. Si era un provocador lo iba a mandar a freír tuzas, pero sí era realmente un enfermo, había que ayudarlo.

--¡-JOSEEEEEE, YA ESTÁ EL ELECTRO!

Dejé al paciente, sus voces, y fui corriendo. En efecto, un infarto de cara diafragmática.

--¡Ponle a este hombre una infusión endovenosa de nitroglicerina, cinco ampollas en quinientos mililitros de glucosa al 5%! Monitorízalo y llama a la ambulancia. Vigílale la tensión arterial. Si tiene mucho dolor pásale un poco de mórfico en vena. Vengo enseguida. Déjame terminar con un asunto-- Y mirando al viejo a la cara, intenté transmitirle calma--Tiene un pequeño infarto, pero saldrá bien. Si se siente algo nuevo llame a la enfermera.

Lo aislé del resto de la enfermería con un parabán verde. A esa hora había muchos asmáticos poniéndose aerosoles, gente inyectándose, otros dando gritos con las curas con vinagre (eufemísticamente, ácido acético), etc.

Me tomó la mano derecha y la apretó con fuerza entre las suyas. Eran manos callosas, duras.

--¡Gracias médico, usted es una buena persona!

Desvié la mirada. No sabía que contestar.

--No mi viejo. Yo soy un tipo normal, solamente cumplo con mi deber.-- Me solté, y en el momento que abandonaba la enfermería oí unos gritos.

--¡AL PRIMERO QUE SE ME ACERQUE LE METO UN TIRO!

Era el hombre de las voces. No parecía el mismo, había perdido la compostura, la calma. Peligro.

Señaló hacia mí con el cañón de la pistola.

--¡Y usted fue a avisar a la policía! ¡Es el primero que me voy a llevar por delante!-- Con la mano izquierda sostenía una Makarov, mientras el brazo derecho lo tenía pasado alrededor del cuello de Carmela, una anciana que conocía por sus frecuentes visitas al centro. Siempre solicitaba unas recetas de Meprobamato. Eso la ayudaba a capear el temporal.

Todos tenían fijas las miradas en mí. Estaba en una posición incomoda. Un loco de estos era capaz de cualquier cosa.

Le hablé con respeto, pero con firmeza. No podía demostrar miedo, sin embargo estaba cagado.

--No llamé a la policía. Tú mismo con tú actitud te estás delatando, aquí nadie sabe por qué razón viniste al médico. ¿Tú piensas que este policlínico de mierda es como esos de las películas de los sábados por las noches que tiene hasta satélite? No jodas chico, si aquí, hasta para echar una cagada decente tengo que ir a casa de Magnolia, la vecina de enfrente. Además el único teléfono, y la única extensión, por supuesto, está en la parte de adelante, al lado de la garita del CVP.

--¿Es cierto, o no, muchacho?--Y miré hacia el custodio.

El hombre asintió con un gesto. La sonrisa del saludo mañanero se había borrado de su cara. Estaba aterrorizado.

Continué con mi labor persuasiva:

--Además para que no tengas miedo, esas voces, son una enfermedad. Tú no eres culpable de nada.

--Yo no estoy enfermo. Yo soy un enviado del planeta LAMBORT.

¿Extra terrestre, y venía a liberarnos? ¡Coño, ojalá fuera verdad! Pero no, eran alucinaciones auditivas, y quizás las tendría hasta visuales.

--Bien-Tragué en seco-- ¿Y cómo te comunicas con tú gente?

--¿Con quién?--Me preguntó desconcertado. Aflojó la fuerza que ejercía sobre el cuello de la mujer.

-¿Con quién va a ser? Con los de tú planeta, si son de LAMBORT, deben ser Lamborinos, ¿No?-- Pregunté con sorna.

--A través de antenas que tengo en mi cerebro.

Me interesaba la conversación. Estaban adelantados esos seres. Si invadían la tierra, mataban al "Presidente", y todos mejoraríamos en Cuba con esas antenas en el cerebro. Fenomenal. ¿Estaba yo delirando o comiendo mierda? ¿Será cierto que la locura se contagia? Y sumergido en estos pensamientos, sentí detrás de mi unos pasos cansados.

Era el viejo que había obligado a la enfermera a venir con él y los sueros.

--He oído todo. El médico no ha llamado a la policía, además para qué iba a llamarla. Contéstame tú.--Un grueso índice apuntaba al alucinado.

El rostro del "acusado" se sumió en el desconcierto. Soltó a la anciana, y dándome un fuerte empujón corrió hacia la puerta del policlínico.

--FIDEL ESTÁ LOCO; ES UN HIJO DE PUTA; LOCOOOOOO-- Iba en dirección al cine Alameda corriendo como un desaforado. Su voz fue apagándose lentamente.

El viejo sonrió.

--Y por eso tanta jodienda. Si todo el mundo sabe eso, no es un secreto.

--¿Usted dice eso?-- Le pregunté asombrado.

--A mi nada pueden hacerme. Me voy para la camilla, me estoy mareando.

Lo acostamos con mucho cuidado. Como a las dos horas vinieron a buscarlo con la ambulancia.

Seguí pasando consulta.

Sarna. Muchos casos de sarna. Receté muchos baños con escoba amarga.

Tos, catarros, bronquitis. Lo mejor para eso eran los jarabes con Orégano y Bejuco Ubí.

Heridas en la piel con puntillas, cuchillas de afeitar usadas veinte mil veces. Receté lavados diarios con Kerosene.

Los forúnculos y los abscesos los drenaba con bisturí mellados, y lavaba con agua común de la llave. Milagrosamente curaban.

Los reconocimientos de ginecología los hacía con espéculos mal esterilizados, los autoclaves funcionaban mal. Yo para asegurarme los flameaba antes de usarlo con una vieja fosforera. Y en ocasiones, sin guantes, se hacía de todo.

Las jeringuillas eran de cristal, son de ese material todavía. Las gente las hierven o nosotros las lavamos, "esterilizamos", y listo.

Cuando llegaron las doce de la noche no había probado bocado. Estaba molido. La enfermera me regaló un pan con croquetas. ¿ De qué eran ¿ No sé, ni me interesaba. Dicen que eran de Ave, averigua...Ja, ja, jaja... Se corrió hace un tiempo una bola de un fulano que cazaba tiñosas para convertirlas en carne de pollo. El ingenio se agudiza.

El pan, y lo que tenía dentro, lo bajé con un poco de agua de la pila. << ¿Se estaría meando el custodio del acueducto en el agua de la ciudad? Me supo a orina. >>

A las dos ó tres de la mañana atendí tres borrachos trasnochados. Mucho alcohol y poca jama. Alcohol malo, muy malo.

Les puse un glucosado en vena, y mientras la enfermera los vigilaba, me fui a acostar. Me tendí encima de la camilla donde había tenido por la mañana al anciano infartado. Me aislé con el paraban, y me viré para el lado contrario de donde provenía la escasa luz del bombillo que alumbraba a medias la habitación.

No tardé en dormirme. Soñé con comida. Manjares. Siempre soñaba lo mismo. Eran imágenes oníricas reiterativas. Me alimentaba en el inconsciente, ya que no podía hacerlo en la vida real.

Me despertaron como a las seis de la mañana. Era la enfermera.

--Jose despiértate, una asmática, y ya no queda Salbutamol.

Me levanté destrozado. La ausculté y comprobé que tenía un bronco espasmo tremendo.

--Aerosol de "furosemida", golpes en la espalda, y ponle un fisiológico en vena e hidrocortisona.

Casandra, la enfermera, se exasperó.

--¿Tú estás dormido todavía? ¡Despierta!, esto no es Clínicas Mayo, estás en el Policlínico "Luis Puente Uceda", no hay fisiológico, ni hidrocortisona. Las que dieron para la guardia se agotaron ya. Hay que esperar a las ocho que entre el administrador y abra el almacén, a ver si hay.

Ahora el que estaba empingado era yo.

--Chica esta gente se piensa que aquí la gente se enferma por lotes. Tienen tremendo trauma con los números. Todo son cifras. Tanto de esto y tanto de lo otro. Siete placas para cada guardia.

Me interrumpió:

--Deja ahora esa trova, y mira a ver que hacemos para resolverle a la mujer.

Una idea me pasó por la cabeza, a la velocidad de un rayo.

--Espérate.

Salí casi corriendo, y bajé al almacén. Saqué lo que hacía falta y resolví.

<<Total yo no lo quiero para mi consumo personal, es para los enfermos>>

A las ocho llegó el relevo. Desmonté la rueda trasera del ciclo y me la llevé para el garaje. Leocadio, el ponchero me resolvió rápido. Menos mal.

Regresé al policlínico y monté la goma. Bien por el momento.

Cuando llegué a la casa. Igual. No desayuné. Salí a luchar algo para el almuerzo. Tenía que movilizarme, a las doce empezaba la consulta.

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