Sanidad

La salud pública cubana

Hace aproximadamente veinticinco años, una profesora universitaria cubana de visita en Suecia, ofrecía una conferencia magistral ante un claustro de profesores y estudiantes de una universidad de ese nórdico país. Cuba estaba entonces abocada a lo que se denominó eufemísticamente “Período especial en tiempo de paz”, que traducido a un término más común y menos rimbombante, no era más que una crisis profunda, provocada en lo fundamental por la pérdida del sustento económico-financiero que representaba la URSS en particular y el bloque socialista europeo en general. El interés por saber cómo el pequeño paraíso socialista caribeño lograría mantenerse a flote, creció, pues pocos apostaron por su supervivencia, sobre todo, al considerar la sabida debilidad de la economía cubana: deformada, dependiente y poco diversificada. El resultado está a ojos visto, de modo que no me extenderé en este aspecto.

Para todo cubano revolucionario, el deber de defender el sistema socialista se hizo más patente, incluyendo la divulgación de los logros alcanzados después de 1959. Así pues, la campaña internacional en contra de la revolución debía de ser contrarestada con todos los medios posibles, sobre todo en el extranjero. Cumpliendo con esta premisa, la profesora expuso los logros alcanzados por su país, sobre todo en el ámbito socio-cultural, pues en lo económico, de poco se podía hablar. La salud, la educación y el deporte siempre han sido una buena carta de presentación de un sistema en que la economía siempre ha estado renqueante. La profesora se explayó mencionando cifras: nivel de alfabetización, cantidad de habitantes por médico, tasa de mortalidad infantil, esperanza de vida, cobertura sanitaria, cantidad de graduados universitarios, cantidad de universidades e institutos politécnicos, cantidad de medallas de oro en juegos centroamericanos, panamericanos, olimpiadas y campeonatos mundiales. En fin, una retahíla de números capaces de aturdir al más despabilado. Sin duda estos datos reflejaban en su mayoría una realidad palpable, por demás evidente, pero lo importante no era lo que fue, sino lo que estaba por suceder, de modo que la pregunta no faltó: ¿cómo espera el gobierno mantener los índices hasta ahora alcanzados en medio de un cambio tan brusco de escenario y con semejante escasez de recursos financieros? Una pregunta elemental. De cómo la profesora logró intentar salir de la encrucijada planteada, no me voy a referir, pero sí que me detendré en uno de los sectores de éxito de la revolución.

A pesar de la crisis, la mortalidad infantil en Cuba registró el pasado año una de sus cifras más bajas: 4,8 muertes por cada mil nacidos vivos. Pocos países en el mundo pueden mostrar semejante resultado. En cuanto a la esperanza de vida, el promedio es de aproximadamente 78 años (entre ambos sexos), también una de las más altas del mundo. Cuba, transformada en una fábrica de médicos, dispone de un médico por cada menos de 200 habitantes, quizás la relación más baja del planta, aunque una cantidad no despreciable de personal de la salud, fundamentalmente médicos, trabajan en el exterior, como parte de los programas de cooperación que el gobierno mantiene con otros países. En mi opinión no caben dudas de que no es poco lo que se ha hecho en el sector de la salud en Cuba, habiéndose desarrollado un sistema sanitario bastante bien estructurado, invirtiéndose en la formación y capacitación del personal.

La otra cara de la moneda está en el aspecto material. Los hospitales y policlínicos se han estado deteriorando progresivamente, como resultado de la carencia de recursos. El mobiliario de las salas de hospitalización y de las consultas se hizo precario. No pocos consultorios del médico de la familia prácticamente han desaparecido, presas del deterioro y el abandono. Algo se ha intentado hacer, pero los esfuerzos son insuficientes ante tanto desastre acumulado, porque sencillamente faltan los recursos financieros. La comida en los centros hospitalarios es deplorable y no pocos salones de operación se han visto obligados a cerrar por contaminación o simplemente por falta de aire acondicionado. Los medicamentos escasean, habiéndose hecho necesario aplicar un sistema para la distribución y venta, evitando entre otras, la especulación o reventa de los que llegan a las farmacias. Después de años de fomentar la preparación de enfermera(o)s, el sistema de salud comenzó a notar la insuficiencia de éste personal, debido al abandono de la profesión. Demasiado sacrificio para tan poca recompensa en términos no solo monetarios, sino de perspectivas. Al igual que en el sector educacional, la formación de enfermera(o)s “emergentes” se hizo necesaria para poder cubrir la demanda. Hacerse un TAC o un electroencefalograma de 16 canales implica un esfuerzo loable, más que todo para encontrar el lugar en donde los equipos estén en funcionamiento. En las clínicas dentales escasean los materiales y con los que llegan, en ocasiones se benefician los socios o incluso los que pueden retribuir el servicio. Los médicos, otrora ciudadanos de primera, viven pendientes de los “regalos” que les pueden hacer los pacientes, incluyendo unos litros de gasolina para mover el carro, pues sus “altos” salarios no le sirven para mejorar su nivel de vida. ¿Quién no conoce en Cuba a un médico que haya sido a su vez dulcero?

Al margen de la política y de las estadísticas, no queda otra que decir que la realidad muestra cómo van las cosas en un país que se auto declaró como potencia médica mundial. Lo peor es que parece difícil vislumbrar cuándo se enderezará el rumbo.

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