Sanidad

La pieza

Cuando hice la carrera de medicina, alternaba los estudios básicos de la misma con la ayudantía de anatomía patológica. Una especialidad que me hubiera gustado hacer, pero que por circunstancias de la vida no pudo ser.Esta es una especialidad médica que las personas tienden a asociar con el estudio de los cadáveres, cuestión muy lejos de la verdad, pues también se toman muestras de tejidos vivos ( biopsias) para diagnosticar una enfermedad en vida y poder instaurar el tratamiento apropiado.

Recuerdo una anécdota muy interesante y divertida y voy a contárselas. Un poco a modo de distender, como siempre, el clima de nuestra página.

La jefa del departamento de anatomía patológica del hospital donde hacía mi ayudantía, era una señora entrada en años, bajita y regordeta de nombre Matilde.

Matilde era extremadamente puntillosa para el trabajo diario, además de ser una buena patóloga. Y aparte de la jefatura del departamento era especialista en patología ocular. O sea que todo lo relacionado con los tejidos del ojo humano era de su incumbencia. Hay que decirlo, era la mejor. Los médicos del hospital Covadonga dónde se encontraba su departamento pasaban por su despacho ante la mínima duda con el diagnóstico anatomopatológico de un paciente ( en lo referente a ese órgano tan importante: el ojo).

Se han dado casos en que el oftalmólogo ha diagnosticado un tumor ocular y se ha tenido que hacer la enucleación ( extraer el globo ocular completamente) con finalidades terapéuticas ( impedir que el tumor se extienda a estructuras vecinas) y con finalidades diagnósticas ( definir el grado de malignidad del tumor en cuestión). Hago estas salvedades para que se entienda mi relato. Continúo.

El jefe del departamento de oftalmología del hospital nuestro, era un argentino, un tal doctor Orestes Pavassi. Este señor era tan bueno en su especialidad como lo era en la suya la doctora Matilde. Ambos habían asistido a congresos y se rumoreaba entre el personal hospitalario que habían tenido un enredo amoroso tiempos ha.

El argentino era un tipo extremadamente nervioso, flaco, calvo y bajito. A pesar de llevar viviendo en Cuba más de treinta años, no se le quitaba el acento porteño. Nos gustaba oírlo hablar, aunque él lo combinaba con el acento de la isla y era, en ocasiones, un verdadero arroz con mango.

Esa mañana yo estaba terminando de pasar unas piezas a sus respectivos frascos ( trozos de riñones, úteros y corazones) y casi había concluido lo que dábamos en llamar, Pase de Biopsias. Que no era más que cortar en pedacitos los órganos, lunares y fragmentos de piel y otras muestras de tejido vivo que nos enviaban desde los diferentes servicios del hospital y que debíamos sumergir en formol, para su endurecimiento y fijación. Antes, se hacía una descripción externa de la pieza, que se le dictaba a una secretaria ubicada a escasos metros de distancia, sentada ante una vieja máquina de escribir.

El argentino entró como una tromba, casi corriendo. Con un frasco color ámbar en la mano lleno de un líquido turbio en el cual flotaba lo que me pareció a mi, un huevo de codorniz.

-¿Dónde se encontrá Matilde, doctor?- me pregunto sin saludar y aún yo no era doctor. Pero éste le llamaba doctor a todos.

- Debe estar en la oficina- respondí, sin prestarle mucha atención. Tenía los ojos irritados por el formol con que trabajaba y quería terminar aquello cuanto antes.

- No está en la oficina. Y traigo el ojo de mi hijo, ¿ me entendés? El ojo de mi hijo está en este frasco.

-Deje el ojo ahí y cuando Matilde venga por aquí, yo se lo doy. No se preocupe.

Se dejó caer en una silla cercana.

-No me entendés. Nadie me entiende. Es el ojo, el ojo de mi hijo, ché. Tenés que ponerte en mi lugar, ché. Mi hijo fue operado hace sólo media hora y este es su ojo. Nacemos con dos ojos, ¿ me entendés, ché? Dos ojitos y ya mi hijo con veinte años perdió uno, le diagnosticamos un retinoblastoma por inspección y quiero que Matilde corrobore el diagnóstico. Sólo ella, ché, sólo ella puede hacerlo. Confío en Matilde, ¿ me entendés?

-Mire, vamos a hacer una cosa. Usted déjele el ojo con la boleta y un mensaje de quién es el ojo, y cuando regrese yo se lo doy personalmente, ¿ comprendido?

-Voy a confiar, ché. Voy a confiar.

Escribió algo en un papel y me extendió ambos, el papel y el frasco con el huevo de codorniz. Con desconfianza.

Cuando la doctora regresó le entregué el encargo y sólo me dijo:

-Quiero que me dejen tranquila, que no me molesten para nada. Voy para el cuartico de las biopsias a cortar esto, dile a Rabiza, la secretaria que vaya para allá atrás. Esto es un caso especial.

Avisé a la secretaria y me fui yo también tras ella.

La doctora había colocado el ojo del hijo del señor Pavassi encima de una madera ubicada transversalmente sobre el fregadero de la morgue. Una madera desgastada por el uso y llena de cortes en su superficie. Era como esas que se utilizan en casa para cortar la carne. Cuando teníamos carne.

Mientras, el ojo, una estructura oblonga, y algo gelatinosa estaba quieto en la madera, ella se colocó una bata verde y unos guantes de látex. Extrajo de un estuche de cuero un bisturí nuevo y tomó entre el índice y el pulgar de la mano izquierda el huevo, mientras con la derecha dirigía el filo del bisturí al centro del ojo para propinarle un corte limpio y sagital. El ojo cuando se abre contiene una sustancia que se denomina humor vítreo.

-Ahora, le doy un cortecito- murmuró para sí.

De improviso el ojo resbaló de entre sus dedos índice y pulgar; de aquella pinza humana, y saltó como una pelotita de pin pón hacia el fondo del fregadero, con tan mala suerte de que carecía de rejilla el desagüe.

- ¡OHH, ME CAGO EN LA MADRE QUE ME PARIÓ. SE ACABA DE IR POR EL CAÑO EL OJO DEL PROFESOR!- gritó, con el rostro descompuesto por la ira.

Yo que estaba a sus espaldas había presenciado todo.

- Doctora, no toque el fregadero, ni abra la pila. Búsqueme una llave picoloro que voy a desmontar la sifa.

La mujer no me replicó. Salió como un bólido en busca de la llave. La secretaria me observaba burlonamente. Era una rubia pecosa con los labios muy pintados y provocativos. Usaba unas sayas muy cortas y desde donde yo estaba, abajo del fregadero, podía verle el blúmer rosado y dos buenos muslos surcados por finas venillas azules, pero que no restaban nada al paisaje que me ofrecía.

- El ojito de Orestes debe andar ya por el Almendares- dijo riéndose.

-Chica, no seas hija de puta. No es el ojo del viejo, sino de su hijo- le dije de mala forma.

-Jajajaja, en cien años todos seremos calvos- me replicó.

-Ya lo sé, estaremos muertos; pero ahora hay que encontrar el ojo. ¡Cállate!

Y se calló, pero no por mí, es que sintió los tacones de Matilde que se acercaban por el pasillo contiguo al sitio donde estábamos.

-Toma, Amieiro. ¡Ten cuidado, mijito! ¡Con mucho cuidado!

-No se preocupe, esto es pan comido- le contesté y puse manos a la obra.

¿Obra? Desbarajuste fue lo que formé. Desarmé toda la tubería y nada, el ojo se había esfumado.

Casi tres horas respirando mierda, y nada.

- Voy a llamar a Toribio, el de mantenimiento. Esa gente le sabe a eso. Que levanten el piso del departamento, pero que aparezca el ojo de Pavassi- dijo Matilde.

Toribio, un negro tinto, bien tinto, y enorme, se apareció a la media hora con tres mulatos tan grandes como él. Parecían periódicos de la cantidad de tatuajes que tenían en sus cuerpos. Eran torsos sudorosos y oscuros surcados por serpientes, cruces y frases tales como: “MAMÁ, HASTA LA MUERTE” “CARIDAD POR TI MATÉ A ESA” “AMOR DE MADRE” También tenían tatuados sirenas, cocodrilos, sables, corazones, velas...Aquellos tipos eran unos museos.

El más joven hablaba mucho, con aspavientos.

-¡Asere, esto es jamón!- dijo, y lo primero que hizo fue comenzar a romper el piso contiguo al fregadero porque según Toribio, el jefe y el más viejo, el ojo debió quedar trabado en la ascensión de la tubería a dos metros del sitio donde cayó al caño del cabrón fregadero.

Allí comenzaron a cavar y a las dos horas de trabajo habían desenterrado la tubería sin resultado alguno. El ojo no aparecía.

Si encontraron trozos de otras vísceras, pero del ojo nada.

- Doctora, lo que nos queda es meter el buldózer en el patio y levantar parte de esta pared posterior y sino seguimo pa lante hasta que aparezca.

Matilde estaba desanimada. Tenía el rostro desencajado. Abatida.

-No, caballeros, me han ayudado mucho, pero no podemos seguir rompiendo el departamento. Lo que sí quiero es que esto no salga de aquí. Ya lo del ojo del hijo de Pavassi no tiene arreglo. Sea benigno o maligno el tumor, lo que se hizo, se hizo, y más no iban ellos tampoco a hacer. Él quería el diagnóstico sólo por el hecho de estar seguro como padre que hizo lo correcto y yo voy a ayudarlo a sentirse bien. Mañana le doy un diagnóstico de malignidad y el hombre queda convencido y contento y el departamento no pierde prestigio. Ahora sí, lo único que les pido a ustedes , es que sepan guardar el secreto. Esto que hicimos hoy es una reparación del departamento y no para buscar el ojo del hijo del médico ese, y para que vean que no soy tan mala, les voy a preparar un traguito de alcohol de noventa. Mientras van sellando el piso de nuevo, ¿ qué les parece?

-Adelante el carro, doctora. Usted es la mejor- dijo Toribio.

Aquellos prietos se bebían el alcohol a la roca. Cuando la doctora trajo la botella y algo de azúcar y agua, ellos se negaron.

Se pasaban la botella y tomaban directamente de ella. Eran tipos muy duros. Ex presidiarios endurecidos por la vida.

Me entretuve observándolos, no tenía otra cosa que hacer. Cuando casi tenían todo cerrado y estaban colocando el fregadero, aún el cemento del suelo estaba muy blando, muy fresco, y a pesar de lo duro que fueran, estaban medio borrachos los tres, y bromeaban con la secretaria rubia y pintarrajeada.

-Mama, si te cojo, te pongo a gozar.

Matilde, la jefa, se mantenía en un aparte conmigo, esperando que terminaran para largarse a su casa y también nos habíamos dado unos traguitos, pero mezclados con azúcar blanca.

-Nunca me había pasado una cosa igual- me decía con la lengua estropajosa. Y los ojos vidriosos, como pescado en nevera.

-Doctora, no se preocupe. Lo hecho, hecho está. No se machaque más la corbata que no va a solucionar nada.

De improviso, como un rayo en un cielo despejado, hizo su aparición el doctor Pavassi.

-Ohh, Matildita, qué bueno que te encontré,. Decime algo del ojito del muchaco, anda decime, no seas malita.

Matilde lo miró largamente, con los ojos entornados, como el que se fuma una maría y le molesta la luz.

-Hiciste lo que debías ,Orestes. En apariencias era lo que pensabas. Un retinoblastoma. Había que enuclear.

Se le iluminó el rostro al gaucho.

-Me das un alivio muy grande, no sabés cuánto alivio...¿Vos qué tomás? No sabía que tomaras- entonces reparó en el cemento fresco y en el resto del personal, en los tres prietos que ya daban el toque final al fregadero- ¿Reparaciones?-preguntó.

- Ná, consorte, cerrando la tumba de un ojo-respondió el más joven, aguantándose de la meseta para no caer, borracho.

Era lógico. Llevaba dos días trabajando en el hospital y no podía imaginarse que el ojo era del hijo del doctor argentino. No lo hizo por maldad.

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