Sanidad

El buen cirujano

La Covadonga es un antiguo y enorme hospital. Tiene muchos pabellones, al estilo de hace cien años y muchos jardines entre ellos. Hace casi un siglo creo que estaban sembrados de hermosas flores, césped bien cuidadito y eso, pero ahora crece la hierba mala en ellos y nadie se ocupa de plantar flores. Eso si, tiran en ellos toda la mierda que hay en la calzada del Cerro. Al menos era así antes de marcharme de Cuba, hace unos cinco años. Quizás ahora estén peores.

Creo que se construyó allí para darles atención a los asturianos, o algo así. No estoy seguro. De lo que sí pueden tener seguridad es que está construido en un buen lugar. Mucho verdor, poca contaminación y aire fresco. Cada pabellón, los hay algunos enormes, lleva el nombre de un mártir o de un héroe. Nombres de muertos que la mayoría no conoce, pero que un día dejaron sus huesos por ahí.

Yo estudié en ese hospital e hice cinco años de mi carrera de medicina en él. Allí pasé buenos y malos momentos, como todos. Casi todos van olvidándose, con el tiempo. Pero hay instantes que se quedan muy grabados en nuestra memoria. Es increíble.

Cuando hice la rotación por la especialidad de cirugía estuve como tres meses en el pabellón “Camilo Cienfuegos”. Tuve muy buenos profesores, pero hubo uno en especial que me marcó para toda la vida, por algo que les voy a relatar.

El profesor Lucio Hidalgo, cirujano titular y hombre de pocas palabras era un tipo bajito, rechoncho y tenía cara de hamburguesa. No de las del Mc Donalds, sino de aquellas que vendían a dos pesos en la calzada del Cerro, allá por los ochenta. Era un rostro grasiento y lleno de pequeños agujeritos, estigmas de un acné mal curado. Su boca, sin labios, apenas se movía cuando hablaba y unos pequeños ojillos de ofidio te observaban desde la profundidad de unas órbitas de halo violáceo. Su rostro era una verdadera careta de carnaval. De los de antes, o los de ahora por acá, porque en Cuba nunca ví a nadie en carnavales con máscaras. Cada cual debía asistir con su carita al evento. Al vivo y al natural.

Este hombre a pesar de la breve descripción física que les hecho y que estoy consciente no es muy favorecedora, era un gran cirujano. Un especialista eminente. Sabía lo suyo y controlaba bien. Tenía un gran defecto. No admitía quejas, lamentos, u otra cosa de sus pacientes. Para él los enfermos eran pura materia de trabajo.

Si había que operar una vesícula le metía mano sin dificultad, limpiamente. El enfermo se recuperaba perfectamente y hasta le agradecían. El los evitaba con un gesto, un mínimo gesto, apenas perceptible. Los despedía y a otra cosa, mariposa. Los que le conocíamos le perdonábamos sus maneras porque lo otro, su trabajo, tapaba los agujeros en su trato directo.

Sus pases de visita eran magistrales. Se aprendía mucho. Una buena explicación junto a cada cama. Todos entusiasmados no nos perdíamos una palabra. Todo muy bien avalado por radiografías, ejemplos, cifras, exploración física, etc.

Pero una vez casi pierde su trabajo, su título de especialista y su prestigio.

Sucedió que en la cama número (1) uno ingresó un paciente cuyo nombre era, Amado Legones. Con cálculos en la vesícula. Una operación nada complicada, en frío. Así le llaman los cirujanos al caso que no es urgente y que permite, por su sintomatología no aguda, esperar y ser intervenido selectivamente.

Y en la cama número Once (11) ingresó el mismo día, otro paciente. Armando Lugones. Fíjense que nombrecitos, parecidos, pero no iguales. El hombre venía a hacerse una endoscopia. Una prueba para determinar si padecía úlcera gástrica.

Serían como las dos de la tarde y yo aún estaba por el pabellón de cirugía. Casi todos los alumnos se habían marchado, mis compañeros. Pero a mi me agradaba meterme en la biblioteca que ellos tenían y hojeaba durante un par de horas o más, libros que contenían información que me interesaba, pues ejercía paralelamente a mis estudios de medicina, la ayudantía en la especialidad de Anatomía Patológica. Estaba muy ensimismado tomando notas cuando unos gritos me sobresaltaron.

---¡¡¡¡CRISTO, NO, DIOS MÍO, ENFERMERA NO SOY YO!!!!! NO VOY A OPERARME. LO MÍO ES UNA SIMPLE PRUEBA. ¡¡¡¡DIOS, NO, NOOOOO!!!!!

Y en medio del pasillo que conducía a los quirófanos estaba el profesor con cara de hamburguesa, impasible, expectante. Casi ausente e indiferente a los clamores de aquel desgraciado. Me acerqué y le pregunté qué sucedía.

--Nada, no pasa nada. Un paciente que padece fobia a los salones de operación. Un típico caso de miedo patológico a los bisturís. En mi larga carrera como cirujano he visto mucho. No es el primero. Ya estoy acostumbrado.

Mientras dos enfermeros ataban al paciente a la camilla y arrastraban al pobre desgraciado hacia los salones donde se hacían las intervenciones. Me aventuré a preguntar.

--Profesor, ¿Y no pudiera haber una equivocación de nombres?

--Eso nunca ha ocurrido en mi servicio, y nunca ocurrirá mientras viva. Estas enfermeras son las mejores del hospital. ¿No lo sabe usted?--me interpeló con autosuficiencia. La que acostumbraba a esgrimir delante de todos.

--Perdone, pero como me pareció tan convencido, el paciente. Por eso lo decía, no por otra cosa.--me excusé.

--Ya le digo. Es típico ese caso. Llevo operando más de treinta años y eso nunca falla. Ahora lo dejo, voy a cambiarme para empezar la función.--me dio dos o tres palmaditas en la espalda y se perdió rumbo a los quirófanos.

Pasaron unos días en que estuve fuera del hospital. Me tocaba la preparación militar que nos impartían cada año y no tenía tiempo para pasar por la Covadonga. Llegaba a mi casa hecho polvo después de estarme arrastrando todo el día entre matorrales y hierbajos, y para colmo aguantar que un fanático capitán del ejército nos diera órdenes, y todo eso relacionado con el mundo de la guerra y que nunca ha sido de mi agrado. Pero que era obligatorio para pasar de curso.

Cuando regresé a mis clases de cirugía, las habituales, no vi por todo aquello al “profesor”. Pregunté a dos o tres enfermeras, pero siempre me daban una respuesta evasiva. No sabía porque evitaban hablar del asunto. Pensé:<< ¿Se habrá marchado del país?>>

Hasta que la respuesta la encontré un día en el mural del Centro. En una escueta nota se hacía constar que el cirujano Doctor Lucio Hidalgo Pérez sería trasladado al hospital Dependiente (Clínico Quirúrgico Diez de Octubre) por motivos de reducción de plantilla de personal.

<< ¿Cómo podía ser aquello?>> La respuesta concreta no se hizo esperar. Una voz, detrás de mí, me la ofreció. Era una enfermera que me tenía afecto.

--El hombre metió la pata, y hasta el cuello. Operó a un paciente que no tenía ni cojones, y para colmo cuando abrió y no encontró piedras en la vesícula siguió para abajo y se llevó el apéndice cecal. Pero como tampoco encontró nada se llevó otra cosa más. Lo dejó medio vacío. Se volvió loco. Loco total. Para que los patólogos encontraran signos inflamatorios en el apéndice lo lanzó al suelo y estuvo un buen rato pisoteándolo como una colilla de cigarro que se quiere apagar para evitar el incendio de un bosque. Fue terrible.

No respondí. No me creía todo aquello, pero después supe que era verdad.

Miércoles, 04 de Agosto del 2004

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