Músicos por la letra C

Caturla

Todavía parece que baja por la calle Martí, con su paso mesurado, el traje blanco de dril, las botas como espejos. Un hombre alto, elegante y con una mirada que anunciaba su gusto por la abogacía y por la música, en especial.

Así vivió Palma Soriano a Alejandro García Caturla. Muy conocido en su andar por las muchachas que disfrutaban, desde la otra acera, su fuerza varonil, mas algunas ignoraban que se trataba del recién asignado Juez de la Ciudad, un joven que llegó a tierras del Cauto, en 1935, proveniente de su natal Remedios, Villa Clara.

Aquí se enfrenta contra los banqueros y dueños de casas de juego, entre los que se encontraba el Jefe del Puesto de la Guardia Rural. Quizás esta sería la razón del primer atentado contra su vida, ocurrido en diciembre de 1936 y que fuera comentado en el Diario de Cuba bajo el título “Atacado a tiros un Juez en Palma”.

El incorruptible juez admirado por la población y odiado por los ricos y los políticos representativos de los partidos del momento, alquiló una casa, hoy numerada como Martí Baja 511, en la que residió hasta su partida de este territorio en enero de 1937.

Pero sin dudas, la impronta de Caturla va más allá de su afán justiciero. Otro cubano inmortal, Alejo Carpentier, lo catalogó como “el temperamento musical más rico y generoso que haya aparecido en la Isla”. Realmente solo un genio podía componer así.

El pequeño Alejandro tapaba la boca de las personas cuando cantaban algo triste. Los dedos se le iban solos para las teclas del piano y en ellas con menos de diez años reproducía las óperas. Trasciende en la música cubana su apellido: Caturla.

Desde niño fascinaban al artista los toques de santo y siguió yendo, ya mayor, pero convertido en una persona exigente. En su tierra de negros y mestizos, su música fue el color cubano lo mismo que la poesía de Nicolás Guillén: la evocación de su identidad. Consideraba que la música afrocubana podía incorporarse al género sinfónico. Perseguía lo auténtico y lo buscó en su propia música. Así surge su obra “Bembé” que entusiasma a la prensa especializada.

Su potencia creadora se manifestó desde la adolescencia en una serie de obras vehementes, dinámicas, incontrolables en su expresión como una fuerza telúrica. Mas toda esa genialidad se vio truncada en una frase que empezó a correr por las calles de Remedios: “Mataron a Alejandrito”.

Aquel 12 de noviembre de 1940 toda Cuba lloró la absurda muerte del gran artista que dejaba un desamparo musical enorme. Dos tiros cortaron la vida a los 34 años de un hombre que aspiraba a que en nuestro mosaico musical se produjeran obras de síntesis, de envergadura y robustez, para que los adjetivos de afrocubana y criolla calificaran con justeza la música cubana.

Bertha Elena Sánchez Viamonte

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