Misceláneas

Postales de la Cuba sin Fidel,... o con él

Un recorrido por las calles de La Habana, Trinidad, Santa Clara y Santiago, tras la estela que dejó la reciente muerte de Fidel Castro.

"Tres, dos, uno… ¡feliz año nuevo!..." Las copas se chocan en un brindis multinacional sobre la explanada que comparten como terraza dos o tres restaurantes, abarrotados desde un par de horas antes. Al final de la cuenta regresiva, los gritos de la gente, en su mayoría turistas, tienen como fondo el estruendo de un cañón de la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña y las campanas que suenan a 50 metros, en la torre de la Catedral.

Es 1º de enero de 2017 en La Habana, la Revolución Cubana cumple 58 años y una tenue brisa nocturna cruza la plaza empedrada frente a la iglesia principal de la capital de la isla. En el frente del templo se yerguen las figuras de un pesebre, no muy lejos de la puerta de una tienda, donde un cartel luminoso muestra la foto del hombre y la leyenda "Fidel por siempre". Es el primer aniversario del triunfo de la rebelión que puso en fuga al dictador Fulgencio Batista (y cambió de cuajo este archipiélago poblado por cerca de 12 millones de habitantes) en el que ya no está uno de los últimos protagonistas de aquella gesta.

Fidel Castro Cruz murió en la noche del 25 de noviembre pasado, a los 90 años y exactamente seis décadas después de que se embarcara desde México en el yate Granma junto a su hermano Raúl, actual presidente, Ernesto Guevara, Camilo Cienfuegos y ocho decenas de "expedicionarios" que el 2 de diciembre de 1956 tocaron tierra en la isla. Era el comienzo de una lucha que se extendería desde la Sierra Maestra hacia todo el archipiélago.

Hoy, físicamente, Fidel es un ausente visible. Pese a su expreso deseo de que no se levanten monumentos, bustos ni se rebauticen calles y parques en su honor, su nombre, sus pensamientos y su figura emergen en la entrada de cada ciudad, en carteles oficiales. Pero también en improvisados retratos, con mensajes de fidelidad sin estridencias, que penden en puestos de campesinos que venden frutas, verduras o quesos de producción propia a la vera de la carretera central, la que une La Habana con Santiago.

En la primera madrugada del año, grupos de extranjeros se arremolinan en busca de un trago ante La Bodeguita del Medio. Los niños del barrio corretean jugando en las calles que conducen hacia el menos iluminado interior de la Habana Vieja. Y no muy lejos, en la barra del bar del hotel Tejadillo, confluyen cubanos y foráneos; mojitos, rones y cervezas; viejos y jóvenes en busca de tarjetas de internet para mensajearse con otros ignorando límites, mares y bloqueos. Los sones a la gorra, que regalan cuatro músicos, atraviesan el aire espeso por el humo de cigarros encendidos sin restricciones, e invitan a adentrarse en este país con la misma pregunta que afuera se repite hace años: ¿qué será de Cuba y su revolución sin Fidel?

Voces en la plaza

"Cuba no va a renunciar a uno solo de sus principios… no va a ceder en la defensa de sus ideales revolucionarios y antiimperialistas", dijo Jennifer Bello, de la Federación de Estudiantes Universitarios en la evocación del 2 de enero. El multitudinario acto, postergado un mes por el duelo que sobrevino a la muerte de Fidel, evocaba en la Plaza de la Revolución el 60º aniversario de la llegada a la isla del mítico yate. El sol ya insinuaba su rigor a las 7 de la mañana, cuando se inició el desfile militar y la marcha de ciudadanos comunes. El momento más aplaudido fue el paso de tres mil "pioneros", niños de tercero a quinto grados, vestidos con sus uniformes escolares y banderas que creaban el efecto de un mar sobre el que avanzaba una réplica del Granma, mientras los chicos repetían: "yo soy Fidel".

"Todos somos Fidel", rezaban carteles y pancartas en manos de jóvenes y viejos que de modo más desordenado marcharon por la avenida.

Una gigantesca imagen del líder fallecido y el Granma había sido desplegada junto a la Plaza. Un poco más a la izquierda, los rostros de Cienfuegos y el Che eran testigos. En frente, bajo el monumento a José Martí, Raúl Castro presidía la ceremonia, que terminaba al cabo de una hora y media con un final sin acartonamiento castrense alguno.

La pregunta recurrente sobre la isla y su destino tenía aquí respuestas casi unívocas. "Vine como a cada acto, como siempre, aunque deba caminar muchas cuadras por las calles cortadas", dijo Marta, quien apoyada en su bastón aseguró tener más de 80 años y ser viuda de un excombatiente revolucionario. "Cuba va a seguir los ideales de Fidel y la revolución", agregó la mujer de cabellos blancos, quien más tarde estaría sola, esperando el colectivo urbano para volver a su casa.

"Fidel sigue con nosotros, en su legado, sus principios; vamos a seguir esas enseñanzas", añadía Felipe, de 16 años y estudiante de una escuela militar.

"La revolución es innegociable. Los cambios no serán para borrar lo que tenemos, como ha dicho Raúl", respondieron a dúo trabajadores de la construcción, mientras desmontaban vallados y apilaban sillas tras el acto.

"Esperemos que las cosas mejoren para quienes lo necesitan y no se descuiden aspectos que han sido una bandera, como salud y educación", opinó Álvaro, con su pequeño hijo sobre sus hombros y la ansiedad por un próximo viaje con su iglesia evangélica a Paraguay y Argentina.

El sol se derrama sobre una plaza que ya sólo pueblan extranjeros sacándose fotos y una hilera de "coco-taxis" que esperan pasajeros en la esquina. La explosión de turismo desborda previsiones y trae la noticia de que Cubana de aviación agotó todos sus pasajes de la semana hacia o desde Santiago. En la terminal de colectivos, la empresa Vía Azul informa que no tiene disponibilidades hasta el viernes siguiente. Sólo Lena, una eficientísima empleada que responde dudas y vende traslados turísticos en cuatro idiomas desde un hotel céntrico consigue los últimos lugares en un colectivo de Cubanacán con destino a Trinidad. El viaje hacia el Este de la isla recién empieza.

Patrimonios de Humanidad

Jairo mira con ojazos bien abiertos y uniforme impecable cómo su madre, Lisneyis, introduce su almuerzo en su "lunchera", antes de acompañarlo a la escuela. La educación es obligatoria desde preescolar hasta noveno grado y Jairo cursa sexto. Ambos caminarán dos cuadras hasta encontrarse con Arlety, prima de la joven madre, quien a su vez lleva a clases a Alejandra, su hija de cinco años y larguísimas trenzas negras.

Lisneyis, aconsejada por su prima que ya tiene experiencia en casas de hospedaje, acondicionó dos cuartos, los dotó de baño privado y aire acondicionado y obtuvo la certificación para albergar este año a turistas extranjeros. La vivienda está casi en el límite de la villa colonial, que es Patrimonio de la Humanidad declarado por la Unesco. El entorno de calles sombrías y serpenteantes, y casas que en algunas zonas denotan precariedad, no infunde temor a franceses, italianos ni canadienses, que caminan día y noche sin reparos con ostentosas cámaras a cuestas.

"Aquí pueden andar sin miedo a cualquier hora. Nadie puede portar armas en Cuba y Trinidad es muy tranquila", dice Reinier uno de los dos conductores de "bicitaxis" que desde el Parque Céspedes guía a recién llegados a destino, pedaleando el empedrado cuesta arriba.

Trinidad también tiene su capacidad desbordada. Se constata en su casco histórico. Algo más lejos de las casonas cuyas terrazas se convirtieron en "paladares" de comida gourmet, de los museos y de las ferias, los ventanales coloniales de las casas particulares dejan ver cómo tejen a mano algunas señoras, otros miran las finales del béisbol por TV y algunos exponen y venden productos que a los demás pueden faltarle por escasez o exiguo racionamiento. Lo que no falta en ninguna de esas casas de puertas y ventanas abiertas son las mecedoras, de toda clase y tamaño. Indicio de longevidad o de que los mayores no se van del hogar.

Agustín tiene 62 años y antes de ser taxista era mecánico. Su esposa médica participó en la Operación Milagro (para pacientes con cataratas) en Maracaibo, Venezuela. Con él y su viejo Lada atravesamos la sierra del Escambray rumbo a Cayo Santa María, por una ruta de paisajes cambiantes, que en un momento se puebla de cañas a sus orillas.

Agustín sabe del tema. Primero muestra la emblemática torre de un ingenio desde donde el dueño de la hacienda controlaba a sus esclavos y luego a sus empleados, o viceversa. Dice que con la Revolución las cosas cambiaron. "Fui premio 'Héroe de la zafra, mejor trabajador' en 1982. Recibí la medalla 'Hazaña laboral' del propio Fidel. Fue la única vez que lo tuve frente a frente", recuerda Agustín y se emociona.

A la pregunta de qué pasará en su país ahora que Fidel no está, responde contundente. "¡Nada!; él ya hacía 10 años que no estaba en su mandato y Cuba es un pueblo revolucionario".

Trovadores, raperos y recetas sin extraños

Leidiana, joven recepcionista del Hotel D’Hawa, se muere de envidia al enterarse de que esa noche, en el Parque Vidal de Santa Clara, tocará Silvio Rodríguez y ella estará trabajando en el cayo Las Brujas. El hotel, de una cadena tailandesa y capacidad para mil huéspedes, tenía fecha de apertura para mediados de febrero, pero debió inaugurarse el 24 de diciembre por la alta demanda.

La ciudad donde reposan los restos del Che conmemora ese día la entrada de la "Caravana de la Libertad" que con Fidel Castro a la cabeza llegaría a La Habana el 8 de enero de 1959. Silvio y sus músicos se presentan en el festival Longina, que cada año reúne a trovadores de la isla. "En Cuba decimos que tú pateas un tacho y sale un músico", dice Yordan Moreno, del grupo Trovuntivitis a quien Rodríguez presentó antes de su actuación. Entre el público se mezclan cubanos y muchos argentinos que hicieron correr la noticia de la presencia gratuita del trovador.

Humberto es de Caibarién y conduce de regreso por el pedraplén erigido en medio del mar hasta el final del Cayo Santa María. Ya en el viaje de ida expone sus críticas por el presente cubano. "Después de la reforma agraria no se siguieron los pasos correctos y los jóvenes han ido despoblando el campo. Está bien recordar el pasado pero debemos enfrentar el presente y mirar al futuro", opina acerca de la propensión a exaltar cada efeméride.

En el regreso, Humberto endilga a Silvio "falta de consecuencia", tras verlo llegar en una camioneta que para el común de los cubanos es prohibitiva, y busca en el equipo de su taxi un tema de Silvito El Libre, hijo del famoso trovador cubano, que rapea su descontento con lo que vive en la isla.

"Aquí lo que no faltan son libertades, lo que falta es el dinero", sentencia en cambio Isidoro, que conduce un auto desde Santa María a Santiago y unos días después desde la cuna de la Revolución hasta La Habana, con escalas en Bayamo, Camagüey y otra vez Santa Clara.

En cientos de kilómetros de carretera central, Isidoro matizará su fe revolucionaria con explicaciones sobre los "bienvestidos" (árboles floridos que adornan la ruta hacia el sudeste, las palmas reales que pululan al norte, o los cocodrilos que quedaron confinados a la ciénaga de Zapata). Convidará zapote o mamey colorado comprado al costado del camino y comprará flores para pedir por su familia ante la Virgen de la Caridad de El Cobre.

La angosta ruta cada tanto avisa de sus peligros con carteles estadísticos sobre muertos y heridos en accidentes en ese tramo y los carros tirados por caballos conviven con nuevas máquinas para zafra y tractores llegados de China.

Santiago muestra también indicios de cambio en su peatonal y sus locales comerciales. El Cuartel Moncada, cuyo fallido ataque el 26 de julio de 1953 fue la génesis de la Revolución y hoy es mitad museo y mitad escuela, ya no es el único lugar de visita obligada. Una enorme roca bajada de la Sierra Maestra, colocada cerca del Mausoleo de Martí y con una simple placa que sólo reza "Fidel", es visitada a diario por unas dos mil personas en el cementario de Santa Ifigenia. La mayoría son cubanos que rinden tributo al líder cuyas cenizas reposan dentro de la piedra.

En el bello centro de Camagüey llama la atención un hombre que al calor de la siesta lleva dos tortas: una en la parrilla de su bicicleta y otra sobre la palma de su mano izquierda. Tras expresar admiración por su habilidad, él responde sin detenerse: "Aquí llevamos 17 años haciendo equilibrio y 57 haciendo malabares".

Ni Alberto, un médico jubilado que defiende el modelo "aun con sus fallas y errores", ni Isidoro piensan lo mismo, aunque aceptan el disenso. "Eso sí -advierte el segundo- las guerras o discusiones sobre qué hacer en el futuro son entre nosotros, pero que no nos vengan a dar recetas los de afuera".

Las dos monedas y la era del deshielo

La primera diferencia se advierte en el Aeropuerto José Martí. Los informes que se oyen mientras el recién llegado espera por su equipaje, intercalan cada tanto a Indiana, Miami, Fort Lauderdale, Charlotte, Los Ángeles y otras ciudades de Estados Unidos como origen o destino de vuelos que hasta el deshielo en las relaciones bilaterales sellado por Barack Obama y Raúl Castro no podían hacerse en forma directa y, mucho menos, mediante compañías norteamericanas.

La segunda sensación se palpa apenas uno se adentra en la geografía urbana habanera, invadida por un aluvión de turistas que desde fines de 2016 saturó la capacidad hotelera y de alojamiento en casas particulares en la capital y buena parte del país.

Desde el "período especial", tras el derrumbe de la Unión Soviética, el turismo es para Cuba la principal fuente de ingresos, aunque también de diferencias.

Más allá de inversiones y emprendimientos hoteleros de los más variados capitales y banderas en ciudades y cayos (con los que el Estado obtiene preciados fondos), los ciudadanos comunes apuestan hoy a pequeños emprendimientos o servicios ligados al turismo.

La coexistencia de dos monedas, el peso cubano común, o CUP y el cubano convertible o CUC (equivalente a unos 25 de los primeros), alimenta también especulaciones y no pocas inequidades.

Acaso como muestra de recelos aún latentes con su vecino del Norte –que la llegada de Donald Trump podría repotenciar– en Cuba cada dólar equivale a no más de 0,87 centavos de CUC. El euro se cotiza a 1,03 en las "cadecas" (casas de cambio oficiales).

"Es injusto. A lo mejor a quienes trabajan aquí, en una propina, o al taxista que lo lleva al centro, usted le paga lo mismo que lo que a otro le demanda varios días o semanas de trabajo", dice Alfonso junto a un hotel de la zona de Miramar.

Pese a todo, cada vez son más los cubanos que acceden a las divisas y, con ellas, a sitios y productos que antes sólo estaban al alcance de extranjeros o unos pocos isleños.

"Yo era técnico en la construcción y ahora, retirado, trabajo con mi hijo en este taxi particular, legal, y no nos falta nada", afirma Juan mientras conduce su Moskvitch por el Malecón, a la altura de la Embajada estadounidense que reabrió el ex secretario de Estado John Kerry el 14 de agosto de 2015, después de 54 años.

Una solitaria bandera de barras y estrellas flamea en el predio de esa legación diplomática. Al frente muchos mástiles poblarán de banderas cubanas en fiestas oficiales la plazoleta en uno de cuyos muros se lee: "Venceremos".

Marcelo Taborda

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