Misceláneas

Enviar ayuda a Cuba, una tarea difícil y con riesgos

La disidente cubana Berta Soler afirma que ella y otras miembros de las Damas de Blanco estaban repartiendo juguetes a los niños en el Parque Trillo en La Habana cuando un agente de la Seguridad del Estado las detuvo y confiscó los juguetes, entre 60 y 70.

Soler dijo que ella protestó que las mujeres habían comprado los juguetes legalmente en La Habana con dinero recibido legalmente de partidarios suyos en el extranjero. Pero el agente le dijo: “Berta, no te hagas la boba, sabes muy bien que ese dinero viene de Miami, los terroristas”.

El incidente del 15 de marzo reflejó el juego del gato y el ratón que practican casi a diario los disidentes, los partidarios suyos en el extranjero que les envían ayuda y los agentes de la seguridad de un gobierno comunista que considera la mayoría de esa ayuda —incluso juguetes— como “subversiva”.

Por eso, alegan varios de dichos partidarios, ellos tienen que hacer las cosas con discreción cuando envían ayuda a Cuba para esfuerzos por los derechos humanos, la democracia y libre acceso a la Internet, lo suficiente para asegurar que llegue a las personas debidas en Cuba pero no tanto que despierte sospechas de ilegalidad a mayor escala.

“Cuando la Seguridad del Estado confisca laptops o incluso ejemplares de la Declaración Internacional de Derechos Humanos (de la ONU), hay que usar cierta discreción”, dijo Frank Calzón, director del Centro por la Democracia Cubana (Center for Cuban Democracy) en Washington.

El tema del secreto en los esfuerzos por ayudar la sociedad civil en Cuba salió la semana pasada en primera plana cuando Associated Press reportó que la Agencia de EEUU por el Desarrollo Internacional (USAID) había creado una plataforma “encubierta” estilo Twitter para los cubanos. USAID dijo que el programa no había sido encubierto, solo “discreto” debido al “ambiente no permisivo” en la isla.

Calzón dijo que a él no le importaba hablar sobre las precauciones que toma para ayudar a los cubanos porque su centro ya no recibe ayuda de ninguna agencia del gobierno federal para programas en Cuba, y sospecha que los funcionarios cubanos los conocen de todas maneras.

Dejó de guardar documentos importantes en su oficina luego de que ladrones entraron tres veces y registraron sus archivos pero no se llevaron nada de valor, dijo Calzón. Tiene cuatro trituradoras de papel en su oficina y la hace registrar ocasionalmente en busca de micrófonos.

También usó extranjeros que visitaban Cuba y otras maneras para enviar a la isla decenas de miles de radios de onda corta, libros y declaraciones de derechos humanos, dijo Calzón, “todas cosas que no serían un problema en ninguna sociedad normal”.

Pero él nunca reveló los nombres de los viajeros a USAID antes de que abandonaran la isla, agregó Calzón. Y si enviaba efectivo, él pedía a un activista que repartiera el dinero a otras personas necesitadas, añadió, pero nunca dio una lista completa de los destinatarios.

Además, él prefería usar a viajeros de la antigua Europa del Este porque, a diferencia de los ingenuos ciudadanos estadounidenses, ellos tenían experiencia de haber vivido en un sistema comunista y sabían cómo manejarse sin levantar sospechas.

Una de las personas de EEUU que llevaba materiales a Cuba, dijo Calzón, llevó a La Habana una lista que él le había escrito de las cosas que se pueden y no se deben hacer, como por ejemplo evitar los taxis de los hoteles porque los choferes pueden informar a la Seguridad del Estado. El viajero escondió la lista en su cuarto de hotel, y la misma salió publicada en el periódico oficial Granma.

Sus principales precauciones, dijo, eran que él siempre suponía que lo que hacía se iba a hacer público, ya sea a través de un periódico estadounidense o una alegación de La Habana. “Y uno reza mucho”, agregó.

Ayudar a los cubanos “no es una operación secreta. No es una operación de inteligencia. Esto se hace estrictamente por los derechos humanos, y nosotros nunca buscamos información militar ni animamos a la violencia”, dijo Calzón. “Pero existe una palabra, ‘discreción’ ”.

Tal vez no se trate de una operación secreta, pero Cuba ha hecho ilegal la cooperación con los programas de USAID, y sentenció al subcontratista de esta agencia Alan Gross a 15 años de cárcel por entregar sofisticados equipos de comunicaciones financiados por USAID a judíos cubanos.

Las hojas oficiales de acusaciones contra la mayoría de los 75 disidentes sentenciados a largas condenas de cárcel en una operación del 2003 conocida como la “Primavera Negra de Cuba” mencionan los programas del gobierno de EEUU en pro de la democracia en la isla.

La policía confisca con regularidad dinero en efectivo, computadoras, impresoras, libros, dispositivos de memoria digital y otros equipos enviados a los disidentes desde el extranjero, y además intercepta los correos electrónicos y las llamadas telefónicas. Luego que Soler presentó una demanda judicial para que le devolvieran los juguetes, su abogada fue suspendida por seis meses, supuestamente por manejar otros casos de forma indebida.

Freedom House, una organización independiente en Washington, devolvió una asistencia de USAID por $1.7 millones para un programa para Cuba en el 2011 porque la agencia estaba pidiendo demasiados detalles sobre cómo se gastaba ese dinero, incluyendo los nombres y planes de viaje de los participantes.

Y, aunque USAID insiste en que los programas para Cuba no son secretos, ofreció el año pasado a los solicitantes de una subvención la oportunidad de retirarla luego de que usó por error una línea no codificada para enviar su documento a diplomáticos estadounidenses en La Habana para que lo revisaran.

Una docena de otras personas en Washington y Miami que han manejado o manejan en la actualidad programas para Cuba acordaron describir en términos generales sus medidas de seguridad bajo la condición de conservar el anonimato debido a la delicadeza del tema. Pero no quisieron dar detalle alguno sobre sus programas.

El ex supervisor de un programa dijo que él usaba a veces un programa de codificación disponible públicamente para chatear en Internet con personas en la isla. Para las llamadas telefónicas, agregó, él usaba Skype o teléfonos no registrados con sus fundación.

El supervisor de un programa actual para Cuba dijo que él mantiene los nombres de sus contactos en Cuba fuera del alcance incluso de la junta directiva de su organización, y tiene una contraseña especial para su lista de contactos de correo electrónico.

Pero otra persona involucrada actualmente en un programa para Cuba dijo que le parece “un tanto inmaduro” tomar semejantes precauciones porque “Tengo que suponer que a estas alturas cualquier gobierno que quiere averiguar algo lo hace”.

“No digo que pongas esta información en tu puerta”, dijo. “Pero, al fin y al cabo, trabajar por los derechos humanos en Cuba es un riesgo calculado. Nosotros, y las personas que lo hacen en Cuba, lo hacemos con los ojos bien abiertos”.

Fuente: El Nuevo Herald

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