Inventando

El que trabaja no come

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Del desbalance entre los salarios y el costo de la vida en Cuba se ha hablado, menos en los medios oficiales, en todas partes y con abundancia.

De lo que sí, al parecer, nadie quiere hablar es de cómo se las ingenia el cubano medio para sobrevivir. No es fácil explicar una supervivencia que tiene visos de prodigio, de magia.

El salario medio, y esto se ha dicho varias veces, no sobrepasa los doscientos veinte pesos. Y estamos hablando de pesos cubanos, no de dólares, que son billeticos muy diferentes.

La canasta básica, suponiendo que lo asignado por la "libreta de abastecimientos", pueda llamarse canasta básica, no significa siquiera el treinta por ciento de la necesidad doméstica mensual, amén de que hay productos que jamás son asignados por la libreta.

El cubano medio, con un salario insuficiente y una magra canasta básica, sin embargo sobrevive. Algo hay ahí de extraño. Acerquémonos al fenómeno.

Según el discurso oficial, dentro de la calidad de vida del cubano hay que incluir la gratuidad de la enseñanza y la salud, lo cual incrementa indudablemente el salario. Pero no sólo de escuelas gratis vive el niño. Un par de zapatos para asistir a esa escuela no se baja de diez dólares, y diez dólares significan doscientos veinte pesos. Y no todos los meses se enferma un niño, pero cada cuatro meses sí rompe un par de zapatos. Así que mal que bien hay que ampliar el salario o el niño va descalzo a la escuela. Pero, ¿cómo ampliar el salario?

De la socorrida remesa, y de la cual vive un alto por ciento de la población cubana, no hablemos. De la manigüiti (el robo) es mejor soslayarla. Veamos otros artilugios.

Tampoco tendremos en cuenta el trabajo por cuenta propia que, dicho sea de paso, cada día se ve más asfixiado.

Del jineteo, que ha ido cediendo terreno frente a la persecución policial, no haremos mención.

Del turismo internacional, que siempre deja su propinita boba, sería redundante hablar, aunque una cifra no despreciable sobreviva a sus expensas.

¿Qué nos queda? Ah, la tarjeta magnética de estímulo para empresas seleccionadas que brindan a sus trabajadores algunos fulitas cada mes y las jabitas con productos de higiene personal que alivian en algo los gastos hogareños.

De ahí para adelante, sálvese el que pueda. Y es cuando empiezan los actos de magia. El que no fuma vende los cigarrillos que le asignan por la libreta. El que no bebe café vende los paqueticos que le tocan en la bodega. El chofer "botea" clandestinamente por las noches. De las farmacias se volatilizan los medicamentos que luego son vendidos a sobreprecio subrepticiamente. El limonero del patio se vuelve mercancía. Los productos deficitarios o de moda son acaparados por coleros habituales que luego los revenden a precios exagerados.

Sólo el pobre hombre, o mujer, disciplinado y laborioso que asiste todos los días a su trabajo y cumple su jornada laboral completa, hace su guardia obrera, paga su cuota sindical, asiste al trabajo voluntario, va a la marcha del pueblo combatiente, no tiene tiempo para el cambalache y la magia cotidiana de la supervivencia, y eleva en las asambleas de producción y servicio, frente al Partido Comunista, el sindicato y demás organizaciones políticas y de masa, su queja, justa y cierta, de que el que trabaja no come porque éste se ha vuelto el país del invento.

Manuel Vázquez Portal, Grupo Decoro - Martes, 09 de Julio del 2002

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