Inventando

La carreta de la basura

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Rolando reparó su cocina. Envolvió los escombros en sacos y los puso en la calle. Pero los transeúntes vaciaban los sacos y se los robaban. Un enorme basurero creció en su misma puerta… Otra anécdota del absurdo vivir de los cubanos.

Mi amigo Rolando salió el mes pasado de vacaciones. Como no tenía dinero para ir a Cancún, ni siquiera a Varadero, decidió, como hace la mayoría de los cubanos, ponerse a hacer trabajos de albañilería en la casa. Al terminarlos, se encontró con que había quedado en su enorme patio una cantidad monumental de escombros.

Recordó entonces que había visto en la televisión un llamado a que los habaneros no saquen estos restos para la calle, sino llamen a un servicio que se dedica a esto de la empresa Comunales. Por esa razón comenzó a llamar a un número de teléfono que le dieron para solicitar dicho servicio.

Por más que llamaba, nadie contestaba al teléfono. Después de días de intento, por fin lo atendieron y le dijeron que debía sacar los escombros para la calle. "Comunales no tiene relación con nada que esté dentro de las casas", le explicaron. También le dijeron que todos los desechos debían estar en sacos. Por esa causa, Rolando tuvo que comprar 50 sacos al Estado a cinco pesos cada uno, en total el equivalente de 10 dólares. También tuvo que pagarle a un vecino para que lo ayudara a sacar los 50 bultos para la calle.

Los sacos estuvieron en la acera una semana entera. Durante ese tiempo tuvo que dormir cerca de la puerta, pues cada madrugada pasaban personas que se dedican a buscar cosas en la basura. Esos individuos entendían que los sacos podían reportarles ganancias y los viraban para llevárselos.

Esos actos de vandalismo y la mala calidad de las bolsas, que son de un nylon de mala calidad, hicieron que delante de su puerta se formara un gran reguero. Esto, a su vez, animó a los vecinos a echar sus tarecos y desechos. La loma de basura iba creciendo, y esto llamó la atención de los inspectores que por allí pasaban. Varias veces estuvieron a punto de ponerle una multa de 1500 pesos (el equivalente de 60 dólares). Pero Rolando argumentó que había llamado a Comunales y se le había indicado que esperara la carreta. Los inspectores lo perdonaron, pero le ordenaron que metiera los escombros para dentro de la sala. Mi amigo tuvo que comprar más sacos, pagarle de nuevo al vecino y hacerse cargo también de los tarecos que se habían agregado a los suyos.

Mientras la loma estuvo en la acera, de vez en cuando pasaban por allí choferes de diferentes medios de transporte: un camión, una camioneta, una carreta. Ellos se ofrecían a botarle todo aquello por algunas decenas de dólares. Algunos cobraban 50, otros 45. Rolando esperaba la carreta que le había prometido el Estado, pero ésta no llegaba.

Al cabo de un par de semanas, su esposa se puso a pelear por la cantidad de días que llevaba toda aquella basura en la sala. La pobre mujer decía que a ella no le importaba la demora de Comunales y que aquella suciedad había que resolverla. Mi amigo decidió ir a contratar al que le había ofrecido llevarse los escombros por 45 dólares. Cuando llegó el contratado, con brigada y todo, Rolando se dio cuenta de una cosa: ¡Los que le estaban haciendo el trabajo eran los de la carreta estatal que él esperó durante medio mes!

Dio la casualidad que ese mismo día pusieron en el noticiero de televisión un extenso reportaje que mostraba enormes lomas de basura. El material explicaba el gran trabajo que hacen los trabajadores de Comunales, y señalaba que el verdadero culpable de los basureros es… el pueblo.

Fuente: Cubanet

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