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Las blancas arenas de la playa relucían bajo el sol de la tarde allí, desde el fin del muelle extendiéndose a la distancia hacia el este de la bahía. Y a todo lo largo de esa distancia se alineaban los residentes del barrio de La Punta, confín y final del pueblito y puerto, hogar y vida de los pobladores de aquella maravillosa isla de coral. Nuestro barco había permanecido en puerto más de una semana cargando azúcar, licores y muchos artículos de alfarería traídos de las ciudades cercanas.

Nosotros, los tripulantes de aquél barco éramos hombres venidos de muchas latitudes distintas, unidos solamente por la relación del empleo que, las mas de las veces, no nos entendíamos como no fuera por ese vocabulario babeliano que suele desarrollarse entre los hombres del mar y los portuarios de ciertas partes del mundo, como por ejemplo, - si se me permite la digresión, - la Lingua Franca del Mediterráneo, El Papiamento de Curazao y Aruba, o el Lunfardo del Mar Del Plata, etc.- habíamos muchos trabado algunas amigables conversaciones con varios de los vecinos del lugar. Por consiguiente y, siguiendo las tradiciones, las costumbres y a menudo la única forma de distracción ajena al diario bregar que había allí, se alineaban a lo largo de la playa, siguiendo todo el litoral hasta su fin, en una como multitudinaria despedida al amigo que se aleja, al aventurero que echa manos a su manta y al Quijote que monta su Rocinante.

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Hace casi un año que vago entre las sombras. Me cuesta trabajo precisar el entorno. Solo llevando con la mano mi viejo bifocal hasta la posición correcta, consigo precisar lo que leo. El esfuerzo que realizo para escribir se me hace doloroso sobre todo para la espalda que se resiste a la posición donde la colocan mis ojos. Los viejos y rayados lentes que hace años me acompañan, se niega a sostenerse en el correcto lugar. No se si la nariz ha adelgazado y la montura queda holgada sobre ella, o si las patas se han abierto para hacer que la cabalgadura sea mas suave facilitando que se deslicen hacia la punta. Lo cierto es que no veo bien con ellos hace bastante y su repercusión, estaba yendo a parar a mi esqueleto, a mi rendimiento laboral.

Hasta aquí la odisea que relato es personal y llevadera. Cuando comprendí que así no podía continuar, que estaba obligado a adquirir unas nuevas gafas para ver y sentirme mejor, empezó de verdad el martirio mental.

Leer más: De lo cotidiano: La óptica, la adminis-traidora y el fracasado

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Ayer en la noche, después de una jornada más de 8 horas de trabajo, emprendí soñoliento esa rutinaria ruta hacia la casa. Una ves más el tráfico azotaba las anchas calles de Houston y el espacio entre mi carro y los demás se fue reduciendo hasta parecer que viajábamos en una "guagua" cubana, donde el aire solo se respira dos veces: antes de entrar y a la salida. En ese momento estático, sin comprender la razón de tanta lentitud agobiante, salgo del carro para mirar al horizonte mecánico adelante e intentar descifrar el por qué de la situación. Asombrado veo como a casi dos cuadras un semáforo parece haber perdido la noción del tiempo y esta dormido en la luz roja, a juzgar por la situación, en un sueño algo profundo.

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El precio de la Patria es demasiado y nadie lo puede pagar ni aún dando su vida. Porque el concepto Patria para mi es más, mucho más que el valo de una vida, un hombre, una siembra o un arado. Grande o chica la nación que llamamos Patria es el valor conjunto del ayer, del hoy y del mañana por los siglos por venir. Patria es cada gano de la tierra sobre la cual pisamos, es el agua de sus rios, lagos y algibes, es el aroma de cada flor que adorna en cabello de una doncella, es la leche que lactamos del pecho de la madre. Patria es usted, mi padre y el vecino de la esquina, negro, blanco, rrubio o rizado. Patria es cada ser humano que existe entre las laderas del surco, bajo las palmas y junto a tus brazos. Patria en fin es, el hijo que nace en nuestra tierra y el que viene ella se asiente y la ama, no importa raza, color ni lengua. Patria es amor, unión, cultura, historia, pan y hermandad.

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Cuando me lo dieron a probar por primera vez, lo ingerí fácilmente. Era como un refresco de agradable sabor. Más adelante en su forma original, lo pude tomar de diferentes colores y sabores y ya no fue tan grata mi apreciación. El efecto fue diferente al que otras personas me habían comentado.

Ese día, después de una generosa ingestión, no logré recordar como llegué hasta el baño de mi casa, donde a penas tuve tiempo de bajarme los pantalones para descargar aquella diarrea líquida y pestilente, muy abundante y acompañada de intensos dolores de tipo cólicos, con continúas y sonadas flatulencias.

Luego le siguieron las piernas, con una sensación como de calambre y debilidad que no me permitían levantarme de la taza sanitaria y cuando con mucho esfuerzo lo intentaba, enseguida me invadían los mareos, la inestabilidad, el vahído. Fue inevitable pensar que moriría y entre los espacios que dejaban aquellas sensaciones espaciales, en un momento me pasó por la mente que era un lugar muy feo y raro para abandonar el mundo.

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