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Delicadamente la anciana depositó el estrujado papel sobre mesita de la sala, la de al lado del sofá, mientras que su cara, que una vez pudo haber sido muy bella exhibía las grietas del tiempo y de las penurias cual si fuera uno de esos campos agrestes de los valles volcánicos. Miró entonces hacia el escritorio donde su único hijo pasaba tantas horas leyendo novelas de amor y escribiendo no se sabe qué, se dirigió allí y tomó entre sus arrugadas manos una nota húmeda que mas parecía ensangrentada de azul.

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Quizás la mejor definición que he encontrado de la nostalgia, fue la sentida añoranza de aquel viejo en su silla de ruedas aquella tarde en el mercado de La Gran Plaza. Esa aflicción que lastima el alma del distante, de aquel que estableciéndose en otras tierras; encuentra que le falta el recuerdo, que se apena de ver cual lejos esta de la Patria y de las personas y lugares que quiso y siente un hondo pesar por esto.

La definición es casi exacta. Hablamos de nostalgia cono un sentimiento de tristeza o pena que causa el estar lejos de la Patria, de las personas y lugares queridos. Nos falta el lugar de nuestra infancia, algo que se mete tan profundo en el individuo que es difícil separar de la existencia misma.

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“IGNORANCE IS BLISS,” dice el refrán, o sea, “la ignorancia es una bendición. Y este pobre guajirito con ansias de llevar a sus espaldas poderosas alas, solo había logrado cargar un enorme caudal de poco saber. Primero me lancé al mundo noruego y luego al inglés…solito en el mar y sin mamita a quien correr. De modo que, yo que de niño era tan poco mi reír que mi madre me puso por apodo, “el viejo”, aprendí a sonreír entrecortado y a decir una mágica palabra, retando a todas las mujeres del planeta: “Yes.”

“Hombre, you tatatata…” “Yes, sir”

“Boy, sailor, etc…” “Yes, sir”.

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La mordida”, el encuentro con el Secretario,- hoy asesinado -, y la pregunta tendenciosa.

He contado en dos artículos anteriores; “Mojado al revés” y “Saber llegar”, los eventos que me llevaron a ir a trabajar a México en el año 2007. Repasar los momentos que viví en los primeros días en que llegué a Ciudad Victoria, Tamaulipas es desde todo punto de vista desventurado si pensamos que mirar al pasado es siempre desalentador. Pero aquí estamos.

El encuentro con los funcionarios mexicanos del inmigración de una parte y de la otra los de la Secretaria de Salud, significó un tira y encoge en el cual me encontraba en medio y no sabía hasta donde alcanzaría aquello. El asunto era el siguiente: la Secretaria de Salud , en atención a los intereses del Centro Oncológico del Estado, se sentían apremiados en buscar la manera de contratarme considerando que el Especialista que tenían había expresado su intención de ir a trabajar a otra ciudad. Ese era el motivo por el cual los interesados habían contactado a los funcionarios del gobierno del Estado para que se apresurara mi ingreso a México y se condujeran gestiones para que se me contratara y comenzara a trabajar lo antes posible.

Leer más: ¿Por qué México?

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El olor del potaje de chícharos, con chorizo español, y de la merluza dorándose en plena sartén, salía por la ventana de la cocina de la vecina y era casi un sabotaje a mis tripas, pegadas al espinazo. Estela, era una negra color aceitunado con más arrugas que pelos en la cabeza, que se jactaba de sus conocimientos frente a la cocina Piker, y bastaba con que uno dijera con cara de hambriento: ¡que ricos olores vienen de esa casa!, para que a ella se le iluminara el rostro y empezara con esa sonrisita de mamita yo no fui el que le metí el dedo a la sopa. Después, casi siempre recibía mi recompensa: un plato de chícharos con papas y sabor a chorizo (porque de chorizo nada) o un buen majarete o un arroz con sorpresas, como yo le bauticé aquel arroz con vegetales y cierto sabor a pollo, proveniente de una pastilla de concentrados Maggi, de las que se compran en la shopping para luego engañar al paladar y creer que se está comiendo jamón, pollo o carne, aunque en la práctica sólo sea pura ilusión.

Leer más: Ya no miro hacia arriba

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