El Sepulturero Cubano

Un dictador no puede ejercer su poder sino cuenta con el apoyo de fieles colaboradores y, a menudo, de buena parte de la sociedad. El leit motiv para que ciudadanos aparentemente corrientes, y bondadosos, se presten a colaborar con la maldad pueden ser tan dispares como el miedo, el oportunismo o la sumisión al poder.

Y la reflexión anterior surge leyendo las declaraciones de Benedicto XVI, quien afirmó en su reciente visita al campo de exterminio de Auschwitz que el pueblo alemán había sido usado como instrumento del nazismo.

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En Cuba hay que ser muy precavido. Me lo enseñó mi padre: “Cualquier precaución que tomes es poca”. Era su frase favorita. Y no le faltaba razón. Cuando salíamos a la calle a resolver, a la luchita, se armaba como Rambo. No es que llevara armas de fuego, ni nada de eso, es que antes de salir se echaba tantas cosas en los bolsillos de la camisa y del pantalón, que parecía un cazador en un safari por África. O un superviviente.

En el bolsillo superior izquierdo de la camisa, la libreta de abastecimiento más manoseada que la Biblia del cura del pueblo, que había muerto hacía unos años. Una apoplejía.

Junto a la libreta colocaba una crucecita de madera hecha con ramitas secas de “Abrecaminos”, según consejo elemental y reiterativo de la espiritista del pueblo, Cristina.

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No voy a filosofar. Para qué. Basta con tener ojo avizor, observar, escuchar, callar y tener sentido común.

Soy cubano y no me apena confesarme, no ante Dios, sino ante ustedes. Es mi opinión, por supuesto. Cualquiera puede tener otra, seguro estoy de ello.

¿Los cubanos somos o nos hacen internacionalistas?

Lo tengo claro, clarísimo: nos hacen. ¿Excepciones? Puede haberlas, no lo pongo en duda. Tampoco ello restará fuerza a mi opinión, sólo por un aspecto, aunque suene a frase manida: la excepción confirma la regla.

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Ya sé que te han llevado para esa oficinita de ahí enfrente. Me lo acaba de informar la rubia alta con uniforme de policía.¡Está muy buena esa rubia! Cuando me ha dejado sentado en este banco de madera, eché una buena ojeada a su culo . Lo cadencioso del movimiento de sus caderas. Lástima que sea militar, que trabaje en la aduana de este aeropuerto y que hoy yo me largue de este país.

Trabajo me costó obtener el permiso de salida. Puro chiripazo, pues todos los años participaba en el sorteo de la embajada americana Menos mal que soy un tipo perseverante, sino hace mucho que hubiera desistido de irme de Cuba y de sacarte a ti conmigo. Eres mi socio, mi amigo del alma y ni pensar en dejarte atrás.

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Un auto negro, feo y quejumbroso se llevó a Campos, al doctor Campos, hace muy poco, hasta su última morada. El miércoles 13 de septiembre de este año. Creo que murió el martes 12 por la tarde. Me enteré a través de una escueta nota publicada en la prensa independiente, desconozco si la prensa oficial en Cuba le prestó alguna importancia al asunto. De cierto modo era un don nadie que se murió de dengue.

Sí, de dengue. No murió del infarto que sufrió a finales de 1999, en el mes de diciembre. Sin embargo el dengue lo mató, las plaquetas descendieron a un punto crítico y una hemorragia lo arrastró como una turbulencia hacia el otro lado.

Conocí a Campos, personalmente.

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