Cuentos de error y mis tedios

Una vez más me sumé al fluido metálico de las arterias de la ciudad, esta vez de circulación vertiginosa y espaciada… definitivamente no me gusta manejar de noche, mucho menos para coger carretera; mi visión deficiente es un problema aún con la corrección adicionada y, por otra parte, mi sentido arritmico de la velocidad hace que, si no tengo algun “guia” delante, alcance velocidades poco aconsejables… en las carreteras conocidas esto no es tanto problema pues se conoce cada vericueto y recurva pero en terreno nuevo uno respira esa espectativa tan parecida al miedo o recelo de verse envuelto en un accidente, a ser golpeado, a despertar adolorido en un hospital o, con mas suerte, no despertar. En el día, con tráfico a ambos lados he pensado muchas veces en esto, la gente va a setenta, ochenta millas por hora, un estornudo puede ser fatal; sin embargo es de noche, solo en la carretera, cuando me vienen a la mente los pensamientos más trágicos y hasta hago un recuento de las pertenencias que llevo conmigo como tratando de ver qué concluciones sacaría un policia cuando me viera, ya inservible encerrado en el cascarón torcido del carro igual de inutil… veria la chapa de La Florida, quizas algunas escultura o carpeta de dibujo en el maletero, algun libro contra el parabrisas trasero, mapas de todos los estados de la costa este, la cámara fotográfica en el portaguantes y decenas de recibos de gasolina…

Leer más: Un hombre de gran imaginación

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Un hombre en nombre de Dios vivió toda una vida engañando y robando a la misma iglesia donde predicaba la justicia y propagaba el evangelio; habia comenzado aquello como un negocio cualquiera y le dio resultado; se hizo un perito en todas estas cuestiones de ministrar la fe.

Leer más: Herejía

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Apenas me dió tiempo a levantar la mano de donde estaba según le correspondía por el ritmo del andar; la primera palabra de la advertencia se enredó en el cielo de la boca y el claxon sus-tituyó todo ruido pues el quejido se quedó a medio camino entre el cerebro y los inútiles labios... ¿y cuanto quedaría en aquélla masa pensante ya no contenida en tres pares de huesos planos?... Dicen de la memoria regresiva, fugaz; antes de concluir se repasa todo, última gracia concedida... pero ¿le daría tiempo a aquél muchacho pensando en no sé qué cuando la nariz del carro distaba el asombro de sus ojos bajo el corte de cabello contemporáneo... quizás lo ayudara a tan apurada retrospectiva los escasos veranos de existencia o tener ya todo el tiempo a su disposición.

Leer más: Tiempo de morir

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Los colmillos eran un destello, la pelambre una masa pasando, los ojos un reflejo de nuestro miedo, la sangre una humedad que salpicaba mientras los gritos y ladridos secos nos hacian saber que no era un sueño, cuando pasaban el frio de afuera entraba y uno se envolvía más en las pieles con la esperanza de no ser percibido pero era imposible no oler a humano... no importaba nada, no importaba si amanecias sin padres o faltaba un hermano, lo importante era amanecer...

Sucedia cada mal invierno, los inviernos pasables los lobos preferían otras presas pero acosados por el hambre nos atacaban cuando no encontraban nada más... el fuego los alejaba pero las nevadas lo apagaban en el momento menos propicio y los puntos de luz inquietos en la maleza cercana se acercaban entonces confundiéndose con la nieve y dejando un rastro recorrido de regreso con manchas rojas.

Leer más: Lobos

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El centro de los triángulos debe tener geométricamente un nombre que desconozco; el centro del Triángulo de Las Bermudas tenía geográficamente el suyo: Unaisla.

Unaisla no era ni tan pequeña como para no tropezarse con las tres calaveras venidas del oriente ni tan grande para ser codiciada por los imperios expansionistas conocedores o no de su existencia; así ni romanos ni bonapartistas, ni fascistas ni aztecas la invadieron siendo estos últimos los de mayor probabilidad en los vírgenes tiempos del principio por coincidir en la misma dimensión; pero no dirección.

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