Cuba es un cuento, compay

La fiesta

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La fiesta de Erminita fue más divertida, la recuerdo como si la hubiera dejado de ver los otros días por culpa de un disco con la música de Nocturno. Siempre nos sentábamos a los pies de la casa de Mercedes, ella salía de vez en cuando con su mocho de tabaco. El hermano de Erminita sacaba un radio VEF que se había ganado por la emulación, lo hacía exactamente a la hora que comenzaba el programa. Mercedes trabajaba en una de las fábricas de tabaco como torcedora, ella no se vio afectada por aquella escasez de cigarro que acompañó a la ley seca. Erminita solo era un bulto entre nosotros a la que nadie dedicaba una mirada, tal vez por respeto al socio del barrio. Porque en aquellos tiempos se respetaban a los socios y nadie andaba detrás del culo de sus hermanas y hasta la madre como hoy. Aunque Juanito no era muy sociable que digamos, estaba arrimado con una mulatita color café con leche, pero con poco café dentro de esa mezcla. Se sentaba nervioso entre nosotros y pescando todo el tiempo hacia donde se dirigían las miradas. El pedacito de acera ocupado por la mulatita era sagrado, y aunque éramos jodedores, nadie estaba en na, menos pa’vacilarle la jeva al socio. No hacía falta tampoco, Juanito tenía otras hermanas a las que de verdad se les podía mirar la cara. Erminita era considerada menor de edad, era enana para nuestras miradas, aunque, desde los doce años se mandaba unas tetas que correspondían a los dieciocho. Hoy nadie la hubiera perdonado, no me cabe la menor duda, pero ya es tarde, ella debe ser abuelita y aquellos senos deben llegarle a las rodillas.

Los quince de Erminita fueron bien movidos y asistieron muchos chamas del barrio, fiñes de varios colores, porque así era nuestro barrio, con un poquito de congo o carabalí, de todo un poco. No faltaba nada, teníamos por tener hasta las pitadas del tren que mutilaba la calle 16 y dividía dos barrios, y aquellos conductores que pitaban por joder cuando pasaban cerca de nosotros, y nosotros gritándoles sabiendo que no podían parar, ¡El coño de tu madre!

Pero esa noche estábamos todos juntos, bien apretados por falta de espacio en la casa de Erminia la vieja. Ella muy orgullosa por la celebración de los quince de Erminita, la muy zorra, bien provocadora que era, aún sabiendo que yo estaba puesto pa’su hermana. De vez en cuando pasaban una fuente destartalada con vasitos de lechita, me tomé un laguer de milagro, porque Juanito me llevó hasta el patio, allí era donde estaba el tiro para los parientes y amigos cercanos, solo uno me brindaron. Los chamas del barrio no se llevaron el pase y se conformaban con los vasitos de lechita a capela, sin hielo y aquello calentaba bastante y se sudaba por el calor y la estrechez de la salita. Luego y para colmar nuestra felicidad, la peste del río Luyanó inundaba cada rincón de nuestros olfatos y de poco sirvieron los perfumes baratos. Nunca pudimos acomodarnos a su peste, tampoco comprendíamos ese empeño de aquellos mosquitos hijoputas que no nos dejaban bailar tranquilos. Todos vestíamos trapos parecidos, unas guapitas confeccionadas por Xiomara con tela de sábana, la muy cabrona decía que eran de hilo y las cobraba a quince pesos, que cuando aquello era plata, pero había que pagarla si no querías salir en cuero. Y no solo eso, ella se hizo especialista en ropa interior de hombres con aquellos calzoncillos matapasiones.

El equipo de música de casa de Erminia la vieja tuvo que ser robado de cualquier organismo, era un amplificador chino de bombillos similar al de la unidad militar donde pasé el servicio. Era mono y con una gran bocina de corneta camuflada dentro de un enorme cajón de madera forrado con cualquier tela, no recuerdo ahora el color, pero tuvo que ser negro. La bocina debió ser robada también porque nunca la ofertaron en el mercado, pero a nosotros no nos importaba nada de eso. El plato sí, aquello era una pieza de museo con más de veinte años en esa época, ese no fue robado de ningún lado. Lo jodido de aquella fiesta era la necesidad de salir con frecuencia para no morir asfixiado, y el patiecito que existía entre la casa de Erminia la vieja y Mercedes no era muy bondadoso que digamos, era también chiquitico y nos obligaba a pararnos frente a la casa de Mercedes, justo frente a la línea del tren que en aquellos tiempos pasaban con frecuencia hacia o desde el interior del país. Y nosotros como siempre, gritando y ofendiendo sabiendo que no podían detenerse, ¡guajiros de pinga!

No recuerdo ahora quiénes eran los preferidos de entonces, la gente no tenía muchos discos y hasta hacía muy poquito estaba prohibida la música extranjera. Pello el Afrocán era uno de los impuestos, pero nadie estaba dispuesto a pasarse toda la noche bailando Mozambique tampoco. ¡Coño! Que debe existir una música suave, apropiada pal ligue, pa recostarle el mandao a cualquier jevita al mínimo descuido, existió, estoy convencido de eso. El barrio era de guapos, de chamas que despuntaban y se afiliaban rápidamente al “ambiente”, no se podía andar con flojedades entonces y tenías que adaptarte. Hablar como ellos, con la boca un poco jorobada pa’impresionar y demostrar que eras un tipo irritable y amargado. Andar siempre con la camisa por fuera pa’insinuar que cargas un pérfilo cortante dispuesto a usarlo. Andar con ese caminao extravagante y dando tumbos pa’mbos laos, como si no te cupieran los güevos entre las patas. Esto me lo he encontrado en varias guaguas y metros de Canadá, es un estilo hip hop que no trago y me traslada hacia aquellos barrios de La Habana. Jorobando la boca con parte del rostro pa’demostrarles que también soy un amargado, les digo en francés o inglés que cierren las patas. Me miran con sus pestañas jorobadas y la cierran, ellos saben de la pata que se arrascan, tal vez piensan que soy un viejo loco, pero las cierran.

A la hora de bailar era otra novela en aquellos barrios, había que tener pañuelos, ¡coño!, con lo escasos que estaban, hacía veinte años que no los vendían, pero había que tenerlos. El asunto es que, los guapos de esos barrios bailaban con él en la mano derecha, la misma que pasaban por la cintura de las chamacas. Lo hacían, supongo, para no mojar con su sudor los vestidos de las chamacas. Cuando terminaban cada pieza se lo pasaban por la frente para secar el sudor, o, lo utilizaban para conversar y cubrirse la boca buscando impresionar al otro. ¡Nada! Estupideces de los tiempos, pero los guapos actuaban así, no tomaban sopa ni mamaban. ¿Mamar? No te podías jurar y estabas lanzado por el balcón. ¿Los pasillos? Esa era otra cosa que distinguía a los guapitos de aquellos barrios a los bailadores de Casino en los círculos de La Playa. Los pasos eran adornados con el machismo característico del que no toma sopa o mama, con un poco de brusquedad o violentos, nada de elegancia o tibieza que fuera calificado como flojedad. Pero el casino no era el baile preferido de los guapos, el jazz de la guapería dominaba aquellos barrios con unos pasillos que aún recuerdo y vueltas extraídas del Casino, realizadas con posturas extremadamente varoniles y que deslumbraban a las chicas del “ambiente”, siempre el pañuelo debía estar presente. Bueno, no se me ocurre nada relacionado con el destino de aquellos guapos que no tomaban sopa cuando la cosa se puso dura de verdad, ¿la tomaron y dejaron la guapería? Creo que sí.

Como quiera que sea y con todas sus dificultades, la fiesta de Erminita fue muy divertida y no sé por qué he dado tantas vueltas para llegar al asunto que pretendía tratar. Ayer y viendo uno de esos noticieros que nos envenenan cada día, pasan una vista de la fiesta realizada en honor de Castro en el teatro Carlitos Marx. Algunas personas se han referido al pasado de aquel teatro y mencionan su nombre original de buena fe, como intentando recordarnos que no siempre se llamó así. Mencionan solamente el nombre de Blanquita y olvidan que después se llamó Chaplin.

Mostraron vistas de un teatro casi lleno de admiradores de la hiena cubana, una fiesta que había sido concebida por la organización Guayasamín para homenajear al moribundo dictador más cruel y admirado en letrinoamérica. ¡Qué fiesta más aburrida, coño! Una fiesta donde solo participan los invitados y está ausente el homenajeado. Es como una luna de miel sin la jeva o el velorio sin el difunto, que ni pa’eso tienen buen gusto los comunistas, ¿comunistas?, pensemos que sí. Más que una fiesta, aquello parecía un velorio, y como siempre, no pueden buscar a un tarugo más deprimente para leer el mensaje del futuro difunto. ¡Na, ellos son así! Yo me quedo con aquellas fiestas de mis barrios habaneros, con la gente que no tomaba “sopa” y luego aprendieron a bajar al pozo cuando se puso de moda.

Los otros días bailaba con una temba de aquellos tiempos, lo hacía al estilo de la gente de Guanabacoa. Dijo ella que yo era el único que sabía bailar salsa de verdad, se equivocó mi amiga, yo bailaba el Casino de Juanelo, aunque bueno, cambiaba de estilo cuando movía el esqueleto en el Patria o Mierda de Santa Fe, ¡Qué tiempos aquellos! Hoy van a tener que sacar nuevamente el pañuelito, no lo harán para secar el sudor de aquellas fiestas, lo usarán cuando tengan que despedir a ese hijoputa por quien realizan estas aburridas fiestas.

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