Cuba es un cuento, compay

Aquel arbolito de Navidad

Realmente no corrían tiempos difíciles, lo adecuado es decir que el tiempo se detuvo desde hacía muchos años, no soplaba brisa alguna que refrescara el ambiente. Es como si nuestra tierra hubiera elegido el mismo destino de Macondo, no para desaparecer, pero si para transformarlo en un gigante parque temático.

Hoy cualquiera es creyente, cientos de picaros se han vestido de babalaos, y las iglesias, hay que ver como se llena de gente. Antes no era así, lo fue hasta hace muy poco, todo estaba prohibido, todo. Se requería ser muy valiente para declararse maricón, ¡vamos a dejarnos de boberías y llamar las cosas por su nombre! Maricón siempre les han llamado y para ellos así se morirán. ¿Gay, homosexual? Demasiado finas esas palabras para nuestro clima o isla, eso es ahora que tratan de embarajar y dormir a unos cuantos idiotas. No digo yo si se requería valor para declararse abiertamente chernita, todo era meticulosamente vigilado cuando existía alguna duda. Como se sentaban, como agarraban el cigarrillo, como caminaban, todo era determinante. ¡Y que no se les ocurriera hablar torcido o pestañear mucho! ¡Qué tiempos! Por eso hay tantos de ellos que hoy son padres y abuelos. No es porque fueran bisexuales, nada de eso. Los maricones valientes no tienen descendencia.

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Hay amores que se sufren

Hay amores que llegan tarde, son aquellos de las pupilas cansadas de tantos desvelos. Hay amores que se demoran en su paso, son lentos al caminar y cuando llegan, la piel se les ha estrujado. Grietas recorren como ríos sus cuerpos, comienzan siendo simples arroyuelos. Hay amores que abusan del espejo, el peine, el tinte para el cabello, los que usan cremas o coloretes para disfrazar el terreno. Hay amores con pecas que te transforman en lunas, verrugas que te dibujan como si se tratara de un valle. Hay amores de olores raros que no pueden ocultar los perfumes más caros. ¡Hay amores! ¡Hay amores! ¡Hay tantos!

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Apuntes para otro entierro

Se para frente al espejo y descubre que este no miente. Sus parpados descansan con descaro sobre las pupilas, dándoles el aspecto de un techo cansado que cede por el peso de la lluvia contenida. El payaso se maquilla para su último acto y habla con su espejo, como ha hecho toda la vida. Aquel le miente, no puede reflejar lo que lleva dentro, esa carga de sufrimientos solo él conoce, ensaya una sonrisa. Con un creyón extiende la figura de sus labios y le da un aspecto de eterna alegría, todos lo recibirán con un aplauso, el payaso llora desde su interior y ejecuta sus monerías. Regresa al espejo y vuelve a preguntarle algo, como cada mañana desde hace varios años, le miente en su respuesta, lo conoce. ¡Ha llegado la hora del último acto! ¿Listo? ¡Preparado para entrar en escena! Casi le gritan y sintió miedo. ¿Qué ocurrirá después, cuando no se escuchen los aplausos?

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El Brother

(Cuento infantil para tiempos de guerra)

-¡Coño, Brother, mira que jodiste!

-¡Atiendan acá, compañeros! Fue una de aquellas tantas asambleas convocadas con carácter "relámpago", y cuando eso sucedía, nos tomábamos muy en serio la reunión. Nadie hablaba, nadie bromeaba, todos permanecíamos en silencio. -Hemos recibido un mensaje de nuestra embajada con información muy valiosa sobre los movimientos de nuestros enemigos. Como ustedes saben, hace un tiempo, la C.I.A. reclutó a uno de nuestros marinos. Ahora el traidor se dedica a labores de captación y cualquiera de nosotros puede encontrarse entre sus objetivos. Se detuvo y le pidió un vaso de agua al camarero.

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Desarraigos

Hoy cumplo veinticuatro años de mi vida en este país, parece poco tiempo, yo creo que es un siglo. Ando por el barrio pisando hojas caídas, algunas conservan su color amarillo o naranja. Forman una especie de alfombra acolchonada que se alborota cuando el viento algo frio las acaricia. Se han demorado en barrerlas y algunos vecinos las soplan hacia las calles con un aparatico que les cuelga del hombro. Cada día se demora más en nevar, nada es igual al día que decidí lanzar mis anclas en este país, lo hice a barbas de gato y con decenas de grilletes para que ningún viento me pudiera arrastrar. Las anclas fallaron dos veces y casi naufrago, no encontraron buen fondo donde agarrarse y no fue el viento quien me arrastró, fueron dos faldas de mujeres.

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