Un año después de su inauguración, La Marca, el primer estudio de tatuajes profesional de Cuba, ha puesto de moda el llevarse un souvenir de la isla caribeña en la piel y de paso ha mejorado la imagen de ese arte en un país donde poco a poco va calando la moda de dibujarse el cuerpo.

"Nuestro principal interés siempre fue legitimar el tatuaje en Cuba, darlo a conocer para cambiar la visión que de él se tenía, ya que ha estado estigmatizado por mucho tiempo", asegura a Efe el veterano tatuador Leo Canosa, líder de este "espacio cultural para la convergencia" artística.

Ubicado en el corazón de la Habana Vieja, entre vendedores de souvenirs y restaurantes, La Marca apuesta por una estética original y el "tatuaje de autor", una de las razones del éxito del proyecto, explica Ailed Duarte, esposa de Leo y una de sus más cercanas colaboradoras.

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A mis desvelos, Karel y Gaby.
A mi abuela “Cucha” por su apasionada y radiante religiosidad.

La actividad religiosa se refleja en muchas facetas de la vida, incluyendo el arte. La obra artística, como creación del hombre, refleja las ideas del artista, sus inquietudes y apreciaciones estéticas y su reflejo de la realidad circundante. La plástica cubana recorre las diferentes etapas de la evolución de la idea religiosa en Cuba, reflejando la religiosidad del cubano, una mezcla de creencias ajenas a toda práctica ortodoxa, de escaso desarrollo doctrinal e institucional y que fácilmente se adapta a las necesidades del creyente, con el empleo irreverente de símbolos religiosos como forma de expresión artística, renovadora y ajena a toda afiliación ortodoxa.

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Cultura y censura: La UNEAC continúa siendo un instrumento al servicio del partido único.

El pasado 12 de enero fue publicado en CubaNet el artículo “La UNEAC contra los jóvenes”, que motivó comentarios e interrogantes por parte de los usuarios que acceden al sitio regularmente. Con el interés de complementar la información socializada y ofrecer elementos de juicio a los lectores, el presente texto propone un brevísimo acercamiento a la cultura como institución, valorando el papel de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

En una de sus arengas inmediatas al triunfo de 1959, Fidel Castro afirmó categóricamente que “la cultura es lo primero que hay que salvar”. Bajo esta premisa y tras el polémico discurso “Palabras a los intelectuales”, los nuevos dirigentes trazaron una política cultural que, en los años setenta, dio comienzo al llamado “Quinquenio Gris”: una cacería de brujas contra todo el que sostuviera –desde el arte o el pensamiento– posturas críticas ante el nuevo modelo sociopolítico.

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"Los actos de censura que se han vivido en nuestra historia no le han hecho bien a nadie"

Una representación de los más talentosos cineastas cubanos se hizo presente ayer en el centro cultural Fresa y Chocolate, ubicado en la avenida 23 de la capital cubana, para, a manera de asamblea, discutir temas que vienen frenando el buen desenvolvimiento del cine en la mayor de las Antillas y la libertad de los cineastas de crear sin miedos. La creación de una Ley de Cine y la expulsión y censura de Juan Carlos Cremata Malberti a causa de su más reciente obra "El rey se muere" fueron los dos puntos del día.

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La política cultural sigue apelando a los mismos mecanismos de hace años: cuando algo molesta, sencillamente se censura.

En un gesto que parece prolongación involuntaria del absurdo que pretende evitar, el Ministerio de Cultura cubano acaba de censurar la obra de Eugène Ionesco El rey se muere, montada por el reconocido director Juan Carlos Cremata, donde se invitaba al público "a reflexionar" frente a la historia del soberano Berenjena, un dictador que ha ejercido su poder durante más de 200 años y, finalmente, se entera de que morirá en una hora. El espectáculo duró apenas las dos sesiones inaugurales en cartelera.

El mensaje censor, publicado en el sitio oficial Cubarte, es una joya de la retórica elusiva. Atendiendo a “estrategias” —dice— se decide la suspensión “en pos de lograr estadios más propositivos entre las obsesiones poéticas de nuestros creadores y la política cultural de la nación”. La censura cubre así el espacio de la representación que quedaba sin decidir: elimina cualquier ambigüedad y confirma el poder del objeto de la sátira.

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