Conflictos sociales

Pólvora viva

Los comentarios y anécdotas de boca a oreja (única fuente medianamente creíble para nosotros) dan cuenta de un alarmante ascenso en los niveles de violencia doméstica en La Habana. Hombres que les pegan sin contemplación a sus mujeres, que se enredan entre ellos a trompadas o a machetazos por cualquier sencillez, o que matan por robar menudas bagatelas… Seres humanos que han adoptado la crispación y la falta de escrúpulos como estados naturales, debido a que el fracaso y la desesperanza y la impotencia los están reventando.

No hablamos, claro, sobre La Habana de los recorridos turísticos, sino de la auténtica -que es muchísimo mayor y más representativa-, la de los perdedores crónicos, responsables de que Cuba alcanzara el primer lugar en los índices de suicidios de todo el hemisferio, según la Organización Panamericana de la Salud.

Estamos hablando de miles, cientos de miles de cuarterías donde habitan hasta más de diez personas en una sola habitación, de barrios insalubres y sin agua corriente, de penurias múltiples, de suciedades, de inopia, de gente amargada que cuando no consigue huir de su entorno por los más inimaginables conductos, busca escapes mediante el alcohol, la droga y otros vicios.

Hablamos de desempleo masivo, o de empleos cuyos salarios no alcanzan ni para el desayuno, pues su fin no es que la gente trabaje y pueda vivir decentemente del esfuerzo propio, sino que esté condenada a ser dependiente de la tutoría estatal, y que aparezca en nómina para justificar los gráficos de la propaganda.

En muy apretada síntesis, este es el trasfondo de la violencia doméstica en La Habana, encuadrada dentro de un paisaje que no se diferencia mucho al de otras ciudades de países subdesarrollados. Sólo que aquellas otras no suelen ser publicitadas como referencias modélicas ni como faros de los nuevos tiempos.

No hay novedad entonces con respecto al tema, como no sean las tres interrogantes que con mayor insistencia se repite por estos días nuestra gente, justo en sus comentarios de a boca a oreja: ¿Desconocen las autoridades policiales del régimen este cuadro de horror que hoy presenta la violencia doméstica en La Habana? Ya que no mueven ni un dedo para enfrentarla o, aún mejor, para prevenirla, ¿será porque no les interesa o porque no les preocupa? ¿Acaso no teme el régimen que esa violencia continúe propagándose hasta convertirse en una amenaza directa para la estabilidad de su poder? Por momentos, da la impresión de que en verdad no la evalúan como una amenaza (al menos inmediata) para sus planes. Y eso que ellos han demostrado conocer mejor que nadie el efecto de la violencia, los resortes que la impulsan y también sus consecuencias, no siempre previsibles. Esto casi obliga a rechazar la idea de que no estén evaluando el fenómeno como lo que es: un desafío también para ellos, doblemente peligroso, por lo que representa en sí mismo y por el tremendo riesgo que asumirían al no considerarlo peligroso.

Cierto es que se han acostumbrado a que la gente de a pie acepte sus desgracias sin protestar, y que por algún inexplicable resorte psicológico, seamos capaces de matarnos entre nosotros, sin miedo y sin el menor reparo, al tiempo que se nos aflojan las piernas con solo ver aproximarse al patrullero de la policía.

Desde esa óptica, podría entenderse el motivo por el cual dentro del propio pueblo abundan hoy los que creen que el régimen no se siente amenazado por el alza de nuestra violencia doméstica. La achacan -dicen- a expresiones comunes del carácter y las costumbres de los sectores marginales. Además, como el fenómeno tiene lugar, hasta ahora, en la periferia, al nivel de las zonas más pobres y abandonadas (se ve poco en Miramar o en el alto Vedado, que es donde viven y pernoctan los poderosos), entonces no es asunto suyo, no les afecta y no tiene por qué importarles. Es lo que suele comentarse por acá, de boca a oreja.

Lo de menos sería la tremenda carga de indolencia, soberbia y miopía histórica que esa actitud denota. A fin de cuenta, es la actitud que siempre los caracterizó. Así que el argumento tiene su lógica. Pero no es el único que se maneja.

Hay otro (portador de otro peligro adicional), según el cual la presunta dejadez oficial no es sino una prueba de la confianza que la revolución tiene en el pueblo, así dicen. De modo que si están caldeados los ánimos, debido a problemas ajenos a la voluntad política del régimen, y éste no interviene a fondo en el asunto, ello no significa necesariamente que no le importe, ni que ignore sus detalles, sino que no le queda otro remedio que hacer la vista gorda, "de momento", hasta que pueda resolver los problemas que tanto crispan a los menesterosos y que al parecer están en la base de sus reacciones violentas. Eso dicen.

Dos preguntas más se caerían entonces de la mata: ¿Y cómo, cuándo, de qué manera espera el régimen resolver problemas para los que no ha encontrado solución durante decenios y menos aún parece estar cerca de hallarlas en este momento? ¿Cuánto tiempo estarán dispuestos a seguir esperando los menesterosos, y hasta más que ellos mismos, la violencia visceral que los revienta?

Según nuestros perfeccionadores del socialismo, el enfrentamiento entre ricos y pobres, así como la irreconciliable actitud de rebelión de estos últimos frente al poder político, es algo consustancial a otras latitudes (sociedades bajo la crisis del capitalismo, les llaman ahora), pero no de aquí, donde todos somos como una gran familia de pobres, de modo que las diferencias resultan más de forma que de fondo. Eso dicen, aunque está por ver cuántos entre ellos se lo creen en serio.

Según datos del último Anuario Estadístico de Salud, entre 2009 y 2010 hubo en Cuba un total de 1 169 muertos por agresiones. Pero ya se sabe que las estadísticas oficiales suelen falsear la realidad, según la conveniencia del régimen. Los muertos debieron ser muchos más. Aunque no sólo los muertos cuentan a la hora de refrendar el incremento de la violencia doméstica entre nosotros.

Faltaría por sumar las cifras de lesionados más y menos graves. Y por cierto, no sólo las provocadas por agresiones de carácter común. También habría que añadir las que inflige la policía a ciudadanos indefensos, sobre todo por motivos políticos. Eso por no contar el interminable rosario de actos violentos, con sádicas torturas incluidas, que a diario sufren los reclusos en las muchas cárceles de la Isla. ¿Y en qué estadística podríamos hallar los efectos de esa barbarie?

Mientras, se observa un flagrante desdén, por parte del régimen, ante el imperativo de encarar el problema. ¿Sería de esperar entonces que en un plazo no tan lejano como ellos calculan, la violencia se riegue como pólvora viva hasta alcanzar sus lujosas residencias, sus repartos exclusivos, sus palacios y bunkers?

¿Descarta totalmente el régimen tal posibilidad, o sencillamente se está preparando en silencio, como tantas otras veces, haciéndose el que ni siquiera la concibe?

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