Generalidades de la música cubana

La Tumba Francesa

De cuando el minué se fue de tumba

Esta es un poco la historia de una agrupación santiaguera que ha protegido una tradición por más de 140 años, recientemente declarada por la UNESCO Patrimonio Intangible de la Humanidad.

"José Rufino Benet tenía diez años cuando Antonio Maceo se lo encontró tomando agua a la orilla de un río. El General lo vio solo y le propuso ser su ayudante. El niño le dijo que sí. Fue su asistente personal durante la Primera Guerra. Regresó a casa con 20 años. Luego se casó con Nemencia Danger, que había nacido en el campo, pero que no fue esclava porque el padre compró su libertad estando en el vientre de su madre. Cuando la conoció ella bailaba ya en la Tumba Francesa. Esa era mi bisabuela. Murió de 115 años en 1964.

"Su hija, Tecla, también estuvo en la agrupación hasta 1988, cuando falleció a la edad de 94 años. Y mi mamá, Emelina, hija de Tecla, también fue integrante de la Tumba hasta hace seis años, cuando murió. Aquí están hoy mis dos hermanas, mi esposo, mi sobrino y mi hija, que es la mayorala de plaza (primera bailarina).

"Los cantos los aprendí oyendo, a través de mi abuela, de mi papá, de mi tía. Antes, la Tumba Francesa no admitía a niños, ni siquiera podían ponerle la mano encima a un tambor. Solo podían integrarla personas mayores de 30 años. Eran demasiado reservados. Pero mirando desde la cocina, escondidas, mi hermana y yo aprendimos. Nadie nos enseñó. A partir de 1961 se permitió que entraran los niños. Mi nombre es Andrea Quiala Benet, tengo 58 años, llevo 42 años en el grupo, ahora soy cantadora y la segunda presidenta de la Sociedad Tumba Francesa La Caridad de Oriente."

Habla con pena. Timidez y humildad se reflejan en su rostro. Para ella, es apenas la historia de su familia. Trato de convencerla de la importancia que tiene su testimonio para la historia de la cultura cubana. Conversamos en la sede de la agrupación, ubicada en el número 501 de la calle Los Maceos, esquina a San Bartolomé, en la añeja barriada de Los Hoyos, considerada el asiento más importante de la población negra y mestiza en Santiago de Cuba, donde con mayor fuerza se conservaron las tradiciones africanas (sociedades negras, como los cabildos lucumí, congo y carabalí que se concentraron en el lugar).

En una de las esquinas de la sala se levanta el altar a la Virgen de la Caridad del Cobre (Ochún), el resto de las paredes están adornadas por reconocimientos, diplomas y viejas fotos que recuerdan la trayectoria de la agrupación, fundada el 24 de febrero de 1862, entonces con el nombre de Sociedad La Fayette, en honor a un general francés que luchó por la libertad en América y un día, al llegar al puerto de Santiago, fue recibido por el baile de la Tumba Francesa. No es hasta 1905 que toma el nombre de Sociedad Tumba Francesa La Caridad de Oriente.

Sonrientes, con sus bellas batas, las mujeres, y sonando sus tambores, los hombres; ahí están los rostros negros de Yoya, Arcadio, Josefa, Consuelo, Candiosa, Nemecia, Tecla, Emelina… imágenes deterioradas por el tiempo de la extensa prole de los Benet, una de las familias que desde hace más de cien años no se ha apartado de la agrupación.

La vieja residencia los acoge desde 1961; antes, la sociedad pasó por diferentes locales que debieron ser abandonados cuando no alcanzaba el dinero para pagar el alquiler.

"Con el triunfo de la Revolución, el gobierno nos dio esta casa. A partir de ahí no hemos tenido que movernos más. Se acabó toda esa lucha, las correderas, los cambios de aquí para allá. La Tumba dependía de lo que pudieran dar sus propios integrantes. Y antes la vida era muy dura. A pesar de llevar tiempo en un lugar, cuando no se podía pagar había que moverse", comenta Flavio Figueroa Padilla, de 64 años, quien entró a la agrupación hace 38 años y hoy es su primer presidente.

Andrea advierte que han sido muchos los hijos de Santiago, en especial de Los Hoyos, que han pasado durante todo este tiempo por la agrupación, incluidos algunos, también de origen francés, como los Boudet y los Duvergel.

Flavio agrega que "cuando decimos Tumba Francesa estamos diciendo patria, porque por aquí pasaron próceres de la Guerra de Independencia, como Antonio Maceo, miembro de esta sociedad, Quintín Bandera y Guillermón Moncada, entre otros".

Mantuvieron sus costumbres, protegieron sus raíces, los ancestros. Escuchaban y observaban a los ancianos. Lo aprendido se lo trasladaron a sus hijos. La mayoría nunca supo que haciéndolo preservaron para la posteridad rasgos distintivos de nuestra cultura popular tradicional.

Precisamente, toda esa historia, sembrada entre plantaciones y cafetales, alimentada de tradición durante más de 140 años por la fusión de tantos hombres y mujeres de distintos orígenes, es lo que ha hecho que la Sociedad Tumba Francesa La Caridad de Oriente ostente el Premio Nacional de Cultura Comunitaria y que el Fondo de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), le confiriera recientemente el título de Patrimonio Intangible de la Humanidad, categoría que por primera vez se le otorgara a una institución cubana.

¿Por qué Tumba Francesa?

Imposible hablar de los orígenes de Santiago, de su cultura y de su gente sin mencionar la importancia que tuvo para el oriente cubano la inmigración francesa que recibió a finales del siglo XVIII y principios del XIX como resultado de la Revolución en Haití.

Muchos de los hacendados que arribaron a esa zona de la Isla en aquella oleada se hicieron acompañar por sus esclavos, fundamentalmente domésticos, los que ya conocían los hábitos de la alta sociedad francesa radicada en Haití. Inevitablemente, al instalar sus mansiones y cafetales en las inmediaciones de Santiago, se vieron necesitados de nueva mano de obra que trabajara las plantaciones. Estos esclavos también fueron influenciados por las costumbres de sus amos, quienes impusieron en sus dominios la ética de la sociedad francesa.

Según algunos historiadores, los esclavos que llegaron de Haití venían ya con sus ritmos y bailes. Otros sostienen que en los cafetales franceses, durante los primeros años de su estancia en Cuba, los esclavos practicaron un tipo de baile denominado Tumba, que lo hacían el día del santo del dueño del cafetal y los de San Juan y San Pedro.

El paso del tiempo, las guerras de independencia, la abolición de la esclavitud y la fuerza de las costumbres que logró mantener entre sus descendientes la población negra del oriente cubano, hizo que la Tumba Francesa saliera de los cafetales y se organizara en cabildos y sociedades que trascendieron el siglo XIX y el XX.

La licenciada en Historia del Arte Teresa Toranso Castillo, quien se ha dedicado al estudio del tema, señala que se le llamó de tal forma, teniendo en cuenta que "la tumba es un tipo de instrumento de percusión imprescindible para este tipo de manifestación de origen africano, término que se asocia además a la idea de fiesta, jolgorio, bailes afrocubanos practicados en la región oriental de Cuba". Explica que lo de francesa, porque sus miembros "aún hoy día se llaman a sí mismo franceses y fue su medio de comunicación el francés, porque los esclavos, independientemente de su procedencia, se comunicaban a través de lo que el historiador Emilio Bacardí llamó francés criollo, mezcla de la lengua francesa con los distintos dialectos de tribus africanas".

Los investigadores ven en la Tumba Francesa el resultado de un complejo proceso de transculturación (intercambio cultural en los dos sentidos, al decir del sabio cubano Fernando Ortiz, que dio como resultado un producto nuevo) sufrido por los esclavos originarios del continente africano, que fueron llevados a Santo Domingo y luego trasladados a Cuba, a los que se unieron con el tiempo los otros traídos de las costas de Guinea y los criollos.

Con el garbo de los amos

El sonido fuerte de los tambores retumba en las paredes del añejo recinto. Lo puedo sentir en el pecho. A mi lado, un amigo mira asustado: "Parece que las paredes se van a caer", me dice. No lo dudo. En la medida en que aumenta el ritmo, comienzan a escucharse las voces de las cantadoras. No entiendo la letra. Es patuá, me explican luego.

Inmediatamente salen las parejas de baile. No existe nada semejante. Porque mientras la música te obliga a mover los pies, el cuerpo todo, ellos se despliegan por el salón realizando los más tradicionales pasillos de una danza centenaria. "No sé cómo pueden controlarse", me comenta el vecino.

Claro que en las cinturas y los movimientos de los pies se mantiene el ritmo impuesto por la mezcla del catá, el premier, el bulá y el tambuché, los tambores que dan vida a la música desde hace un siglo, porque los "huecos son los mismos, son pedazos de tronco de árboles ahuecados a golpe de machetines y candela. No están armados por piezas de madera, ni usan llaves, como las tumbadoras de hoy día", aclara Flavio.

Y sigue: "Esos tambores, los antecesores de los que están tocando los recibieron así. Aunque se le ha cambiado el cuero (de chivo u oveja) por el desgaste; las sogas, las estacas, los aros, mantienen los mismos huecos, tallados a la manera de aquella gente.

"Es cierto que con esa música no se puede estar tranquilo en el asiento -comenta Flavio-, el sonido te inspira a bailar. Sin embargo, los bailes franceses son muy suaves. Pero los bailarines se mueven al ritmo picante de los tambores. Copiaron los pasos, los bailes, pero la música era la suya, la de sus ancestros africanos. El hecho de que la música esté buena no autoriza al bailador a romper las reglas del baile; como se dice, a soltarse. Y lo hacen como lo tienen que hacer. "Esto es un legado que recibimos de nuestros antecesores. Siempre hemos cuidado mucho de que no haya cambios, de que marche según ellos nos inculcaron a nosotros. Porque ya cuando haya variación y tengamos que incorporar baile de casino, todas esas cosas de hoy, ya estaríamos falseando la tradición."

La Tumba Francesa es la recreación de los bailes de salón franceses -minué, rigodón, carabiné, lancero, yubá-, el estilo de las antiguas danzas europeas que hasta América trasladaron sus amos bajo el sonido de instrumentos de viento y cuerda, y que los esclavos bailaban al ritmo de los tambores después de las duras jornadas de trabajo o en festividades.

Para no pocos especialistas, esa era una manera de los esclavos de poder burlarse de sus amos. "Se ponían a mirar a sus amos. Y les demostraron que podían bailar con el mismo donaire, con el mismo garbo que los patrones blancos", indica con orgullo Andrea.

Entonces, para los bailes "los esclavos utilizaban la ropa que los amos iban echando a un lado por su uso y por las nuevas modas. Mire las fotos, eran batas lindas, de colores tiernos, con muchos encajes, muy finas, de mucha elegancia, al estilo de la época.

"Ahora el vestuario es un problema. La suerte ha sido que la Casa del Caribe nos compró tela, la Alianza Francesa los adornos para los vestidos y Patrimonio pagó la confección de los trajes", comenta Andrea.

Comiendo candela

Nos cuenta Flavio que no ha sido fácil mantener la agrupación durante todos estos años. Sus 29 integrantes tienen puestos de trabajo en los más disímiles oficios. "No pueden dedicarse a la Tumba a tiempo completo porque nos consideran un grupo aficionado... Aquí la única compañera que tiene un sueldo por Cultura, y no como integrante de la Tumba sino como auxiliar de limpieza, es la segunda presidenta, Andrea Quiala Benet.

"Cuando vamos a hacer una actividad tenemos que tener tiempo para que les den autorización en sus centros de trabajo, tenemos que hacer cartas para que los liberen y no les afecten el salario...

"Hemos mantenido la agrupación comiendo candela y con mucha inteligencia. No es una manifestación para la que se puedan encontrar bailadores al doblar de la esquina. Esto hay que sentirlo."

-¿No corren el peligro de que desaparezca?

-Creo que no. Nos hemos trazado la meta de que mientras haya un Benet ligado con un Figueroa Padilla haya Tumba Francesa. Trabajamos muy fino en eso; tratamos de inculcárselo a los muchachos, explicarles la historia que hay detrás. Después, con el tiempo, les van cogiendo amor y se mantienen con el tratamiento que les damos…

"Es muy importante también que hemos logrado mantener a muchos miembros de nuestras familias. Ellos no la dejaran morir. Porque al dejarnos este legado eso fue lo primero que nos pidieron, en lo más profundo, esos viejos que están ahí (señala para las viejas fotos que adornan el local): que no dejáramos morir la Tumba Francesa, que en el lugar donde ellos se encuentren no querían ver que la hayamos dejado caer. Y nosotros, cuando vayamos a cerrar los ojos, les pediremos lo mismo a los que queden cuidando nuestra tradición."

Fuente: Revista Bohemia

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