Generalidades de la música cubana

The wall

Retomo la línea para hablar de un fenómeno que todos conocimos: Las fiestas, su música y las peripecias que tuvimos que hacer para mantenernos actualizados en cuanto a música se trata en la década de los ochenta. Realmente la tuvimos bastante jodido en el tema de la música (¿en cual no?). No podía ser menos en un país en el que hasta para cagar debes hacerlo según las normas del estado socialista. Pero aún así muchos nos la arreglamos para sacar la cabeza por algún hueco del muro y ver que ocurría un poco más allá, en el mundo exterior. Para eso tuvimos que desarrollar técnicas que vistas desde la distancia y el tiempo pueden hacer llorar o reir a más de uno según el caso. Aunque en honor a la verdad, nosotros la pasamos rosa comparado con los 70 y los 60, pero de eso le tocará hablar a algún “Puro”.

Alguien que partía para USA, me regaló un Long Play (disco de acetato) de Los Beatles cuando sólo tenía 10 años (década de los 70) y a partir de ese momento fui invitado especial en fiestas guiros y descargas en toda La Habana. Salir de casa con ese tesoro era peligrosísimo. La vieja casi ni dormía cuando me veía salir con un papel periódico bajo el brazo, no porque me asaltaran para quitármelo sino porque si la policía me agarraba con ese material subversivo, la hubiera pasado bastante mal. Por eso el dichoso disco viajaba camuflado dentro de la carátula de un Disco de Elena Burque y escoltado a la derecha uno de La Ritmo Oriental y a la izquierda uno de Van Van. A su vez ese disco había entrado al país en el doble fondo de la maleta de un marino hacía una década atrás y sólo había sido oído cinco veces en diez años muy pero que muy bajito para no delatarse con la gente del comité. En esas ocasiones se apretaba la familia junto al tocadiscos en el fondo de la casa mientras en la sala la TV chillaba a todo volumen.

Cuando llegó la etapa de enamorarse, la época en que los jóvenes empezamos a fijarnos en el sexo opuesto otros problemas se nos sumaron. Porque en Cuba lo único que sumas son problemas, pero no soluciones. Recuerdo haber bailado en fiestas con la música bajito, para que los vecinos y especialmente los del comité no se enteraran de que bailábamos y hasta nos enamorábamos con música venida del salvaje capitalismo. Sí, porque quizás un español no pueda imaginarse que la lista de tipos malos estuviera encabezada por un gallego: el tal Julio Iglesias que después de causar furor con el exitazo de la película “La vida sigue igual” pasó a un silencio total, según dicen por cantar en la boda de la hija de Pinochet. No tengo ni idea si eso fue verdad o mentira, el caso es que para nosotros, de la noche a la mañana desapareció como por arte de magia. Por otro lado Camilo Sexto no veía su voz en la Radio cubana porque era (o es) maricón. Roberto Carlos, el brasileño, cantaba aquello de “Jesuscristo yo estoy aquí” y esto bastó para que acompañara a los dos gallegos. Al ciego Feliciano cantaba la canción “Feliz Navidad”: Fuera. Y para que hablar del malo de Moncho, “el gitano del bolero” a quien lo multiplicaron por cero cuando le puso música a unos versos de Martí. Hubo un momento en La Habana en que oir música o bailar apretados con la luz apagada al ritmo suave de Roberto Carlos podía ser un acto terrible de diversionismo ideológico y causarte la pérdida del derecho a estudiar en la Universidad.

A finales de la década de los 70, los jóvenes cubanos estábamos hasta los huevos de música cubana. No es pa’ menos si todo eran marchas patrióticas e himnos y los grupos musicales, para alcanzar algún éxito, les dio por llamarse Moncada, Trinchera, Granada, Metralleta… o tocaban instrumentos de los antepasados indígenas del continente americano, que tenían que ver con nosotros tanto o menos que los grupos ingleses que tanto odiaba el gobierno. Ni que decir de aquellos Frikis que preferían las bandas inglesas de Rock y Punk. Como mínimo eran considerados raros por vestirse con pantalón apretado y camisa ancho. Más de una vez perdieron sus melenas en calabozos habaneros o a manos de algún director de escuela. Muchos se rasparon la cabeza en señal de protesta.

Una última anécdota:

En mi PRE pocos jóvenes habían oído música rock de habla inglesa, al menos eso decíamos. Un domingo, durante la visita de los padres en la escuela al campo alguien llevó grabado en un cassette el disco The Wall de Pink Floyd. Mientras otros dos vigilaban, me colé en el local del equipo de amplificación y puse el disco The Wall a todo lo que daba. Para mi sorpresa bastaron sólo dos minutos para tener un coro gigantesco de alumnos y padres cantaba “Another Brick on the wall” frente a la dirección.

Al día siguiente al profesor de Literatura, quien dirigía las investigaciones, todos le respondían

- El pueblo de Fuenteovejuna señor.

Profe,si está leyendo esto y todavía se acuerda de El Yoyo: ¡¡SORRY!! Pero quizás ahora reconozca que no éramos malos.

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