Generalidades de la literatura cubana

Lydia Cabrera y el prólogo olvidado

''Cuba, la más grande y rica de las islas del archipiélago de las Antillas ocupa el centro del Mediterráneo del Nuevo Mundo, como llamó RECLUS a esta región privilegiada''.

Con esas palabras comenzó Lydia Cabrera (1899-1991) el prólogo al libro del etnólogo Pierre Verger, contentivo de 196 fotografías, editado con el título CUBA, por la Casa Belga establecida en la calle O'Reilly 59, Habana Vieja, dedicada a la venta de libros y revistas extranjeras, y centro de promoción cultural desaparecido por los fuertes brisotes de 1959.

El prólogo escrito por Cabrera resulta una exposición a la vez concisa y profunda sobre nuestro país. Comienza por presentar la geografía como a vuelo de pájaro y compararla con un cocodrilo, un arado rústico, una lengua de pájaro y hasta con un tiburón. Y añade: ''El pequeño estudiante de Geografía aprendía en Cuba a recitar de memoria sus lecciones”.

La autora de Cuentos negros y El monte, dice también que los españoles del siglo XVII llamaron a Cuba antemural de las Indias y Llave del Nuevo Mundo, en este caso no sólo por la fisonomía insular parecida a una llave puesta en medio del golfo, sino porque Cuba ''tiene las llaves de los caminos del mar del estrecho de Florida que comunica el Atlántico con el golfo de México, del Paso de los Vientos que comunica el Atlántico con el mar Caribe y del canal de Yucatán que enlaza al Caribe con el Golfo de México''.

La demografía está presente. Aseguraba en 1958 que ''la isla cuenta con 6 100 000 habitantes en un área aproximada de unos 111 111 km2, incluída Isla de Pinos, hoy Isla de la Juventud, y los numerosos cayos: 1 600. Sus bahías no tienen igual en ambos mundos''.

Refiriéndose a las montañas ofrece detalles de los principales macizos y alturas, pero no el dato frío del geógrafo, sino adicionándole la nota pintoresca como lo hará en toda la extensión del tratado, imprimiéndole sabrosa amenidad de punta a cabo.

Así, de la Cordillera de Guaniguanico, en la provincia Pinar del Río, dice Cabrera: ''Los marinos (la) llamaron Sierra de los Órganos porque vista a distancia desde el mar, en el claro cielo del trópico, sus perfiles violetas semejan los tubos de un órgano''.

En el ámbito faunístico, tras el conciso inventario de animales, agrega, con la impronta de su pintoresquismo: ''Ni fieras, ni una sola alimaña de las que creó el Diablo que impida tenderse en pleno campo solitario al amor de las estrellas'', aunque no dejó de mencionar el alacrán ponzoñoso, ni las arañas venenosas, ni el cauto cocodrilo en sus dos variedades en la isla que pueden atacar al hombre.

Resalta los mamíferos existentes y desaparecidos, las miríadas de insectos, las aves y la rica fauna marina y de ríos, desaparecidos hoy en gran medida.

A pesar de la depredación florística, principalmente de los añosos bosques para el empleo de las maderas preciosas en la construcción de barcos, puentes y otras muchas construcciones civiles, fue especialmente el desmonte para la siembra de caña de azúcar y para potreros ganaderos el mayor daño, escalada indetenible también en el medio siglo posterior al Prólogo de Lydia Cabrera, que se refirió también a las frutas.

''El mamey de pulpa roja como el fuego; la piña coronada por la naturaleza para reinar sobre todas las frutas; cocos que dan de beber y comer en una misma pieza'', y el anón, la guanábana, los nísperos (algunas a punto de extinción hoy) y los plátanos. El cultivo del henequén, del arroz (plato nacional) y de la caña, sin dejar de referirse a ''las tierras rojas arcillosas, tan feraces que algunas han sufrido cultivos que datan de un siglo sin necesidad de ser abonadas''.

Clima, estaciones, temibles ciclones, ríos, afluentes, cascadas, cavernas, pueblos, costumbres, nada escapa a la atención de Lydia Cabrera.

“La historia de Cuba –dice- no comienza hasta 19 años después que Colón la descubrió en octubre de 1492'', y continúa el esbozo lineal histórico incluidas las guerras de independencia y concluye con la inauguración de la República el 20 de mayo de 1902

Lydia Cabrera es imprescindible en la literatura cubana del pasado siglo. Desde la tierna infancia estuvo atraída vivamente por los cuentos, leyendas y relatos de negros.

El escudriñamiento de esos relatos, complementado por su estrecha amistad y colaboración intelectual con el sabio cubano Fernando Ortiz (1881-1969), bautizado el Tercer Descubridor de Cuba tras Colón y Humboldt, hicieron de Lydia Cabrera la gran estudiosa y expositora del folclore afrocubano en su profundidad y trascendencia, más allá, incluso, de sus logradas crónicas sociales, publicadas bajo el seudónimo NENA en el periódico ilustrado quincenal Cuba y América, cuyos destellos luminosos han relegado la notoriedad de su prólogo Cuba, aparecido en la colección fotográfica de estampas cubanas de Pierre Verger.

Prólogo que, a la distancia de medio siglo, provoca sentimientos de añoranza por ese pedazo de isla y de patria idos, cuyo espacio físico Lydia Cabrera abandonó pronto.

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