Generalidades de la literatura cubana

Entre caimanes

En 1966, un grupo de poetas jóvenes que se agrupaban en la revista cultural tutorada por la Juventud Comunista, "El Caimán Barbudo", redactó un pronunciamiento que quiso ser para siempre. Lo titularon Nos pronunciamos, y comenzaba diciendo:

"No pretendemos hacer poesía a la revolución. Queremos hacer poesía de, desde y por la revolución".

Ah, las cosas de los poetas revolucionarios. Su juventud lo complicaba todo.

Menos de un lustro después, el Caso Padilla y el Congreso Cultural les advirtió, sin cortapisas, que no podían aspirar a tanto. No había rima posible entre la justicia, la verdad, la belleza, las consignas y los uniformes verde olivo.

Por muy elevados que fueran sus ideales, aquí se hablaba el feo lenguaje del estalinismo, y ellos no estaban dispuestos a ser los Esenin, Blok, Babel o Pasternak de la revolución cubana.

Sus sueños quedaron indefinidamente aplazados. Tuvieron que escribir poesía a la revolución y punto. Pero siempre aplaudiendo.

Aurelio Alonso quiso embellecer el sacrificio de sus ilusiones, acosadas entre el espanto y la obediencia, bautizándolos como "la generación de la lealtad".

El Caimán Barbudo cumple 40 años. El aniversario de un saurio en número tan redondo puede ser un buen momento para restañar viejas heridas. Siquiera algunas de ellas. Otras, las más, ya no tienen cura.

El número 334 de la revista, de junio de 2006, dedica sus tres primeras páginas a la rehabilitación definitiva como "escritor revolucionario" de Eduardo Heras León.

En el número 46, de mayo de 1971, una nota de resonancias inquisitoriales anunciaba la expulsión de Heras León del Consejo de Redacción de la revista "por las connotaciones de criticismo tendencioso que, amparado en pretendidas posiciones revolucionarias, se evidencian en su libro".

El libro en cuestión era "Pasos en la hierba", hoy considerado junto a "Condenados de Condado" de Norberto Fuentes, clásicos de la narrativa de la violencia.

Sus relatos de la épica revolucionaria le costaron a Heras ir a parar a una fábrica metalúrgica. Allí tendría que demostrar proletariamente su fidelidad a la revolución. Silvio lo hacía a bordo de un barco pesquero. Antón Arrufat pagaba sus historias tebanas desempolvando libros en una biblioteca de Marianao.

La edición Casa de las Américas de "Pasos en la hierba" fue recogida con premura por los comisarios y sus secuaces.

Heras León, un idealista híbrido de artillero y escritor, fue otro más de los que no atinó a distinguir los tenues y volátiles límites del arte dentro de la revolución. Fuera de ellos, se extendía la nada. Y es sabido que para los mandamases, "la nada, nada inspira".

La segunda edición de "Pasos en la hierba" demoró 20 años. Para que se produjera, precisó de otro de los milagros del Período Especial. Los escritores cubanos se estaban extinguiendo. Curiosamente, la imagen de la portada evocaba a otro represaliado, el pintor Servando Cabrera. Alguien intentó un desagravio póstumo.

En la presentación del libro, Heras León sólo atinó a alzar el libro y gritar "Gané" para celebrar el fin de más de dos décadas de ostracismo.

Ahora, confiados de su prudencia y lealtad, el número 334 del Caimán Barbudo le concedió el derecho a réplica que no tuvo durante 35 años.

Acudieron gustosos como testimoniantes los poetas Guillermo Rodríguez Rivera, Víctor Casaus y Germán Piniella y el cantautor Silvio Rodríguez. Todos amigos suyos y alguna vez también efímeramente relegados por los comisarios. Todos, "amigos del muerto y ambias del matador", se las arreglaron para regresar del "dulce abismo".

Ellos ofrecen los conmovedores testimonios de hombres que un día se creyeron "hermosos, intransigentes e inmortales" y quisieron salvar el mundo. Sólo que el tiempo (y las lealtades) nublan las más perspicaces miradas.

Esta vez no hubo mea culpas. Las entonaron durante demasiado tiempo para convencer a los jefes. De momento, no necesitan silicios, flagelaciones ni penitencias. Se impuso hablar de incomprensiones, extremistas, burócratas y perseguidores de la cultura. Los errores están ya superados y perdonados.

Después de todo, según ellos, ya muchos de los inquisidores no están aquí, "fueron a buscar refugio en los acogedores brazos del enemigo".

Es entonces que uno tiene que sacudirse para convencerse de que esta farsa no es otro mal sueño.

A Jesús Díaz no lo nombran por su nombre. No hace falta. Aunque tuvo la suficiente hombría y sinceridad para admitir sus culpas y romper a tiempo, piensan que ya no se podrá defender. Jesús, en su tumba, debe estarse riendo de tanta pendejada.

Víctimas y victimarios ha habido muchos. Sólo que no todas las víctimas tienen la fidelidad masoquista del Chino Heras y sus amigos para seguir afirmando, a estas alturas de la vida: "Nosotros fuimos y somos revolucionarios". De ahí su suerte… o su desgracia.

Dijo Silvio Rodríguez en uno de los versos que dedica a Heras: "Algún día se podrá decir que el enemigo tenía parte de razón". Contradiciendo al trovador, me temo que, ese día, la patria no los contemplará orgullosa.

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