Generalidades de la literatura cubana

Entre el espanto y la obediencia

Rodeado de carbón y calderos tiznados, Delfín Prats aprendió el secreto. Para cocinar con leña, hay que hacerlo mientras se apagan lentas las brasas, declamando a los grandes poetas rusos. Es un método infalible para evitar morir de tristeza.

Delfín Prats vive en una rústica casucha de tablas en un caserío a 8 kilómetros de Holguín. Su única compañía es un gato desolado y cómplice. Su pertenencia de más valor, un pequeño radio de baterías.

Su piel, curtida por el sol oriental, el tizne en las manos y la mirada de quien ya no espera nada dificultan suponer la talla inmensa de su poesía.

En los años 60, su libro "Lenguaje de Mudos", luego de recibir el Premio David, fue recogido y destruido por las autoridades. Prats fue encerrado en un campamento de las UMAP por homosexual. En 1971, lo parametraron. Había estudiado ruso en la Unión Soviética, pero no le permitieron ejercer como traductor. En los 80 trabajó como camarero en el restaurante El Patio.

Los escritores cubanos, entre el espanto y la obediencia, acechados por la fatalidad, disponen de pocas opciones que no pasen por el exilio. Delfín Prats escogió aferrarse a su tierra con el silencio estoico y corrosivo de los perdedores a tiempo completo.

Todos los escritores cubanos han tenido que pagar rescate por sobrevivir. Frente a la incertidumbre de qué era "todo dentro de la Revolución", Virgilio Piñera fue el primero en confesar que tenía miedo. "Vivo en la ruina y la desesperación", escribía Lezama Lima a su hermana Eloísa un otoño del nefasto 1971.

La poetisa Nancy Morejón ganó recientemente el Premio Nacional de Literatura y fue homenajeada en la Feria Internacional del Libro, pero todavía siente temor por su pasado en Ediciones El Puente.

La pequeña editorial fue prohibida en los años 60 por publicar a escritores exiliados y promover en Cuba las tesis del Poder Negro. A su director, José Mario, entrevistarse con el poeta beatnik Allen Gingsberg durante su tormentosa visita a La Habana le costó ser juzgado "por andar con extranjeros". Luego, lo enviaron a las UMAP por homosexual. El resto de los autores de El Puente fueron represaliados por la Unión de Jóvenes Comunistas y los comisarios culturales de El Caimán Barbudo.

Hace unos años, Nancy Morejón confesó que todavía tiene temor de hablar en la UNEAC y que le censuren haber sido, hace 40 años, de la gente de El Puente.

Miguel Barnet conjuró los fantasmas de El Puente negando que en Cuba se persiguiera a los homosexuales, mientras su amigo José Mario permanecía en un campo de concentración camagüeyano. Fue el inicio de su carrera como intelectual orgánico del régimen.

Ni siquiera los intelectuales plenamente al servicio de la dictadura logran estar exentos de temor. Pablo Armando Fernández, Cintio Vitier, Ambrosio Fornet, Guillermo Rodríguez Rivera… Cualquiera de ellos guarda en su expediente acusaciones de desviado, burgués o contrarrevolucionario. Alguna vez estuvieron condenados al ostracismo.

Para descargo de su honra, han acuñado, de común acuerdo, el corolario cínico de que las contradicciones del pasado ya fueron definitivamente superadas. Que sus sinuosas trayectorias son las que corresponden a "intelectuales revolucionarios en tiempos de revolución". En justicia, sus servicios teóricos a la Revolución exhiben pobres resultados.

Aparte de recolectar firmas ilustres para la causa, de debajo de la gorra bolchevique de Roberto Fernández Retamar sólo brotó de valía, el ensayo Calibán.

El marxismo martiano-fidelista con reminiscencias aristocratizantes, catolicistas y medievales de Cintio Vitier parió con cesárea "Ese Sol del Mundo Moral".

La Revolución no les echó mano hasta la debacle del Período Especial. La densa retórica mohosa de casi tres décadas atrás era lo más novedoso de que disponían los mandarines en su polvoriento arsenal de ideas.

Fernando Martínez Heredia dirigió la revista Pensamiento Crítico y el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana hasta la clausura de ambas en 1971. Fue un proscrito durante casi 20 años. Ahora, entre un foro internacional y el próximo, presume de ser un intelectual orgánico y herético a la vez. En la ortodoxia marxista, la reinterpretación del Che Guevara y un trostkismo de nuevo cuño cifra sus esperanzas de salvación de la Revolución Cubana.

El Premio Nacional de Literatura hace a Antón Arrufat olvidar historias tebanas.

Eduardo Heras León borra sus pisadas en la hierba y contiene a base de sales sus náuseas, para antologar décimas de Antonio Guerrero.

César López cesea poemas de William Carlos William por las tribunas oficiales a cambio de que le retiren al seguroso que vigila su puerta.

Carilda Oliver, coqueta, se desordena, amor, se desordena y perdona la paliza que le dieron aquellos muchachos tan atractivos y combativos.

Leonardo Padura, sudado en la cancha de Mantilla, sigue anotando goles.

Los autores más jóvenes, avisados del desastre, son crípticos, post modernos y descontextualizados.

Reinaldo Arenas sigue visitando en sueños a Delfín Prats. Unas veces en La Habana y otras en Holguín. La Tétrica Mofeta siempre se sienta en una esquina de la cama y reclama en vano un vaso de té con limón. Luego, con una mueca de asco, menea la cabeza y vuelve a repetirlo: No puedo con ellos…

Luis Vino Alvarez - 2006

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