Generalidades de la literatura cubana

El escribidor prohibido

En la oficina del por entonces director del Instituto Cubano del Libro, Rolando Rodríguez, quien hoy funge como uno de los historiadores de la nomenclatura, se apilaban los títulos extranjeros, casi todos prohibidos, entre los cuales siempre sobresalían los de un narrador que había caído en desgracia luego de llamar a la dictadura por su nombre.

La escena pertenece a los años setenta, hoy pocas personas consultan los aburridos mamotretos de Rodríguez, por su empeño en justificar históricamente un sistema que, entre otros desmanes, ha censurado espacios de la cultura mundial por considerarlos nocivos a la revolución. Muchas personas, sin embargo, siguen siendo tocadas por la magia literaria de Mario Vargas Llosa.

Siendo estudiante de la Escuela de Letras en la Universidad de La Habana cometí la imprudencia de mostrar a mi profesor Guillermo Rodríguez Rivera el libro de poesía Salamandra, de Octavio Paz, que había sustraído en alguna oficina del Instituto Cubano del Libro, donde siempre laboré y no en el diario Juventud Rebelde, donde él insiste en colocarme sabiendo que miente. Contrariado miró para ambos lados como quien comete un crimen y me dijo: ``Es un buen poeta pero aquí está vetado''. Y, por supuesto, no pude hacer ningún trabajo de clase con el afamado volumen de versos.

Ahora mismo, parte de la vieja guardia literaria cubana (Pablo Armando Fernández, César López, Reynaldo González), quienes fueran amigos del escritor peruano, se deshacen en elogios sobre el nuevo Premio Nobel, no sin antes aclarar que no comparten su ideología. Uno de ellos abunda: ``Se estableció una distancia por su postura, no solamente respecto a Cuba, sino respecto a nuestra América y al mundo''.

A esa edad provecta resulta lamentable la necesidad de reafirmación política para emitir una opinión. Vargas Llosa, por su parte, confiesa haber conocido la noticia del premio releyendo un clásico de la literatura como El reino de este mundo, que recomendó a todos públicamente sin verse en la obligación de afirmar que no comulgaba con la conocida militancia comunista de Alejo Carpentier.

En Sables y utopías, la más reciente compilación de sus artículos periodísticos, Vargas Llosa no excluye aquellos textos celebratorios de la revolución cubana que escribiera en los años sesenta, donde ya se vislumbraba alguna que otra nota discordante con los anuncios tempranos del rumbo totalitario que comenzaba a tomar el proceso.

Ni con él, ni con el otro premio Nobel latinoamericano anterior, Octavio Paz, la Casa de las Américas ha podido perpetrar su taimada labor de rescate, como lo hiciera, subrepticiamente, Roberto Fernández Retamar con Jorge Luis Borges, poco antes de que falleciera. Retamar dice haberlo entrevistado para lograr el permiso de publicar una antología de su literatura, luego de tantos años de desprecio.

Vargas Llosa fue prohibido cuando se ``bajó'' del tren de la revolución y nunca más se volvió a subir. Sigue censurado porque sus criterios sobre libertad y dictadura no son negociables con un viaje a Varadero y los órganos de la policía política cubana no poseen en sus archivos alguna situación incómoda de su vida personal con la cual lo puedan chantajear.

Por mucho tiempo, otros escritores cubanos caídos en desgracia y luego rehabilitados, como es el caso de Eduardo Heras León, han sido devotos manifiestos del estilo del gran narrador peruano, aunque públicamente han debido ser discretos a la hora de los elogios.

En Cuba, cada nuevo libro que nos agenciábamos de Vargas Llosa era una verdadera fiesta que hacíamos circular, convenientemente enfundados en portadas de revistas. De este lado, me ha tocado en suerte verlo personalmente durante sus no pocas y gentiles presentaciones en la Feria Internacional del Libro de Miami.

na de las mismas coincidió con el tributo que le ofrecimos a la poeta cubana Serafina Núñez, marginada durante años por no comulgar con el sistema que impera en la isla de donde viajó para la ocasión. Recuerdo que aquella vez, al terminar las respectivas presentaciones, le pedí a Vargas Llosa que conversara, al menos, por un momento con la escritora. En su apremio no lo dudó ni un instante, se le acercó cordialmente, la saludó, le habló de su lírica y se tomó una foto.

Núñez se sintió halagada por tanta caballerosidad y decencia y al retirarse el escritor comentó: ``Ojalá que Abel Prieto (ministro de Cultura de Cuba) no me regañe por esta foto''.

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