Generalidades de la literatura cubana

El oficio de poeta

A Raúl Rivero

Nuestro primer encuentro fue en una playa al oeste de esta provincia a principio de los ochenta del siglo pasado. Yo tenía 24 años, un montón de sueños en cada uno de ellos y como si todo eso fuera poco, también me creía poeta.

Con un grupo de amigos integraba un taller literario. Un día nos dijeron que llegaría alguien desde La Habana para impartirnos algunas clases, y aprovechando la ocasión mostrarnos también parte de su obra.

Nos fuimos a la playa Bailén, separada de esta ciudad por 30 kilómetros de carretera. Allí nos reunimos en un inmenso salón cerca del mar. El hombre de La Habana se acercaba a nosotros risueño. Dialogó brevemente con nosotros y eso bastó para darnos cuenta que teníamos delante de nosotros al tipo más jodedor del mundo. Ya por entonces era gordo, tenía cara de niño y la gracia de caer bien a todos.

Pero la cosa cambió –al menos para mí- cuando comenzó a decir sus poemas. Recuerdo uno en el que hablaba de su abuelo muerto, se llamaba Cruz. Le reprochaba el viejo ancestro haber cambiado - por obra y gracia de la muerte- su sombrero por un pedazo de tierra para cubrirse la cabeza.

Sin más valor para soportar aquella descarga de poesía verdadera abandoné el salón, llevando en mis manos los pedazos de mis sueños de poeta, acompañados cada uno de ellos con la frustración más grande del mundo. Sentí ganas de llorar y recordé una canción de moda que sugería que el mejor sitio para el llanto era uno frente al mar, y hasta allí me fui.

Gracias a él supe que el oficio de poeta es el más serio del mundo y juré para toda mi vida no jugar jamás con el arte de hacer música con el corazón.

Pasaron las gaviotas, y también pasó el tiempo. A finales de los años noventa ya yo estaba involucrado en este otro oficio de periodista independiente, bien serio también pero mucho más peligroso, y unos amigos me llevaron a La Habana para presentarme al hombre que había fundado la agencia para la que yo estaba escribiendo.

Cuando nos presentaron lo reconocí enseguida. Tenía unas libras y unos años más la misma cara de niño maldito. Era el tipo que me había hecho desistir –sin saberlo él mismo- de mis caprichos poéticos.

Lo tenía frente a mí y empezaba a darme cuenta que desde la primera crónica que escribí había intentado –y lo sigo haciendo- imitarlo. Su influencia era como un castigo o una bendición del cielo, pero la cargo sin complejos hasta el día de hoy; me consuela para ello tener siempre a mano una frase de Nicolás Guillén: ‘’cada cual tiene la influencia que merece’’.

Después del día 19 de marzo del año 2003 los corazones rebeldes ya no fueron los mismos. La primavera se vistió de luto con los estruendos de los cerrojos, sentencias absurdas y registros policiales al por mayor.

‘’El poeta’’ fue detenido, juzgado y sentenciado a 30 años. Finalmente le impusieron la alternativa dolorosa del exilio. Optó por ella.

Hoy me queda el consuelo de saberlo vivo y escribiendo para Cuba, a la que no deja de llorarle envuelto en la neblina de la nostalgia. Hace unos días manos amigas me regalaron una revista donde había una de sus magistrales crónicas. Al terminar de leerla no pude contener un suspiro. En el silencio de mi cuarto acaricié las hojas, las palabras escritas desde la distancia y me dije contento: no hay problema, tenemos Raúl Rivero para rato.

Lunes, 04 de Agosto del 2008

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