Generalidades de la literatura cubana

Jaqueline Teillagory

Conocí a Jaqueline Teillagory en 1997, en La Habana. Jaqueline trabajaba en la Casa Abril, excéntrica editorial responsable de magníficos títulos pero de la que ningún lector conoce con exactitud la línea editorial. Esta cuestión no es importante mientras los libros sean correctos, pero la traigo a colación para exponer la forma de ser de Jaqueline. Ella, como editora, posee las mismas cualidades que la casa para la que trabaja: con capacidad para lo múltiple, con gusto por lo variado.

Jaqui me presentó a Alex Pausides, entonces editor en la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Enseguida nos pusimos a trabajar los tres en un proyecto común: editaríamos una colección de cuadernos de poesía cubana. Sería un proyecto modesto, ya que se trataría de cuadernos, también llamados plaquettes, y no de libros con lomo y solapa. El contenido sería de poesía. No hubo discusión al respecto. Alex se encargó de contactar con los autores, sobre los cuales no había prácticamente dudas. El hecho de que Alex figure como autor y como antólogo más vale interpretarlo sólo como una mera coincidencia. Es un magnífico poeta de una innegable influencia literaria. El no incluirlo como autor por ser coeditor, no sería sino un síntoma de un pudor estéril y falso.

La edición tenía que presentarse al público un año después. El proceso de edición se llevó a cabo entre Madrid y La Habana. Jaqueline vino a Madrid para estar al cuidado de la edición. Es sorprendente ver trabajar a una editora con artes antiguas, una editora que conoce todas las mañas del arte de la tipografía clásica y hace uso de ellas en perfecta combinación con la regalía de las computadoras. Actualmente, en muchos países desarrollados, han desaparecido los profesionales de la imprenta y de la edición, o han venido a convertirse, en el mejor de los casos, en informáticos especializados. Jaqueline aportó unos conocimientos sobre la corrección y el diseño que sólo eran reconocidos por los más veteranos del sector en España. La edición se llevó a cabo en la imprenta EDITOR, en Madrid, en la calle Hilarión Eslava, templo nítido de la tinta y la rotativa, regentado por Albino y Benito, tan pacientes con la rutina de la mecánica como sensibles con el objeto artístico.

Los libros se enviaron a Cuba con muy pocos días de antelación a su presentación en público. Las cartas estaban echadas, y, tal como funciona la burocracia en la Isla, existían muchas posibilidades de que la edición no estuviese a disposición del público para cuando se querían iniciar los actos de promoción. En Cuba dicen que para toda solución hay un problema, y que lo que no está prohibido es obligatorio. Estas dos premisas describen perfectamente las respuestas, rígidas e ilógicas, que nos dispensaban siempre los funcionarios. En honor a la verdad, la solución siempre estaba en manos del ingenio, esa virtud cubana tan empleada para esquivar a los que no aplican el sentido común. Tuve dos maestros del ingenio, y no eran escritores, gracias a Dios, se trata de Liset, secretaria de la UNEAC, y Oli, el compañero que me sirvió de conductor.

Dado que este escrito es una crónica, y que una crónica siempre debe de guardar un orden, dentro de las posibilidades que tenía, he optado por hacer una semblanza de los seis autores de los cuadernos. Considero que esta fórmula es más amena que la descripción cronológica de los hechos.

Por Zalín de Luis - Babab

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