Generalidades culinarias

Hambre y dignidad

Llenó su estomago con eso que de pronto alguien calificó de bueno para el pueblo porque siempre había servido para calmar el hambre de los animales.

-Eso no es plátano, ¡burro! -gritó alguien que no tenía hambre.

-¿Y si no es vianda, qué es?

-Es comida para animales porque mata su hambre.

Los seres humanos, una vez llenan sus barrigas con eso, siguen pensando en un bistec; pero los cerdos no piensan, no sueñan con una mesa bien servida; están satisfechos. El plátano tradicional es una vianda.

-¡Yo como hasta piedra! -aclaró el hombre.

¿Cuál es la diferencia? El hambre de los seres humanos no está sólo en su barriga, sino, y sobre todo, en su cabeza. Cuando encuentres sabroso el salcocho del cerdo y este mate tú hambre, y no pienses en un coctel de camarones, habrás resuelto el problema de la comida: eres un cerdo.

Pero ¿quién decide lo que es bueno y lo que es malo para las personas, si los chinos comen perros y los franceses caracoles? No hablo de sabores y beneficios, sino de pensamientos. Al que creció comiendo verdolaga le parecerá una buena ensalada. Y con ella estará satisfecho, nunca pensará en la lechuga. Pero es la muestra de que esa persona ha vivido condiciones económicas específicas, o es víctima de una costumbre heredada de quienes padecieron una crisis prolongada. La pobreza también se cultiva. Pero los seres humanos aspiran siempre a más, y así es como se desarrolla la civilización.

Donde siempre se comió verdolaga no hace falta la lechuga, pero comenzar a mirar el plato de los animales con envidia habla con claridad de nuestra condición. Es la historia del hombre que abre con insistencia la puerta de su refrigerador vacio, esperando siempre encontrar de pronto algo para comer, como si se tratara de un acto de magia, como si el condumio creciera dentro del frío.

Sabe que su refrigerador no es mágico, pero su cerebro está fallando. No puede pensar en las verdaderas causas de su miseria. Lo que no funciona no es su equipo, que hasta congela, y si el Estado no le proporciona el alimento adecuado, entonces el problema no es trabajar más o menos, el asunto está en otra parte. Es sencillo, pero el miedo lo complica todo.

Hay pocas cosas en este planeta que los humanos no comamos eventual o cotidianamente. Hemos escuchado que el socialismo puede ser eficiente y por tanto viable, porque en los años ochenta en Cuba había casi de todo. Los que así piensan no quieren recordar que teníamos algo valioso que exportar: nuestros soldados. A cambio de comida enlatada. Y se habla poco del socialismo chino porque privatizar cada vez más es su consigna comunista.

Conocí a un hombre que comió mucha harina de maíz con leche en los 70, que eran tiempos difíciles. Ahora lo recuerda como un mal momento y no ha vuelto a comer harina. Cada día vive mejor porque no justifica las causas de aquella situación, y no desea volver a ella.

Hay personas que comen "plátano burro" en tostones y dicen que son mejores que el plátano. Puede ser cierto, pero antes de que desapareciera el plátano en Cuba, los tostones o chatinos eran de plátano. Aquí lo comen con picadillo de soja y dicen que no tienen hambre. Son los mismos que no quieren recordar que el fongo, bungo, plátano burro, rompe viento, o como quieras llamarlo, sólo se come a tutiplén desde que no hay plátano, y por ello simboliza nuestras penas y carencias. Hagámosle un monumento por las vidas que ha salvado y por las que aún salva, y entendamos que es un símbolo de lo bajo que ha caído nuestra condición humana. No sé lo que pienses tú, pero yo que no nací en un trono, te digo que el tocororo no es comida para mí.

Fuente: CubaNet

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