Generalidades culinarias

Habla la fritura

El pueblo dirá de mí lo que quiera, pero lo cierto es que no soy tan insípida como se cree, puesto que nadie posee como yo el secreto de complacer a hombres y mujeres.

Pruebas al canto: ¿No veis cómo, apenas me he presentado ante las puertas de esta ponderada escuela, todos los estudiantes han sido invadidos por la más viva alegría?

Sí, de pronto, en cuanto me visteis aparecer, vuestros estómagos se han desarrugado y vuestros labios no pueden contener la prisa por saborear mi masa.

De vuestros rostros se ha borrado el hambre que los nublaba, y ahora parecéis tan ansiosos como lo estaban los vendedores de carnero luego de beber el néctar de refresco instantáneo mezclado con café.

Hace un instante, al veros tan sombríos, cualquiera hubiera pensado que salíais de hartaros con los restos de un chopo. Con mi sola presencia he producido en vosotros el mismo efecto que produce el flan de arroz cuando, después de reducido a fuego lento, devuelve a las tripas de quienes lo consumen su tranquila alegría.

He sido para vosotros la primera en el paladar, y este efecto, tan parecido al fricasé de gato o a la tortilla de quelonios, lo he conseguido sin recursos ni condimentos largamente soñados.

Para disipar vuestro tedio del yantar rutinario, uno de esos croquetones tendría que bronquear y parecerse al pollo, mientras que yo os he convencido sólo con emparrillarme.

Con respecto al asunto que hoy me trae ante vosotros con tan inusitado descaro, os lo voy a decir, si tenéis a bien luego probarme, pero no con la fruición que atacáis a los medallones de los revendedores, sino con la que prestáis a las panetelas borradas, a los pastelones de aire y a los tamales. O mejor aún, con el vulgar crujido con que la infame frita se apretaba en el pan.

Hoy quiero hacer un poco de fri-turista ante vosotros, mas no por cierto como ésas que ahora andan por ahí llenando de retortijones el estómago de los niños, dejándoles más indigestiones que placeres, sino a la manera de aquéllas de tiempos antiguos, que se llamaban sopitas para eludir el nombre de caldillos, ya caído en descrédito, y que se dedicaban a indigestar a los dioses y a los héroes.

Ahora vosotros vais a escuchar una muela, pero no la de hamburguesas ni medallones, sino la mía propia, la de la Fritura.

Declaro, antes de seguir adelante, que no tengo por sabia a una masa que considera molesto y petulante alabarse a sí misma. Se puede ser todo lo fofa que se quiera con tal de tener la virtud de reconocerlo. ¿Hay algo más natural que ver a una fritura desgrasándose y haciendo que algunas jineteras de paso por La Rampa reclamen de vuelta el peso?

Nadie mejor que yo misma puedo darme a conocer, porque no creo que ninguno de vosotros pretenda conocer mi sabor tan bien como yo lo conozco.

Por lo demás, me parece que no soy ni más ni menos indigesta que la mayoría de las masas, o mejor dicho, de las que algunos tienen por tales, quienes, sacando su dignidad de la sartén en la que arden, le pagan a un cotorro servil o a un perro hambriento para que antes de sucumbir por el consumo hagan su panegírico ante las autoridades sanitarias, que es una retahíla de mentiras.

Pero el alabado, a fuerza de escucharlas, llega a creerlas, y se infla como un pan con jamón que pierde la dureza de alegría cuando el adulador retribuido la coloca a la altura de los mismos salchichones, y lo presenta como una empanada de surtidas actitudes, sabiendo perfectamente que está muy lejos de serlo, y que su masa no hace otra cosa que hacer vomitar al ingenuo que la consuma por recomendaciones ajenas.

En resumidas cuentas, yo no hago más que poner en las brasas el antiguo proverbio que dice: "Bien hace alabarse a sí mismo quien no tiene a nadie que lo alabe". Y aquí creo que viene muy a cuento declarar que no sé qué me asombra más, si la gratitud o la insistencia de los cubanos conmigo.

Me mordisquean todos, me usan, están satisfechos con las lagunas estomacales que les lleno, y sin embargo nunca, desde que el mundo es mundo, ha habido uno solo que se haya dignado a alzar su voz para hacer el Elogio de la Fritura, mientras gastas los pesos buscando palabras de encomio para el insípido fricandel, para la rancia pasta de bocaditos y el malsano pastel de aguacates con hierba buena.

La descarga que vais a escuchar es improvisada y por eso más sincera. No me propongo dármelas de genio, según es costumbre en todos los habladores, especialmente entre los del momento, pues demasiado sabéis que éstos, cuando quitan el dique a sus palabras albañales, en cuya elaboración han empleado cincuenta años, valiéndose de lo que otros han dicho, afirman que no tardaron más de cinco días en redactarlo o dictarlo, queriendo dar a entender que no son mediocres amaestrados.

Yo soy la dispensadora de bienes, que los concede con sincero desgrasamiento, y a quien nacionalmente se conoce con el nombre de Fritura.

Soy el único calmante estomacal al alcance de los desarrapados, los estudiantes, los jubilados y los chisperos, y de cuanto trabajador gane menos de 200 pesos. Los demás, aunque presumen en público de poder adquirir una pizza, en privado mandan a sus vástagos a comprar frituras por carretones.

Habréis observado en mi descarga que domino el inglés y el alemán, aunque no quiero parecerme a los retóricos de estos tiempos, que se asemejan a las sanguijuelas en lo de tener dos lenguas, para herir y sanar, corromper y moralizar, subvertir y mediar, y sobre todo expresar sus opiniones y borrar la de sus oponente por cualquier medio.

Vosotros pensaréis que soy una fritura tonta, con vocación de suicida en la masa al expresarme así, pero es que hay muchos que no alojan en su corazón y cerebro tanto valor y sensatez.

Os diré que soy una fritura posmoderna, y aunque conservo mi personalidad inconfundible -al menos por la forma, sin importar el contenido- sigo siendo la misma que al freírla encanta, sobre todo a las tripas abandonadas.

¿Cómo me dirigiré a vosotros? ¿Os llamaré animales, palurdos, indignos, tartufos? Confieso que todos los epítetos me repugnan. Os llamaré hermanos, piensen como piensen.

Vosotros estáis en el deber de reconsiderar vuestras vidas, de darle un talante más original, más pegado a la esencia de seres racionales, humanos.

Os pido en nombre de la harina que me dio la vida, en el del desterrado bacalao que llenaba mis entrañas, que alistéis vuestro ingenio y no penséis sólo en lo externo, en el consumo, que hay cosas que sin verse ocupan más espacio en el universo.

No me miréis como a un simple bocado, como a esa bola de grasa indigesta que, sin embargo, alegra vuestros corazones al imponer un toque de silencio en sus barrigas, como eficaz sustituto de manjares sólo conocidos en fotografías, libros de texto y otros elementos tergiversadores o alejados de la realidad.

Mírenme como si fuera la Democracia… No, no se rían, no. ¿Acaso no estoy al alcance de todos, sin distinción de raza, sexo, religión o tendencias políticas? ¿No puede ser elegida o rechazada sin que esto desencadene una guerra de insultos o de balas?

¿Habéis pensado que todos podéis tenerme, desde el gerente de una corporación hasta el velador de un cementerio, pasando por soldados y sacerdotes, deportistas y pirotécnicos, censores y perseguidos?

¿Os dais cuenta de que en medio del caos soy una unidad, un punto de referencia, un símbolo de identidad que brilla desde la Punta de Maisí hasta el Cabo de San Antonio, y lo único que cambia es el sabor, la forma de freírme, el contenido y hasta tal vez el nombre, pero nunca mi esencia de fritura solidaria, con alto poder de convocatoria y un espíritu de contingente a prueba de ciclones, embargos y otros humos que nos desbordan?

¿Habéis visto alguien tan paseado como yo, pese a mi grasa, a mis sabores de estación o circunstancia por los afanes gananciosos de mi expendedor?

Nunca una estrella de carnaval, una orquesta, una marcha victoriosa ha sido tan asediada como los puestos y carritos donde me expenden.

Jamás he dicho que sólo soy para los revolucionarios -como la universidad- ni tampoco para los turistas extranjeros, según reza en los anuncios de las casas particulares con licencias para alquilar y en las carpetas de los hoteles del Estado.

Ni el Papa Juan Pablo II ni Casius Clay ni el patriarca vegetariano Bartolomeo, y mucho menos Francis Ford Coppola y Gabriel García Márquez han sido tan aclamados como yo por infantes, adolescentes, tembas y vetué de ambos sexos, sin necesidad de propaganda que hable de mi biografía ni de todos los beneficios materiales y espirituales que he prestado a la humanidad.

No dudéis que si Ernest Hemingway encontró un puma en las nieves del Kilimanjaro, el futuro astronauta chino Ta Kha Ghao encuentre una fritura en el planeta Marte.

Vosotros debéis saber, estar convencidos, de que soy cubana y soy popular, que eso nadie me lo quita, aunque a veces los que me han jurado amor eterno consigan olvidarme, fugazmente, en los embrujos de un pan con lechón.

Os hablaré de mi abolengo sin recurrir a las musas, aunque mi vida tenga algo de comedia, mucho de tragedia y demasiada historia.

Víctor Manuel Domínguez (www.cubanet.org) - Martes, 13 de Julio del 2004

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