Generalidades culinarias

El bistec

Llevábamos casi un mes comiendo arroz y frijoles, todos los días. De vez en cuando conseguía un pedazo de yuca y lo poníamos en el plato, para acompañar el eterno menú.

Era una yuca malísima, había que darle candela, mucha candela, para que se ablandara, sino te quedaba dura como un palo de escoba. Y el problema es que cocinábamos con kerosén y también era tremenda jodienda conseguir el combustible para cocinar, por la libreta sólo daban cinco botellas para todo el mes, por persona.

Por todos lados eran problemas: la yuca dura, la falta de kerosén, el arroz que no alcanzaba, los frijoles que venían picados y a veces duros también. Ná, que para donde quieras que te viraras estaban al acecho las dificultades de un país socialista donde las necesidades de la población son cada vez más crecientes, pero que en la práctica crecían sin ser solubles.

Yo tenía ganas de comerme un bistec de res, sabroso, gordo, rebosante de sangre. Se lo dije a mi mujer , pero me miró atravesada, nadie iba a venderme carne de res.<< La res es sagrada, si te cogen comiéndote o comprando un bistecito te meten ocho años de cárcel por la cabeza. A ti por comprarlo y al otro por venderlo. Delitos de receptación y venta ilegal de vaquitas>> Remató en tono irónico.

Yo había olvidado a que sabía un bistec de res, pero un socio en el policlínico me despertó el recuerdo porque me enseñó una revista donde venían unas recetas de cocina al final de la misma, creo que era una revista española, una Hola. Revista muy codiciada y que la mujer de él alquilaba a una vecina por cinco pesos. La revista no era nueva, tenía como tres meses de atraso y estaba manoseada, ajada.

¡De madre! Una foto a todo color de un plato con un bistesón grandísimo con cebollitas por encima, debajo la receta con todos los ingredientes: perejil, comino, cebollas, aceite de oliva...En fin, éstos no eran tan estimulantes como la vista de aquel trozo de carne.

Estuve tres o cuatro días indagando entre la población que atendía, quien podía venderme unas cuantas libritas de carne. Me dieron dos o tres nombres, pero lo que tenían era carne de cerdo o caballo. Yo quería carne de res. Parecía una cabrona preñada con sus antojos, pero cuando el asunto es del estómago no valen excusas, prohibiciones o consignas.

Al quinto día se apareció en la puerta de la consulta la mulata Eulalia, la mujer de Diosdado. Una mujer grande cómo una tanqueta y con más dientes que un tiburón.

- Docto, mi marido tiene carne de primera.

La observé, el estómago reaccionó primero. Hizo un leve ruido, se movía. Lugo se movió el cerebro, la mente.

- ¿A cuánto?

- A cincuenta la libra, pero por ser a ti, te la deja en cuarenta, ¿ te cuadra?

Se puso las manos en la cintura, en jarra, con las piernas gordas abiertas. A través de la bata de casa desgastada se veía algo de su sexo oculto por un blúmer lleno de lagunas, como manchas de humedad.. No eran lagunas, ni estampados, eran rotos, agujeros. Cada vez que venía a hacerse la prueba citológica traía puesto aquel blúmer de un color blanco sucio todo lleno de agujeros.

Tenía dinero, pero ella y el marido se lo gastaban todo en ron y comida. No era de las que guardaban el blúmer nuevo para venir a la consulta del médico.

- Me cuadra, ¿ te doy lo que no pueda darte en efectivo, en medicamentos?

- Meprobamato y Parkinsonil. El Mepro pa`mi y el Parkin pa`Diosdado. Agarra tremendas notas, lo liga con la Chispa y se pone sabrosón..

- Adelante con los tambores, ahora no hay nadie. Vamos pa`tu casa.

- Sí, vamos. Hay que salir de ese material rápido, es de una vaquita que estaba suelta en la línea del tren.

- Oye, Eulalia, como si amaneció muerta en Diez de Octubre. No me des explicaciones, no soy policía.

- Coño, docto, es que tengo que hablarte claro, tú tienes chamas.

Eran como las once y pico de la mañana y Eulalia vivía a dos cuadras de mi “caverna”. Tenía dos hijas que eran una preciosidad. Una de dieciocho años y otra de veinte. Ella aparentaba unos cuarenta y pico, pegada a los cincuenta, pero se mantenía en forma. Dura. La corpulencia no le quitaba encantos.

Llegamos a la casita con puerta a la calle donde vivía y una de las hijas estaba con un short muy cortico limpiando la sala de la casa, era un piso de mosaicos antiguos y rajados, pero que cogía buen brillo si frotabas duro. Pensé que esta gente no tenía el culo muy limpio, ni el cuerpo, pero eran cuidadosos en lo que correspondía a la limpieza de la casa. Olía a kerosén fresco. Comprobé que la muchacha echaba unos chorritos de una botella en el cubo de la limpieza. Era luz brillante ( kerosén)

- Pasa, Jose... No te quedes ahí en la puerta, pasa por el trillito que sino después se forma tremenda cagazón.

La hija tenía una voz dulce y la sonrisa de la madre, abierta, con la misma cantidad de dientes. Era delgada y fibrosa y movía la cintura al ritmo de una canción de los Bee Gees, Saturday Night Fever. Era contagioso.

- No, me quedo aquí, me gusta verte bailar. Así aprendo yo algo.

- jajjaja, Cuando quieras te doy unas clases.

La madre nos dejó hablando y despareció por un pasillo. La oí trastear en la otra habitación, allí tenían el refrigerador. Sacaba y metía cosas en él, seguro. Era un equipo grande, de los años cincuenta, con una maquinaria potente. Tenía que serlo para soportar los apagones y el sube y baja del voltaje.

Mientras, me quedé vacilándole el movimiento de caderas a Yunisleidys, la hija.

Los Bee Gees eran unos de mis grupos preferidos, no pasaban de moda. Pasó el trapeador por debajo del sofá y dos cachetes asomaron por debajo del diminuto pantalón, allí se quedó unos minutos como si buscara algo bajo el mueble.

- Esto es de primera. Cinco libras, a cuarenta: doscientos pesos. Dame cien pesos y lo otro en pastillas, ¿ okey?

La madre me sorprendió en la miradera ,pero no me importó. Ella sabía que la hija era una jodedora criolla.

- ¡Sabroso! Mañana te traigo el dinero y las pastillas.

- Llévatelo en este maletín, no suda por fuera. La del comité estaba en la puerta cuando entramos. Nunca nos ha denunciado porque siempre la tocamos con algo, pero esta vez no le dimos nada y nos tiene el ojo echaó. Docto, si te paran muérete antes de decir que te vendimos esto.

- Jajaja, como Göering, voy a ponerme en la muela una cápsula de cianuro.

- ¿¡Cómo quién!? ¿¡Ése vende carne también!?

- Ah, no jodas Eulalia, ese tipo era un jerarca nazi, gordo como una ballena que se mató, se suicidó el día antes de su ejecución.

--Jajaja, tienes cada cosa. Lees mucho, no sé porque no te has ido ya pa`la pinga hace rato, con lo que sabes...

- Porque no me dejan, Eulalia. Esta gente nos cuida mucho, están al tanto de la dieta, de los viajes en el mar...

- No sigas jodiendo y huye. Eres tremido jodedor.

- Bueno, voy echando. Mañana te pago.

La calle, tranquila. Recogí el ciclo en la consulta y llegué a mi casa con el maletín y la carne.¡ Sin novedad en el frente!

Mi mujer se puso contentísima. ¡Cinco libritas de carne! La cortamos en bistecitos que parecían tela de cebolla, finitos, para que alcanzara para los muchachos y nosotros, pero decidí que me comería dos de aquellos.

Sacamos unos cuantos, los pusimos en una cazuelita y los adobamos con limón , sal y ajo, ah, y una cebollita pequeña.

Como a las ocho de la noche decidimos sentarnos a la mesa: bistec ( dos para cada uno), arroz y ensalada de tomate. ¡Un banquete!

Cuando iba a llevarme el primer pedazo a la boca con el tenedor, tocaron a la puerta. Fue un toque duro, con autoridad. Alguien de la familia, seguro.

En efecto, mi suegra.

Yo andaba por el cuarto, escondiendo los platos. No se me ocurrió otro lugar más apropiado que meterlos bajo la cama.

La vieja llegó hasta el cuarto, por poco me sorprende en la escondedera.

- Mijito, ¿ qué te pasa que estás metido ahí? ¿ Te sientes mal? ¿No han comido? Ay, qué olor a carne frita. Oye, ¿ ustedes comieron carne hoy?

-No mima, ¡qué va! ¿Carne? ¿ En qué mundo tú vives, chica?

Era mi mujer que se encontraba tras ella y me hacía señas de que la sacaría pronto de circulación.

- Es el olor, ¡qué olor más rico, cojones!

¡Seguía mi suegra con lo del olor!

Y la vieja se fue para la sala, los niños estaban en casa de la vecina, viendo una película de vídeo.

- Jose ni se ocurra decirle a mi mamá que conseguimos carne.

- ¿ Por qué chica?

- ¿Por qué? ¿Ya se te olvidó que mi padrastro es Jefe de Sector en Alamar?

Mi mujer se sentó al lado mío, en el borde de la cama. Bien al borde, porque el centro se hundía como una red de pesca.

- Coño, pero yo no puedo creer que tu padrastro nos vaya a echar pa`lante. ¡ Vaya, me parece imposible!

- Ay, que bobo eres, si echó a mi hermano pa`lante con aquel lío de la balsa cuando se iba a ir del país.

Me acomodé más hacia el borde.

- Esto no es igual, dale un bistec, que se lo coma con nosotros o con los muchachos, cuando suban y que no le diga nada a él.

- Ella se lo cuenta todo a él. ¡No puede ser!

- ¿Qué cuchichean ustedes ahí? Parece que están rezando, ¿ cuál es el misterio que se traen entre manos?

Mi suegra, ahora de pie en la puerta del cuarto. De regreso de su excursión por la sala y la cocina. Menos MLA que tenemos la precaución de fregarlo todo bien y la carne bien oculta en una neverita pequeña bajo el fregadero. De esas antiguas que mantienen le frío con bloques de hielo.

Mi mujer se levantó de la cama y los muelles protestaron.

- Mima, no es nada. Es un asunto entre Jose y yo. Te voy a dar los hilos que me pediste para que puedas coger el camello que pasa para Alamar a las nueve y media, si pierdes ese, hasta las once no pasa otro.

- Oye, niña, ¡qué apurada estás en que me vaya!

- La calle está peligrosa. Dicen que hay un violador por ahí, por la línea del tren.

La vieja se echó a reír.

- A mi no hay quien me meta mano. Oye,¡qué olor a carne frita!

- Y sigues con lo mismo. ¡Cuando la coges con una cosa no la sueltas!

Mi mujer le preparó un paquete con hilos de diferentes colores, también le echó unos botones y la despidió rápido.

Nos volvimos a sentar a la mesa sobre las nueve y algo de la noche. El bistec estaba frío y duro. Lo mastiqué con desgana, luego lo tragué con agua. No me supo bien.

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