El bautizo

No recuerdo exactamente si el nombre del repartico era El Roble, cuando uno viaja hacia el Mariel, queda a mano izquierda después de pasar el aeropuerto de la playa de Santa Fé. Allí vive una familia a la que quiero mucho y nunca se lo he demostrado, tuve en ese barrio uno de mis amores de la juventud, de aquellos tiempos dificilísimos que no se pueden olvidar. Ese día el sol rajaba las piedras y yo me encontraba de pase del Servicio Militar, vestía como se podía en esos tiempos que les narro; una “guapita” hecha con tela de sábanas combinada con algunos trazos de guinga, un pantalón de mezclilla invertida y un par de botas de trabajo, por las que pagué treinta pesos para transformarlas. Había que inventar como se dice en buen cubano, yo solo ganaba siete pesos al mes que no alcanzaban para pagar los viajes de las guaguas, por eso lo vendía todo, todo lo que se compraba, jabones, botas rusas, medias, pescado de la costa de mi Unidad y hasta el café que nos robábamos.

Andaba con mucha prisa y por esos caprichos de la mente humana, sentía el calor más que nunca, eso me sucedía cada vez que andaba cerca de la playa. Las calles sin asfalto de ese barrio se encontraban desiertas a esa hora, y mi paso era contra el reloj porque el bautizo tenía su hora fijada. Todos estaban desconcertados por mi tardanza y mi presencia les produjo alivio, no éramos muchos los que componíamos aquel grupo, el padre de Osmara, la madre, la madrina y yo. Después de un buen vaso de agua fría montamos en un viejo taxi de la ANCHAR, el chofer era un conocido del padre, tal vez de aquellos que nosotros identificamos como “socios”, o sea, de los que no llegan a clasificar como amigos y que hoy son muy difíciles de encontrar.

Abordamos aquel viejo auto en silencio, la niña se encontraba dormida y no protestaba por el olor a gasolina que nos acompañara hasta las puertas de la iglesia, por el camino nada cambiaba a nuestro paso, uniformes de militares, milicianos, muchos becados a la altura de la playa de Marianao que me devolvieron a mis viejos tiempos recién pasados, el Coney Island cada día más destartalado, en un viaje sin regreso hacia el herrumbre y compitiendo con toda la ciudad para ver quién llegaba primero, viejas guaguas checas que envenenaban la atmósfera se cruzaron a nuestro paso, y con nosotros el silencio que solo se rompe cuando los ojos hablan.

El chofer no tuvo la más mínima intención de entrar al parqueo vacío de aquel templo, yo pasaba por esta Quinta Avenida con mucha frecuencia y siempre, la vista me llevaba hasta la cueva que tiene en su interior una virgen, nunca he podido recordar el nombre de aquella enorme iglesia. El padre de la niña le pagó al chofer y éste se retiró de inmediato, daba la impresión de tener miedo por lo que hacía, nosotros también.

Cuando llegamos hasta el portal del templo, observamos las puertas del mismo protegidas por rejas, todo se encontraba sucio, las paredes y puertas mostraban con descaro consignas revolucionarias, otras que expresaban; ¡Abajo Cristo! Pocos días antes se pudo observar por la televisión, como se llevaban presos a un Cura, y al individuo que quiso desviar un avión de Cubana, creo que su apellido era Betancourt, en su intento mató a dos tripulantes y la cacería desarrollada en toda la isla no tuvo límites, todo el tiempo que se mantuvo prófugo yo hacía guardias en la costa, desde la playita de Banes hasta el Mosquito, por tal razón, el sentimiento antirreligioso se acrecentaba en la medida que pasaban las horas. Por una extraña razón desconocida sentí miedo por lo que estaba a punto de realizar, a partir de esos minutos tuve la sensación de estar conspirando en contra de la revolución.

Nos dirigimos al área del parqueo y vimos que existía otra puerta, tocamos con insistencia hasta que nos abrieron y le informamos al sacristán de la razón de nuestra presencia en aquel templo, nos invitó a pasar. Reinaba esa paz que ocupan los santos recintos, la oscuridad y el silencio eran dueños de aquel enorme espacio vacío, desde lo alto Jesús nos observaba y se daba cuenta de nuestro miedo ante la mirada inquisidora de todos los santos.

La ceremonia fue rápida y corta, nada de protocolos, faltaron las presentaciones, no me cabía la menor duda de que me encontraba envuelto en una conspiración. Osmara se despertó cuando el agua bendita corrió por su cabeza, recuerdo que lloró, después, como prófugos huíamos en silencio, con el mismo que siempre nos acompañara, nadie se enteró de aquel crimen que cometimos, solo los tíos y abuelos, la niña estaba bautizada.

El tiempo envejecía en sus andadas y no me daba cuenta, pero el miedo que sentía se conservaba joven, nadie me perseguía, era yo el perseguido y perseguidor, el sentimiento de culpabilidad por el crimen cometido y aquellas planillas que eran mi sombra, todas preguntaban lo mismo, ¿Tienes creencias religiosas? ¿Has bautizado a alguien? Mentía porque soñaba y para soñar no se puede ser sincero con uno mismo.

El calor era infernal, la humedad nos calaba el alma y nunca perdemos la costumbre de decir que el de hoy es el peor, siempre es peor el que sufrimos en esos momentos y los anteriores pierden importancia, es como si nunca existieron. Andábamos por el medio de la calle, siempre lo hacía así cuando caminaba por La Habana Vieja, siempre sentí temor a que me cayera en la cabeza algún pedazo de balcón, no solo eso, el contenido de cualquier tibol o un cartucho con mierda. Las calles se encontraban muy concurridas a esa hora, casi siempre están así en ese popular barrio de la capital, fiñes que juegan a la pelota mientras torean a transeúntes y pocos carros, agua apestosa que corre por los contenes de la calle, una que otra rata muerta, papeles que nadie ha barrido en muchas jornadas y buenas chamacas con las tetas que apuntan al cielo debajo de un cuarto de tela. Éramos un grupo mayor que intercambiábamos alguna jarana de vez en cuando, mi esposa y mi hija, mi sobrina con su marido y el que sería mi ahijado, su tío dándome muelas de la UJC, hoy me río porque se encuentra en Miami, parece que de nada sirvió que le lavaran la cabeza.

Andaba vestido como pocos de los que se cruzaban a nuestro paso, mi esposa e hija también, todo era del extranjero y yo era un privilegiado. La camisa la había comprado en Tailandia, muy fresca y oportuna para nuestro clima, sin cuello y de algodón, el pantalón se encontraba a la moda de aquellos tiempos, ancho y con cuatro pliegues, los mocasines eran bellísimos de color carmelita, tienen que haber sido alguna imitación por ser fabricados en China, yo olía muy bien, lo mismo que mi esposa e hija, andaba sereno.

Al llegar a las cercanías de aquel templo observé a varios policías apostados y me nació nuevamente ese miedo oculto que llevamos los cubanos, no era para menos, ahora me podían identificar por la ropa. Cuando le pregunté al tío de mi ahijado el nombre de la iglesia el temor aumentó, ese era el cuartel de todos los opositores del gobierno, mi esposa no sabía nada porque ella no oía como yo a Radio Martí, mi miedo aumentó acompañado de ese sentimiento de culpabilidad por estar haciendo algo grave, volví a pensar que me encontraba conspirando en contra del gobierno.

Dentro de la iglesia de la Merced observé que se encontraba muy concurrida, con gente de todos los colores y edades, me asombró ver una gran cantidad de jóvenes, seres que habían sido educados en la más rígida doctrina materialista, sin embargo, se encontraban allí desafiantes. Para las personas que no hayan vivido bajo un sistema totalitario, les será casi imposible comprender estas líneas, pero es así como las narro, esa simple acción de encontrarse en un templo era un desafío al régimen, no todos tenían la valentía de enfrentarlos como aquellos seres, eso me devolvió la tranquilidad a medias.

Ese día serían bautizados quince niños para mi asombro, el Cura era un hombre muy joven y creo no haber oído en tanto tiempo, algo tan ajeno a la retórica del gobierno, expresada con palabras tan valientes, no pude salir de mi asombro durante toda la duración de la ceremonia y comprendí definitivamente que, aquello llamado revolución había perdido rotundamente la batalla. Esta misma impresión la sentí en mis viajes anteriores a la caída de Polonia y Alemania, el régimen conservaría como hasta ahora el poder sobre los cuerpos de todos los seres, pero ellos eran libres y lo son, no han podido esclavizar sus almas.

Por el camino comentamos mucho sobre aquella nueva experiencia, el tío de mi ahijado se aferraba a dogmas e ideas propias para su juventud, mucha gente en la isla no podía comprender mi forma de expresarme siendo Oficial de la marina mercante. De regreso al solar donde vivía esa familia compramos algunas cervezas, tamales y una botella de ron en una piloto clandestina, así celebramos el bautizo de Ivancito.

Desde la tarde anterior llovía a cántaros, de nada nos serviría haber preparado el patio para después de la ceremonia. Un auto partiría desde la casa de mi hijo y el otro desde la mía, nos encontraríamos media hora antes en la iglesia, todos vestíamos de trajes y las mujeres sacaron sus mejores trapos a la calle. La lluvia rompía incesantemente en el parabrisas del auto y dificultaba la visibilidad, sentía un poco de nerviosismo por la velocidad, todos viajábamos en silencio, y el olor a perfumes tan variados encerrados en aquel pequeño espacio me molestaba.

Bajamos por la avenida de Papineau hasta Ontario, le indiqué al chofer que doblara a la izquierda porque encontraríamos el templo en la segunda esquina, así lo hizo y nuestra llegada coincidió con la de mi hijo, entraron él y su tío a un pequeño negocio para comprar cigarros, mientras yo lo esperaba afuera con el paraguas en la mano.

Me sentía algo nervioso desde mi arribo, temía por alguna incriminación de la madre María Teresa, aquella iglesia había sido mi cuartel unos años atrás, luego, con la llegada de mi familia el tiempo se consumía increíblemente, y no me daba cuenta que me apartaba del camino que un día me trazara Dios. Nos dirigimos hacia una entrada lateral que conduce al sótano de la iglesia, como me encontraba fumando mis pasos se hicieron más lentos hasta quedar rezagado, todos se encontraban dentro cuando arrojé la colilla y observaba que era arrastrada por las aguas.

El sótano se encontraba muy concurrido con otras familias que asistían por las mismas razones, niños nacidos acá de padres de diferentes nacionalidades, entre ellos pude distinguir a la monjita cubana y contrario a mis pensamientos, la sonrisa adornó toda su cara. Es uno de los seres más dulces que he conocido en la vida, aunque lleva más de treinta años fuera de Cuba le sucede lo mismo que a la mayoría de nosotros, ella con un toque muy especial por su Matanzas inolvidable. Nos fundimos en un abrazo y con ese amor que brota de su alma me regañó por la ausencia, como lo hace una madre con el hijo descarriado, me sentí niño y como tal trataba de justificar lo injustificable.

Un poco más tranquilo intercambiamos palabras y recuerdos, solo unos minutos porque sin darnos cuenta nos quedábamos solos, todos habían subido al templo para dar inicio a la ceremonia.

-Te voy a mostrar algo que debías saber desde hace mucho tiempo.- Me dijo regañona y tomándome del brazo, me condujo hasta la presencia de nuestra Virgen de la Caridad del Cobre.

-Esta es la sorpresa que hace mucho tiempo te tenía guardada, ya nuestra virgencita tiene su altar que es visitado no solo por cubanos, viene mucha gente a ponerle velas y flores.-

Sentí una emoción muy profunda y mi mente viajaba sin que ella pudiera notarlo, la miré y luego contemplé la majestuosidad del templo, lo vi repleto de fieles, eran más de mil, como pocas veces se observó aquel inolvidable 8 de Septiembre. La tribuna desde donde yo dirigiera aquel aplaudido discurso se encontraba en el mismo lugar, recuerdo que ella revisó mi manuscrito el día anterior a aquella misa en busca de algún error. Yo la engañé y al llegar a la casa escribí otro que, aunque religioso, no excluía el dolor de aquellas madres que perdieron sus hijos en el mar, de las que tienen a los suyos muertos en vida en nuestras cárceles, de los que murieron en otras tierras causando dolor a otras madres como ellas, cuando finalicé, el aplauso fue ininterrumpido durante varios minutos y vi llorar a la Madre María Teresa, luego, se habló por mucho tiempo de aquella misa.

La virgencita fue comprada con el exiguo fondo de una pequeña organización que yo dirigía, nos dedicábamos a ayudar a los recién llegados a estas frías tierras, aquello molestó al régimen, poco después fue penetrada y destruida, “Los Hermanos del Mar” que ese era el nombre de la organización, pasó a formar parte de la historia encontrándose en fase embrionaria, gracias al miedo que a veces es imposible sacar de adentro, hoy solo queda ese hermoso recuerdo, la hermosa Virgen que forma parte de ese templo.

Ella se retiró para cumplir otras obligaciones y yo me senté junto a mi esposa, la ceremonia daba inicio, unos bancos más adelante que el mío se encontraba ocupado por los familiares, padrinos y niños que serían bautizados, entre ellos seguía con la vista a mi nieto y mis hijos, hoy yo no sería el padrino, hoy bautizarían la continuación de mi historia, hoy se bautizaba a Esteban Casañas, el cuarto de ellos, el primero en nacer libre, allí estábamos tres de ellos.

La ceremonia fue acompañada de algunas frases alegres por parte del Cura, no necesitaba ser valiente ni desafiante, nadie sintió miedo por lo que hacía en esos instantes y una hora después de tomarse la última fotografía partíamos de regreso. Continuaba la lluvia y cada auto tomaría el mismo camino, nosotros regresaríamos a cambiarnos de ropa y para trasladar toda la comida que ofreceríamos a los invitados.

Ese día fue maravilloso para todos nosotros a pesar de la lluvia.

Lunes, 10 de Diciembre del 2001

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