El silencio de los pregoneros

El vocerío del pregón se apagó y no por arte de magia. La decisión gubernamental de arreciar la represión contra todo lo que se considera ilegal en Cuba, tapó las bocas que pregonaban de puerta en puerta. Las calles quedaron en silencio.

El pregón renació a mediados de los años 90, cuando el gobierno cubano se vio precisado a conceder licencias de venta de comestibles ante la imposibilidad de satisfacer las demandas de la población. Desde el fin de siglo pasado tuvo sus altas y bajas, pero persistió. Hoy, ya no hay alternativa ante el ukase gubernamental de liquidar el mercadeo.

El pregón y su agente, el pregonero, conforman una unidad presente en el escenario urbano desde los tiempos de la colonia. Tan es así que muchos pregones sirvieron de base a la creación musical. Ejemplos patentes están conocidas piezas musicales como El Manisero de Moisés Simons, cantada por Rita Montaner (y dedicada a ella), en una de las primeras películas cubanas, Frutas del Caney, de Félix B. Caignet, popularizada por el legendario Trío Matamoros, El Yerberito, por la inmortal Celia Cruz, El Camaronero, El Botellero, Olga la tamalera y otras muchas.

En el pasado colonial y los primeros cincuenta años republicanos, los pregones se convirtieron en una suerte de publicidad lograda a base de ingenio del gracejo criollo. Generalmente, la compra estaba más compulsada por la simpatía hacia pregón del cliente que por la necesidad de satisfacer el apetito.

¡Compre tamales, tamalitos, que él que lo compre se vuelve bonito!

¡Llegó el pirulero con el pirulí, que cura el catarro y mata la lombriz!

¡Siéntase seguro con candados IFAM, candados IFAM que trancan hasta el orine!

¡Caramelos dulces, se chupan y no se gastan!

Al renacer el pregón a mediados de los 90, no fue muy diferente. Los mercados agropecuarios y paladares recién abiertos sirvieron de escenario para la competencia destapada para la ocasión.

Lleva tu pizza. Compra aquí tu vianda. Tengo para ti lo que necesitas, maníii. Compra aquí más barato.

En muchos casos, la comicidad de un disparate o de una frase mal formulada es lo que llama ahora la atención, más que la admiración por la ingeniosidad de la frase. La riqueza del pregonero tradicional se perdió, al menos por el momento, para dar paso, en ocasiones, a la vulgaridad.

La crispada respuesta gubernamental a las denominadas “ilegalidades” ha convertido el escenario callejero urbano en un territorio por el que es preferible andar de prisa, y en silencio.

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